Diario en la frontera: El territorio

Vivo en una casa sin balcones que es frontera de dos barrios gaditanos tan bien estructurados que parecen dos galaxias distintas. Mi salón da al sol de Poniente, donde comparto vistas a una despejada plaza con algunos bloques de lo que la prensa en su momento, ya con los barrios pijos sin un metro para edificar, describió como las viviendas de nueva construcción más caras de Cádiz. Si no dispusiéramos de ese preciso dato estadístico bien podrían pasar, por su estética escueta, por un anodino barrio dormitorio de la periferia madrileña. Una comparación que estoy seguro no comparte ninguno de esos vecinos que gasta tanto en alarmas antirrobo. Por el otro lado, la parte del salón que utilizo como estudio da al sol de Levante, a un patio común de cuatro bloques, en un barrio popular construido para albergar a las familias de quienes trabajaban en los astilleros.

Mi casa, que no es mía sino alquilada, es tan pequeña como soleada. Hace unos años dos familias, tan bien coordinadas que solo pueden ser parte de la misma estirpe, se compraron dos de los cuatro bajos interiores y ocuparon para uso propio la mitad del patio común. Lo llenaron de macetones, lámparas solares de jardín, gnomos de piedra y guirnaldas que lo mismo adornan las navidades que sus ruidosas veladas de verano. Antes de que se mudaran, dos limoneros añosos ya daban sus buenos frutos que, al parecer, ahora también les pertenecen, según un derecho de riego que desconozco pero que esgrimen cuando otros vecinos les discuten ese monopolio. Las vistas del otro lado suelen ser más animadas, quiero decir con equipos de música más potentes y con algunos vecinos que, esporádicamente, increpan desde sus balcones a quienes circulan por la plaza, o se los señalan directamente a los policías que acuden a identificarlos.

En este apacible espacio fronterizo paso los días de confinamiento. Cuando hace un par de meses yo me disponía a un profundo cambio en mi vida, que debía empezar con un cierto aislamiento del mundo para reorganizar mi nuevo horario, no podía sospechar que todo el país fuera a hacer lo mismo. Desde mis ventanas indiscretas, incluyendo ese ojo del culo quevediano en que se han convertido las redes sociales, observo como pasan los días a una velocidad de la que será difícil reponerse. A mí me sorprende cómo hay tanta gente que dice tener tiempo para leer, releer incluso, cuando a mí se me va el día limpiando y haciendo pan. Creo que solo he releído, obras mías aparte, el primer libro de Robinson Crusoe. Aún lo encuentro un pozo de sabiduría.

Este confinamiento me recuerda a cuando el náufrago, ya refugiado en su cueva del segundo piso, se acerca cada día hasta los restos del barco, antes de que irremediablemente se hunda, para rescatar de ese autoservicio cosas que pudieran serle útiles en un encierro que adivina largo. En sus primeros viajes escoge del arcón encharcado lo que cree imprescindible: herramientas, una brújula, legumbres, pastas de trigo duro, televisión de pago o papel en rollo para escribir sus memorias. Después, cuando sabe que el barco seguirá ahí al despertarse, ya elige de los estantes algunas drogas legales para el aturdimiento como las bebidas alcohólicas, la levadura o las aceitunas. También el libro enseña a desconfiar de los caníbales, que son los otros, seres que parecen como nosotros pero pueden complicarte enormemente la vida si no los mantienes a una distancia apropiada. De ellos, de los otros, claro, es la culpa de todo lo que nos pasa.

He leído en mi red a una señora muy indignada insultar a un dibujo, a una caricatura. Seguramente no estará preocupada por su quebradiza salud mental mientras se lava las manos cada vez que se asoma a la ventana. Por si acaso. Cada dos días subo a la azotea a tender la ropa. Desde allí miro los otros patios interiores que forman los distintos bloques del barrio, ahora convertidos en trasteros improvisados, en poblados garajes de motos y bicicletas viejas mantenidas a punto para volver a los trabajos. Visto desde arriba, mi patio interior me parece precioso, lleno de geniecillos de piedra y de flores y limones.

 

Manuel Ruiz Torres

Autor/a: Manuel Ruiz Torres

Manuel J. Ruiz Torres es químico y escritor, con doce libros publicados, dos de ellos sobre gastronomía histórica. Autor del blog Cádiz Gusta. Dirigió durante cuatro años el programa de la Diputación de Cádiz para recuperar la cocina gaditana durante la Constitución de 1812.

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