Esto no es una reseña

Lo que sigue no es, no quiere ser una reseña –ya hace al menos dos años que no las hago: llevo la cuenta como quien intenta dejar una adicción–, sino una especie de apunte de diario –ahora que tampoco llevo un diario con regularidad– sobre mi lectura de La suerte esquiva de Carlos Pérez Merinero; un libro que, con alguna reticencia, su autor también consideró una especie de diario, o al menos un experimento en torno a esa modalidad de escritura. Me pongo a ello, en fin, en una mañana de día laborable –la del 20 de septiembre de 2022, para ser exactos– y caigo ahora en la cuenta de que lo que he hecho en las horas precedentes se parece mucho al tipo de cosas que Pérez Merinero anotó en ese diario: he ido a ver a mi padre, luego a fisioterapia –tengo un hombro lastimado–, he entrado en una tiendecilla de barrio a comprar el pan, me he cruzado con un puñado de conocidos a los que fácilmente podría atribuir idiosincrasias parecidas a las que nuestro diarista atribuye a sus vecinos, etcétera.

El hecho de que la mayoría de los diarios se refieran sin ningún reparo a esa clase de trivialidades merece sin duda una reflexión; y más todavía cuando hay lectores de diarios –es mi caso– que consideran una carencia que determinados ejemplos del género nos nieguen esos detalles. Y es que a un diario un lector le pide cosas distintas de las que exigiría a otros escritos de carácter más o menos narrativo: una impresión fidedigna de realidad vivida hasta en sus últimos detalles por el sujeto que escribe, y que esa realidad abarque un espectro lo suficientemente amplio como para permitir, no sólo comentarios de actualidad, impresiones de lectura y anécdotas gremiales, como suelen encontrarse en los cuadernos de notas que tantos escritores creen que han de dejar para la posteridad, sino también el sustrato íntimo, el trasfondo personal, una visión más o menos operativa del escenario en el que todo eso transcurre y en el que tiene lugar la propia escritura, vista como un hecho cotidiano más.

La suerte esquiva cumple sobradamente con esa petición de principio; hasta tal punto, en fin, que algunos lectores podrían echar de menos que contuviera información más detallada sobre la vida intelectual y las relaciones literarias del singularísimo y polifacético escritor –guionista, novelista, incluso poeta a ratos– que fue Carlos Pérez Merinero (Écija, 1950-Madrid, 2012). Pero quizá el quid de la cuestión está en eso: el escritor aborda este diario –que se extiende a lo largo de tres meses, desde el primer día laborable de enero, después de las vacaciones de navidad, hasta vísperas de las de Semana Santa de 2006, excluyendo festivos y fines de semana– en una fase de su vida en la que desde un primer momento advertimos que se ha hecho un extraño vacío: el escritor apenas sale de casa, como no sea para acompañar a su madre al médico o hacer las compras diarias; tampoco mantiene relaciones sociales dignas de ese nombre, más allá de alguna llamada telefónica y de las visitas de un único amigo y entusiasta seguidor; e incluso se muestra displicente y hostil en sus escasas referencias al resto de su familia, excluida su madre. Está escribiendo –o mejor, pasando a limpio– una novela, La niña que hacía llorar a la gente, pero tampoco parece que la inminencia de terminarla y publicarla le ilusione especialmente o le abra perspectivas. Su plan de vida es sencillo: por las mañanas trabaja en la novela, por las tardes escribe lo que con frecuencia llama “esto”, es decir, su diario. Por lo que cuenta en él sabemos algo de cómo llena el resto del tiempo: viendo películas, por ejemplo. En alguna entrevista concedida por su hermano y editor póstumo, David, se hace alusión al alcoholismo del escritor e incluso se afirma que su comportamiento autodestructivo en estos años equivalía a un “suicidio lento”. Pero tampoco de esto dice nada La suerte esquiva: a lo sumo, que de vez en cuando el autor se toma una cerveza. Lo que sí parece claro es que la escritura del diario tiene algún valor terapéutico o preventivo: “No he encontrado otra forma mejor de matar las tardes y de que las tardes no me maten a mí” (página 202).

Sin embargo, una de las cosas que el lector intuye en cuanto se ha adentrado lo suficiente en este libro es que algo se le escamotea; o, más bien, que su propósito no es tanto contar una vida como jugar a ocultarla, por más que la irradiación de ese elemento escondido no deje de sentirse en ningún momento; hasta que, de pronto, ese elemento latente pugna por salir y el autor no puede o no quiere aplazar por más tiempo la explicación de su circunstancia e incluso la formulación de una especie de diagnóstico sumario de su estado anímico, sus limitaciones de conducta y las causas que lo han llevado, primero, a no querer salir de casa durante meses, y luego a hacerlo sólo en compañía de su madre; también, quizá –aunque esto de un modo muy indirecto– de las razones de su ostracismo literario y cinematográfico –pues no hay que olvidar que Pérez Merinero fue también un reputadísimo guionista– y su declarada misantropía. Esa especie de confesión general, hasta entonces demorada o escamoteada, tiene lugar en la entrada fechada el jueves 2 de marzo de 2006. Se consigna en ella el aniversario de un accidente doméstico que, aunque parece que no tuvo graves consecuencias físicas –o al menos no se especifican–, sí supuso un antes y un después en el comportamiento del autor. Pero lo curioso es que, después de esa revelación, el diario no volverá sobre ello: las páginas siguientes seguirán desarrollando sin más los tres o cuatro leit-motivs triviales –la glosa de la página 22 del periódico, las fantasías suscitadas por los rótulos de las furgonetas que pasan por la calle– a los que el diarista fía la continuidad de su escritura, sepultando en ella ese casi único intento de exploración psicológica en profundidad.

Carlos Pérez Merinero.
El escritor y cineasta Carlos Pérez Merinero en su casa de Madrid.

Antes y después de llegar a ese punto, decíamos, el autor se nos presenta como alguien que no tiene mucho que contar y que por ello no hace otra cosa que rellenar páginas en torno a los mencionados motivos intrascendentes. Pero lo curioso es que también ese empeño, en apariencia mecánico y repetitivo, acaba revelando lo que todos los comportamientos obsesivos tienen en común: el carácter sistemático, el hecho de que cualquier pequeño detalle, por alejado que esté de las preocupaciones del autor, termine remitiendo a las mismas fobias y fijaciones –algunas, como las de carácter político, muy comprensibles–; también, el carácter circular de sus razonamientos e incluso de la manera de expresarlos, que recuerdan el discurso incontrolado de un insomne.

No habrá, pues, más revelaciones como las que ocupan la mencionada entrada del 2 de marzo: no, al menos, hasta que el autor ve llegar la fecha en la que decide poner fin a su diario. Surgen entonces, en esas últimas páginas, lúcidas reflexiones sobre la escritura en general y sobre el carácter de esta tentativa en particular, de la que de nuevo afirma (p. 363): “Mis tardes en estos tres meses en que rellenaba estas páginas han sido más llevaderas y menos destructivas que si no lo hubiera hecho”. Un nuevo proyecto –la idea de un nuevo guion, que al parecer emprende por propia iniciativa, sin que medie encargo ni perspectiva inmediata de encontrarle acomodo– ocupará sus tardes en adelante, en sustitución de la escritura diarística. Eso sí: anuncia el propósito, que al parecer no cumplió, de dedicar las mañanas, una vez puesta en limpio su novela, a pasar a ordenador el diario manuscrito. Que no lo hiciera revela, quizá, alguna duda de última hora sobre la pertinencia del empeño.

O quizá sobre otra cuestión de más amplio alcance: la posibilidad de que, al escribir sobre sí mismo, Carlos Pérez Merinero se viera como uno más de sus personajes: como ellos, extremo, obsesivo, un tanto insociable, guardador de un secreto por dilucidar. También el lector, llegado a estas páginas finales, se hace esa pregunta: ¿será “esto” el borrador de una novela? Y si, a esas alturas, como hacen tantos lectores, el de este diario vuelve a su comienzo, lo que allí se dice sin duda le sonará de otra manera: “Cuando imaginé el día de hoy nunca pensé: que ese ‘día de hoy’ fuera a ser precisamente el día de hoy”. ¿No arrancan así, con una frase entre chocante y enigmática, muchas otras novelas de este singular escritor? ¿Y acaso hay otra manera de escribir sobre uno mismo que no sea imaginándose dentro de una novela, la de cada cual, la que se escribe incluso a pesar nuestro? Pérez Merinero escribió muchas: La suerte esquiva, su diario, contiene la más enigmática de todas.

2 comentarios en “Esto no es una reseña

  1. «…no es tanto contar una vida como jugar a ocultarla,», esta es la frase que yo estaba buscando para expresar lo que me sugiere su lectura. Siempre me quedo con la sensación de que hay mucho más detrás de esas páginas diarias y lo siento casi como un peso.
    A mi me medio abre las puertas de su casa cada día que vuelvo a su lectura y me parece que me escribe o me dice lo que cuenta, en una conversación trivial que me deja con las ganas de saber más, y empieza a hervir mi imaginación.
    No he llegado al final todavía. No sé si me parecerá como a ti el borrador de una novela de las suyas, tan duras a veces.

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