Donde todo sucede siempre: un paseo por el Barrio Gótico de Barcelona

 

A la puerta del Fnac de Plaza de Cataluña, unos postulantes abordan a los transeúntes pero tienen la consideración de dejar en paz a quienes, como el viajero, están sentados allí mismo, en uno de los bancos que ocupan el trozo ampliado de acera en la esquina a la que se abre el concurrido establecimiento. Quizá, se dice el paseante, desdeñan las presas demasiado fáciles, o saben ya que que de cierta clase de desocupados no van a sacar nada. También influye que el viajero entretenga la espera con un libro abierto y que eso se interprete como una clara declaración de que no quiere ser molestado.

Eso, naturalmente, no cuenta para los amigos a quienes espera. Justo cuando el reloj señala la hora acordada, los ve aparecer en la pequeña glorieta que se forma donde el edificio en chaflán permite que la acera gane terreno. Remataba justo entonces la última página que le quedaba por leer, que era de un delgado libro de poemas. Y todavía no había terminado de guardárselo en la cartera cuando sus amigos ya lo habían urgido a seguirlos y en apenas un minuto dejaban atrás la populosa plaza y llegaban, por un pasaje disimulado bajo los aleros de otro edificio esquinero, a una cancela con vistas a una recoleta plazuela medieval ante el atrio y claustro de una pequeña iglesia gótica, la de Santa Ana. Barcelona, se dice el viajero, está llena de sorpresas; en apenas unos pasos se ha trasladado desde uno de los lugares más concurrido de la ciudad a uno de los más recatados. Él, desde luego, no lo conocía, ni el atajo por el que se llega a él y que hoy encuentran –sorpresa– cerrado por una valla. Tiene su lógica: la plaza que entrevén al otro lado está tan escondida que es casi imposible evitar que en ella puedan cometerse impunemente toda clase de desafueros, y por eso el ayuntamiento prefiere mantenerla cerrada. Habrán de dar un rodeo para llegar al otro acceso, convenientemente controlado por los voluntarios que atienden el comedor social para inmigrantes que se ha habilitado en el claustro de la propia iglesia. Frente a la fachada, en el único banco de la plaza, han puesto una estatua en bronce que representa un mendigo yacente, en homenaje a los desvalidos que acuden al mencionado comedor. Pero esa estatua, comenta sardónicamente el amigo del viajero, tiene también otra función: impedir que, llegada la noche, ese banco sirva de lecho a cualquiera de esos vagabundos.

Plaza de Cataluña. Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

La iglesia es admirable en su sencillez. Es posible, le dicen, que esa pretensión de austeridad sea sobrevenida y que el ajuar litúrgico que se echa en falta fuera destruido, como el de otras iglesias de Barcelona, durante la guerra civil. Pero al viajero no le cabe duda de que esa radical eliminación de adornos extemporáneos y artefactos de culto modernos, esa ausencia de tallas dudosas debidas a la piedad impostada de finales del siglo xix y principios del xx, ha sido más una ganancia que una pérdida: ha puesto en valor la mera belleza estructural del espacio desnudo, cuyo único ornamento son ahora sus propias dimensiones, la resonancia de las voces de los eventuales visitantes y los sorprendentes efectos de la luz que entra por las vidrieras restauradas e incide en las paredes: en una de ellas reluce ahora un poderoso trazo rojo fluorescente, que más parece el resultado de un brochazo de pintura de ese color, como el que podría haber hecho un grafitero, que lo que es, la luz solar al entrar esquinada por una de las ventanas vidriadas. El viajero se acuerda, inoportunamente, de esos carteles en letras de tubo de neón que señalan la salida de una discoteca; y, efectivamente, al final del muro donde reluce ese trazo colorido está la puerta al claustro, recogido y silencioso, en torno a un patio en el que en ese momento hay extendidas unas mangas de riego que hacen pensar que en alguna parte debe de haber también un jardinero, al que el viajero imagina con trazas de fraile y que quizá no sea más que uno de los voluntarios que atienden el comedor.

Santa Ana ha sido el punto de partida del paseo de hoy, como la Plaza Real (Plaça Reial) será el de llegada. Sentado luego a escribir sus notas, el viajero no sabrá reconstruirlo: se ha dejado llevar y, como suele sucederle, su sentido de la orientación ha quedado en suspenso. Sólo le queda constancia de que, sin que pueda precisar el orden, sus acompañantes lo han llevado a toda una sucesión de rincones bellísimos e hitos evocadores. Ha visto por fin la casa que ocupa el solar de la que fue de Juan Boscán: de ella sólo quedan, como adorno de la fachada de la finca nueva, unos rosetones, sólo visibles para quien esté previamente advertido. Por esas mismas calles, comentan, debió de andar alguna vez Garcilaso, a quien el poeta barcelonés animó a adoptar las formas renacentistas italianas que a partir de ese momento iban a ser el cauce por donde discurriría lo mejor de la poesía española. Pero en el solar de la casa en la que vivió el inductor de esos hechos decisivos no hay siquiera una placa en su homenaje. Y el caso es que Boscán fue también un poeta comedido y realista, apegado a la cotidianidad y, por ello, muy barcelonés, en el sentido en el que lo fueron Jaime Gil de Biedma y Gabriel Ferrater, por ejemplo. No se puede decir, de todos modos, que su ciudad lo haya olvidado por completo: su nombre no sólo adorna media plaza del barrio de la Barceloneta, sino que lo es también de algún que otro colegio o instituto. Aun así, sorprende que la finca en cuestión no sea un hito señalado del barrio, y sí lo sea, por ejemplo, el muy desnaturalizado local que todavía luce el rótulo de Els Quatre Gats, el café que frecuentó el joven Picasso en compañía de diversos pintores barceloneses más o menos bohemios, y que ahora es un restaurante caro y más bien turístico, en el que sería impensable, desde luego, que se reunieran artistas tronados.

`Por el Barrio Gótico`. Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

En otros rincones del barrio, sin embargo, la memoria colectiva adquiere otro matiz. Al llegar a una de las embocaduras de la plácida plazuela de San Felipe Neri, los tres paseantes han de detenerse, sin poder cruzarla, porque en ese momento hacen en ella su recreo los escolares de un parvulario y el paso está cortado a los transeúntes. Al viajero ese pequeño inconveniente no le causa mayor impresión: al fin y al cabo, es martes y día de escuela. Pero le llama la atención que sus acompañantes se tomen la molestia de rodear toda una manzana para poder ver la plazuela desde otra bocacalle. Desde el nuevo punto de observación, lo emplazan a fijarse en el zócalo de la pared frontera, corroído de mordeduras y desconchados, similares a los que causa el mal de la piedra en otros monumentos. Pero el daño, le explican sus guías, tiene otro origen. En ese lugar hubo durante la guerra civil un hogar para niños que habían quedado huérfanos o abandonados y el sótano servía de refugio antiaéreo; no lo bastante sólido, desde luego, como para resistir el impacto directo del proyectil que lo alcanzó en una jornada aciaga de 1938, durante un bombardeo de la aviación franquista. Los vecinos del barrio acudieron de inmediato a prestar auxilio y fueron víctimas, a su vez, de una segunda bomba que, contra todo pronóstico, vino a caer en el mismo lugar. En total hubo cuarenta y dos muertos.

Impresiona, sin duda, que en el escenario de esa tragedia, ante las muros mordidos por la metralla, siga resonando hoy el griterío de los niños que alborotan en la hora del recreo. Si se hubiera tratado de una película, y no de una escena real que estaba teniendo lugar ante los ojos de los transeúntes a plena luz del día, se habría pensado que esa superposición era un efecto intencionado: una banda sonora que evocaba las voces de los muertos, su indeleble presencia preternatural en el lugar de una tragedia.

La vida, por suerte, funciona de otra manera, y el recordatorio cívico que, esta vez sí, se recoge en una pulcra placa colocada por el Ayuntamiento, no otorga en absoluto condición fantasmal a los chiquillos que allí juegan. Si el lugar lo tiene o no, es otro cantar, y desde luego nada tiene que ver con el hecho de que en él se conserven tan nítidos recuerdos de sucesos no demasiado lejanos. El llamado barrio Gótico, en cuyo corazón está la mencionada plaza, es todo él un decorado: en eso reparó el cineasta Jesús Franco cuando lo utilizó, en su día, como escenario de sus películas de vampiros: sin tocar nada del entorno, logró transmitir la sensación de que los hechos sucedían a mediados o finales del siglo xix en lugares que se habían mantenidos idénticos a sí mismos desde la Edad Media; y lo hizo sin apenas invertir un céntimo en adecuarlos: bastaba con apuntar bien la cámara. La mirada del viajero actúa ahora como esa cámara: según enfoca esto o aquello, le parece trasladarse sin apenas esfuerzo a escenas acontecidas en el siglo xvi, el xix o el xx;  y que, de alguna manera, siguen sucediendo siempre.

Detalle de la Casa de Boscán.                                                            Foto: J.M.B.A.

Por seguir jugando a saltar en el tiempo, pasan luego ante el delicado edificio gótico con galería porticada que acoge la Real Academia de Buenas Letras, que estuvo dirigida hasta 1996 por el filólogo Martín de Riquer, al que también es fácil imaginar predisponiéndose, bajo esos arcos ojivales, a escribir alguna de sus memorables páginas sobre la literatura trovadoresca, por ejemplo. Pero ya un nuevo salto sitúa a los paseantes, que todavía no se han tomado un respiro, ante el rótulo de la plaza de George Orwell, a quien seguramente se le recuerda allí por haber escrito Homenaje a Cataluña, y no por la profética pesadilla, en gran parte cumplida, que imaginó en su 1984.

Tras detenerse ante un muro en el que, en letras de bronce, lucen unos versos de Eliot traducidos al catalán, los paseantes enfilan la Plaza Real, todavía relativamente tranquila antes de que recale en ella una parte de la marea humana que a todas horas del día circula por el inmediato paseo de las Ramblas. Toman una cerveza y recapitulan la mañana. Aún les queda por ver las dos catedrales. Una es la propiamente dicha, que mira con su fachada principal y las construcciones que la ciñen el llamado Plà de la Seu, una de las plazas más bellas de la ciudad, de la que al viajero tiene el recuerdo cinematográfico de los niños que jugaban en ella en la película de 1956 El ojo de cristal, que traslada a la Barcelona de esos años, y en concreto al Barrio Gótico y alrededores, una intrincada fantasía policíaca urdida por Cornell Woolrich en la que unos niños tienen un papel determinante. La otra, que nunca fue catedral, es la basílica de Santa María del Mar, más estilizada y armoniosa que la otra, con la que siempre ha mantenido una sutil rivalidad, de la que quizá ha salido vencedora al haber alcanzado hoy fama como escenario de una novela muy vendida, La catedral del mar.

A la vista de sus torres los paseantes se despiden del barrio para enfilar la Vía Layetana, donde hacen una última parada en la librería Laie, en cuya cafetería, en la que el tiempo parece haberse detenido en torno a 1960, el viajero se hace el propósito novelero de venir un día a almorzar…

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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