El Pico del Águila

«dijeron: El azul es imposible. / Creíamos alcanzarlo cuando niños, / y quisiéramos ser como las águilas / ahora que estamos por el rayo heridos. / De las águilas es todo el azul». Federico García Lorca.

“¡Alto o disparo!”. Uno. “¡Alto o disparo!”. Dos. “¡Alto o disparo!”. Por tercera vez. Solo entonces localizamos la voz que recorría el monte como un eco, y saltamos dentro de la construcción que había sido una oficina de la mina.

El hombre de la voz estaba demasiado lejos como para alcanzarnos e impedir que nos ocupáramos de lo que nos llevó allí. Íbamos a lo mismo que otras veces. Pero la voz empuñaba algo, algo que alzaba y agitaba. Algo muy parecido a una escopeta.

“No puede ser. No hagáis ni caso. Nosotros a lo nuestro”, dijo M. Un minuto después, cuando ya estábamos totalmente en lo nuestro, sonó una detonación como un barreno que reventó el aire hasta desvanecerse con un siseo alarmante cerca de donde estábamos los tres.

“¡Ostia!”, gritó M. “¡Por la ventana de atrás!”, dijo J, anunciando la retirada. “¿Y qué hacemos con todo esto?”, añadí yo, el único paralizado aún y preocupado por nimiedades. “¡Déjalo, subnormal, déjalo!”, me recriminó M. En aquellos años, insultar a cualquiera llamándole  subnormal era de lo más corriente, pero lo verdaderamente importante es que nadie se preguntaba si con ese término deshumanizaba a las personas discapacitadas. Nadie, salvo ellas, claro. Éramos unos bárbaros. Ahora no se me ocurre ninguna otra palabra con la que no ofenda a alguien o a sus creencias o a las ideas, usos o costumbres de este o aquella. Otra muestra de nuestra dudosa condición ética y baja educación cívica era el propósito que nos conducía a las minas recientemente clausuradas.

De ellas sustraíamos los exiguos restos abandonados y ruinosos de su pasajero esplendor. O dicho con menos adorno y retórica, las asaltábamos, las desmantelábamos, robábamos todo lo que aún quedaba a mano para ser desvalijado: tarritos de tinta de miles de colores, algunos imposibles de imaginar, plumillas, pequeñas cajoneras con tiradores de latón dorado, papel de raras texturas, taburetes subibaja de tornillo, inexplicables piezas de maquinaria inútiles y de escaso valor, algún carburo desvencijado, cascos y botas de goma agrietadas… Aunque lo más valioso para unos raterillos como nosotros era el cobre por la facilidad de su venta inmediata y sin regateos. Pando –nadie sabía su nombre ni si era ese su apellido o un apodo–, establecía el valor de mercado cada día o cada semana, según le daba, pagaba en el acto y no hacía preguntas, quizá porque sabía todas las respuestas. Y punto. Siempre sospechamos que el precio del kilo de cobre que pagaba Pando era absolutamente arbitrario, pero qué se le iba a hacer. El sueño de establecernos por nuestra cuenta y abrir las puertas a una sana competencia capitalista del mercado del cobre en mi pueblo, sin un capital inicial que nos respaldase, se desvaneció enseguida. Así que seguimos ocupando nuestro papel en la cadena, el de arriesgados y humildes ladronzuelos vendidos a cualquier precio, por bajo que fuera.

La mina subterránea de galería y pozo, tradicional en los montes de mi pueblo y la comarca minera hasta el punto de contarse por miles, fue desechándose a lo largo de muchos años. En su lugar se implantaron las explotaciones a cielo abierto. La fantasía alimentada por el romanticismo aventurero y la sugestión del misterio que nos convocaba a adentrarnos en túneles y bajar a las profundidades para explorar las entrañas de la tierra, esperando encontrar gigantescas cavidades que albergaran lagos y fabulosos seres ignotos, no podía compararse con las insulsas canteras con todo a la vista, minas a cielo abierto donde enormes máquinas de corazón de metal y ruedas que nos duplicaban en altura mordían y despedazaban el monte hasta hacerlo desaparecer de la vista, de nuestros recuerdos y del imaginario colectivo. Un sistema de explotación que, hay que reconocerlo, contribuyó a alargar la vida de los mineros y a enmendar algo sus condiciones de trabajo debido a la menor insalubridad y riesgo de su labor, pero que, no hace falta decirlo, no proporcionaba aliciente alguno a nuestra imaginación.

Ilustración de Caridad Soto.

Es imposible vivir la infancia sin imaginación. Es un código de supervivencia, una determinación genética para activar el conocimiento y el crecimiento, es la naturaleza sentimental forzosa e indispensable para madurar. El único problema era que aquella imaginación degenerara en quimeras ingobernables o entrañara demasiados riesgos para la integridad de niños de doce o trece años. Y esto último, peligros, era lo que afrontábamos cuando caminábamos por los montes del sureste de mi pueblo hacía las viejas y dañadas construcciones mineras que escondían trampas mortales en sus alrededores, como las chimeneas de ventilación, agujeros a ras de suelo rodeados de maleza que se tragaban a la gente, sobre todo a niños. No era muy aconsejable andar por la montaña minera en aquellos tiempos en que aún quedaba un número indeterminado de pozos sin señalizar.

J se apostó bajo la ventana alzada a la altura de nuestras cabezas y nos ayudó a M y a mí a encaramarnos para saltar al exterior. Después salió él, que era el más ágil, con diferencia. Ya en el exterior, el edificio donde nos habíamos colado nos protegía de la posición del tirador que nos había amenazado. Los propietarios de las minas cerradas en áreas cercanas y limítrofes contrataban un servicio de vigilantes durante un tiempo. Quizá alguna ley o norma los obligaba a fin de clausurar la mina, porque pronto quedaban sin ninguna vigilancia. En todo caso, no se trataba de empresas como las de ahora, nada de eso, eran gente del pueblo o de otro pueblo sin oficio ni beneficio que pasaban el día entero rondando aquellos montes, pero hasta entonces no habíamos tenido constancia de que llevaran armas de fuego. “Tal vez solo ha sido un petardo y una escoba en la mano”, dijo M, que era el más convincente del grupo. Los otros dos lo miramos incrédulos.

Echamos un vistazo a los alrededores. Después elevamos los ojos entrecerrados en dirección al sol haciendo visera con la mano. Vislumbramos el Pico de Águila. Era nuestra única vía de escape. Y allí nos encaminamos. Hacia aquella cima que rozaba las nubes, nido de rapaces que circulaban un cielo fantástico, uno de los orígenes de la mitología local, frontera disputada con los vecinos enemigos, los pretenciosos cartageneros, antiguos señores de los caseríos de Herrerías y Garbanzal, nuestra orgullosa Unión de un siglo de independencia tras un primigenio y arduo procés cuyas heridas aún lamíamos. Sabíamos el riesgo que corríamos, pero no había otra posibilidad más que subir y subir. Sin volver la vista atrás, con las manos vacías, cargando con nuestra integridad como único valor a poner a salvo, y bien que nos escocía que fuera lo único que sacamos de la incursión aquel día, no se vayan a creer, iniciamos la ascensión que, con buena suerte, nos llevaría a la cota de los 394 metros de altura que encumbraba nuestro pueblo.

Sí, sí, ya lo sé, es cierto que no se puede presumir demasiado de 394 metros de altura (redondeábamos a cuatrocientos), pero el lado cartagenero tenía que conformarse con 393 poco más o menos, hecho este que, junto con el reputado Festival del Cante de la Minas, nos daba una ventaja que continuamente sacábamos a relucir desde nuestra condición de David frente a Goliat.

Nunca volvimos a saber del tirador de la mina La Confiada, nombre engañoso a todas luces como el de casi todas las minas de mi pueblo, a las que sus dueños titulaban de forma inverosímil para encubrir y distraer la injusticia y crueldad que gastaban con sus mineros. Poco después no hubo nada que encontrar en las minas. Los edificios sufrieron deterioro y maltrato por causas ambientales y humanas con gran rapidez. Nadie se ocupó de proteger el paisaje minero para conservar un pasado industrial y cultural tan terrible y trágico como formidable y digno. Ni de conservar la historia de la gente trabajadora de La Unión y sus vidas de penas largas y contadas alegrías. Ni de reconocer a las numerosas Asociaciones Obreras, las mismas que se preocupaban por llevar algo de instrucción y cultura a las clases trabajadoras, llamaban a encerrarse en los pozos a los mineros en huelgas de días y días, y lanzaban su grito reivindicativo desde el fondo de la tierra, sin que las autoridades pudieran impedir el abastecimiento que llevaban a cabo los niños más menudos siendo descolgados por los agujeros de respiración de la mina. Nadie, hasta muchos años más tarde, cuando tímida y casi folclóricamente se ha recuperado y adaptado alguna mina como museo. Las galerías se secaron como venas vacías y se taponaron con historias frívolas e insoportables. Solo los castilletes, últimos testigos erguidos del pasado, siguen mirando al cielo tristes y derrotados con sus armaduras de quijotes gastadas y oxidadas. La maleza vegetal y la humana cubrieron la tierra, la memoria y la historia, y los sentimientos más cálidos, conmovedores y nobles que vienen de antaño desaparecerán con una última generación.

Finalmente, sin otros contratiempos, conquistamos la cima del Pico del Águila. Algunos gorriones intrépidos saltaban sin miedo ni urgencia por los dominios de la tremenda rapaz que quizá nunca se posó allí. Echamos la vista abajo. No vimos a nadie por los alrededores de La Confiada, desde donde se nos amenazó, ni en La Bienganá, la mina de la que huimos. Nos relajamos por fin y miramos a nuestro alrededor. El auténtico tesoro estaba allí delante, por todas partes, encerrado en un azul cegador y persistente. A un lado la Bahía de Portmán, invadida por su cáncer de contaminación y aún bella en azul más allá de sus heridas. A su izquierda el Monte de las Cenizas y la larga, áspera y salvaje línea de costa azul. Al otro lado el Mar Menor, un cristal azul, apacible todavía, que poco después sufriría la invasión masiva de un turismo depredador. Sobre nuestras cabezas el cielo azul. De las águilas es todo el azul.

A pesar de haber subido otras veces al Pico del Águila, aquel atardecer supuso algo especial y volvimos hacía mi pueblo con extrañas sensaciones. Lo hicimos por el camino más largo, evitando la urgente ruta de ascensión anterior, calmados, con una tibia lentitud y sonrisas en los labios y los ojos. Parecíamos tres niños mucho más pequeños que caminábamos felices cogidos de la mano, inocentes, en un indefinido paseo infantil. He soñado, y hasta querido creer, que lo hicimos: bajar tomados de la mano. Pero no, ya éramos mayores y los niños no nos dábamos la mano si no había una causa justificada, por ejemplo, un gol o una presentación. Pero parecía, o he deseado que fuera, eso otro.

Hablamos entre nosotros sobre la aventura del “Alto o disparo” y la subida al Pico del Águila. Lo hablamos con muchos amigos y amigas. Seguimos hablando de ello durante los años siguientes, y estoy seguro de que si nos juntáramos hoy los tres lo volveríamos a recordar. Pero nunca hablamos de aquella sensación de fraternidad y plenitud vivida contemplando el hermoso paisaje desde el Pico del Águila cuando nos supimos a salvo. Tampoco hablamos de los sentimientos dulces y tiernos que escapaban por nuestros ojos, que se sostuvieron enganchados a la sonrisa hasta caer en la cama ese día, aquel afecto que nos concedimos con el roce en el hombro, en el brazo o en la mano, casi una caricia amorosa, conque nos despedimos aquella tarde, ya anochecida, los tres amigos aprendices de hombres.

Este relato pertenece a la serie «Los picos de la memoria».
Imagen de portada: Ilustración de Caridad Soto.
José Federico Barcelona Martínez

Autor/a: José Federico Barcelona Martínez

José Federico Barcelona Martínez nació en 1957 en La Unión, pueblo minero de Murcia. Desde 1974 reside en Granada. Ha estudiado Biología y Educación Infantil. Durante más de tres décadas se ha dedicado a la enseñanza y educación de niños y niñas de corta edad. Ha escrito poesía, literatura infantil y juvenil, relatos y un par de novelas cortas. Su trabajo ha sido reconocido con numerosos premios. Entre sus publicaciones, se encuentran los libros de relatos 'Ahora que eres recuerdo', ‘Los relatos del 19’, ‘Soledades y la mar’ y ‘Relatos del 20’. Es autor del álbum ilustrado 'Hvíti björninn og litli maurinn' (‘El oso blanco y la hormiguita’), publicado en Salka Ediciones de Reikiavik y que fue seleccionado entre los cinco mejores álbumes ilustrados infantiles publicados en Islandia durante 2020.

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