Desde la niñez

«A la inmovilidad del gris convocado por un pájaro silencioso, bajas llorando.
Hay un mar incesante que desconoce la división del resplandor y la sombra,
y resplandor y sombra existen en la misma sustancia,
en tu niñez habitada por relámpagos».
Antonio Gamoneda.

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En vacaciones siempre hay algún libro que se desprende del árbol de nuestras lecturas como una hoja vacilante que demora su llegada al suelo de la conciencia para quedarse allí. Ese «libro del verano» es un lugar mítico y un tiempo íntimo gratificante como pocos. Este año, el mío ha sido Niñez, una antología de Antonio Gamoneda seleccionada y prologada por su hija Amelia Gamoneda Lanza, publicado por Calambur Poesía en 2016 (por lo visto ya no figura en su catálogo). Fue un milagro encontrarlo en una visita a Praga (la librería).

No ha sido la única infancia de otros en la que he curioseado esta temporada estival. Otra ha sido Canción de infancia, de Jean-Marie Gustave Le Clézio, y la tercera una relectura a salto de mata de Infancia en Berlín, de Walter Benjamin. El libro de Le Clézio me parece un bonito ramillete de flores silvestres arropadas con el celofán de su exquisita escritura. De Benjamin solo puedo decir que, a mi juicio, es a la cultura de la filosofía lo que la poesía a la cultura literaria, y su Infancia en Berlín, como otros de sus textos menos comprometidos con la crítica filosófica de la historia, es una delicia por su observación precisa, sus rincones mágicos y su profundidad.

Por mi propia experiencia, y diversas lecturas, creo que los recuerdos de infancia son un estado de la melancolía propio, sobre todo, de la edad avanzada. Matizo con este «sobre todo» porque leer a la jovencísima poeta Rosa Berbel cosas como «no hay lengua que te enseñe a estar alerta, / a dejar una infancia / sin infancia«, en su magnifico poemario Las niñas siempre dicen la verdad, donde se atreve a mirar su infancia desde la escasa atalaya de su juventud, y salir exitosa, me exige matizar. Yo he necesitado cuarenta años más que ella para hacerlo, hasta que entregué a la revista CaoCultura.com, durante junio y julio de este año, cuatro relatos breves de infancia y primera juventud. Son cuentos escritos velozmente pero con mucho cariño, o tal vez la rapidez en la escritura y el cariño que les puse fue por la urgencia de su llamada a mi puerta, que me confirmó estar ya en esa edad de la memoria más evocadora que han recorrido tantos, como es el caso de Gamoneda en la antología citada. Este empeño de rememoración de mi primera etapa, hasta los 15 o 16, una edad que nos mostró el mundo en un estado fundamental de nuestras vidas, me hace preguntas: ¿por qué esta coincidencia en regresar a la infancia, por qué esta antología de Gamoneda, Niñez?

Quizá porque mi niñez lleva un tiempo hurgando en la antesala de mi vejez, tras permanecer mucho tiempo encerrada en las fronteras de un lugar fabuloso al que casi todos miramos con ternura, indulgencia y una voluntad pacificadora, y de ahí quiso salir. Quizá porque la sensibilidad con que trata sus recuerdos el poeta, resplandores en las sombras, me han conmovido desde las primeras líneas. Quizá porque mi propia infancia se superpone a las escenas mineras y obreras de la suya, y, salvando la distancia de años e historia, me he identificado con ellas como con ninguna. Sea por lo que sea, creo que la niñez  se despliega por toda nuestra vida, no queda congelada en aquel pasado como una estatua de hielo conservada por el frío, no. Revive con calidez y nos guiña el ojo para hacerse presente y lanzarnos el reto de contarla, de hablar de ella. Casi nos lo exige a veces: yo soy también tu presente, yo soy una forma de hablar en tu presente, tonto, ¿no lo comprendes?

Los recuerdos de niñez que la memoria filtra para hablarnos en nuestra madurez o vejez, dicen bastante de la conciencia y sentimentalidad que nos sostiene en el presente. No me cabe duda. Gamoneda abre la segunda parte del libro, titulada por su hija “El resplandor en la sombra”, declarando revisar su vejez a la luz de las páginas de su pasado personal. Pero no a través del relato de historias estrictamente organizadas y ordenadas, sino en unas páginas borrosas, imprecisas y, a la vez, luminosas, que no describen con exactitud los hechos (como busca, en cambio, Le Clézio) sino que se ciñen a una cierta forma de evaluación de ellos, a una indagación moral de su vida –y de las vidas a él vinculadas– en una trama histórica. El resultado es espléndido y a veces sobrecogedor: en su testimonio nebuloso y fugaz conocemos las vidas obreras represaliadas que desfilan bajo el balcón de sus ojos, el miedo y las servidumbres, los sacrificios de mujeres y madres, la ambivalencia de la conciencia infantil y la dureza de la vida de los niños, la miseria familiar (la suya) obligada a esperar veinte años para recuperar, de entre los huesos de su padre, unos dientes de oro que necesitaban los vivos para vivir… Una España terriblemente sacudida, desdichada y castigada por la cultura nacional-católica del franquismo que, con la sensibilidad del poeta, se percibe a través de unos visillos como una luz encendida en el hogar que ilumina y proyecta un teatro de sombras ante los espectadores-lectores.

El poeta escribe dibujando el cuadro de su presente y su futuro en la vejez sobre los trazos reencontrados que permanecían ahí debajo, en el lienzo de su vida personal, que siempre es una vida histórica. Lo hace retornando a unos hechos que “vuelven indescifrables, reducidos a un temblor de espacios y sonidos; exactos e incomprensibles”; extrañándose de que ese estado nostálgico y melancólico que se desprende en girones de su memoria como luz en destellos, más que con la categórica precisión de los hechos, sea provocado por los acontecimientos más pequeños, “los íntimos y convividos”; reconociendo que el tiempo ha cincelado su intimidad hasta permitir que su “aprendizaje de vejez” se nutra del pasado y sus sombras como quien recibe una friega con un bálsamo benefactor.

Tal vez yo sigo esos pasos. Desde la niñez, calmando el presente, enfocando el futuro con calidez. Desde la niñez, lugar en que, por el motivo que sea, la estima no exige disculpa ni pago, sitio en que los sentimientos son fáciles de respirar y palpitan sin contaminar, cumbre donde la levedad del aire de altura permite a la conciencia abarcarlo todo.

Ruego final: Pido a quienes lean este artículo que al hacerlo dejen de lado las polémicas sobre Antonio Gamoneda y Ángel Gonzalez. Alguna vez dijo Luis García Montero, con la fina elegancia del maestro de esgrima que asesta una estocada, que la poesía de Gamoneda está muy por encima de sus declaraciones. Yo, que no manejo el florete, pienso eso mismo: la poesía de ambos, Antonio y Ángel, está muy por encima de sus discordias personales y del aprovechamiento más o menos oportunista de ellas. Y como tributo a este deseo, termino con estos dos versos de Ángel González: «Aquí paz, / y después gloria».

José Federico Barcelona Martínez

Autor/a: José Federico Barcelona Martínez

José Federico Barcelona Martínez nació en 1957 en La Unión, pueblo minero de Murcia. Desde 1974 reside en Granada. Ha estudiado Biología y Educación Infantil. Durante más de tres décadas se ha dedicado a la enseñanza y educación de niños y niñas de corta edad. Ha escrito poesía, literatura infantil y juvenil, relatos y un par de novelas cortas. Su trabajo ha sido reconocido con numerosos premios. Entre sus publicaciones, se encuentran los libros de relatos 'Ahora que eres recuerdo', ‘Los relatos del 19’, ‘Soledades y la mar’ y ‘Relatos del 20’. Es autor del álbum ilustrado 'Hvíti björninn og litli maurinn' (‘El oso blanco y la hormiguita’), publicado en Salka Ediciones de Reikiavik y que fue seleccionado entre los cinco mejores álbumes ilustrados infantiles publicados en Islandia durante 2020.

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