Construir

Uno de los principios del lenguaje poético es la interioridad, esto es, la forma con que el sujeto poético asimila la realidad. La manera de mirar del poeta no levanta muros en contra de lo real, sino que trata de construir una identidad con la que convivir con los hechos que ocurren, sin demasiados conflictos.

Es, sin duda, la identidad el tejido poético del que se hila La pared del caracol, la cuarta entrega lírica de Ana Isabel Alvea Sánchez, dedicado en exclusiva a su padre. De hecho, es el libro que más intrépidamente ahonda en la aventura de explorar su territorio personal, de comprender su propio centro, de aceptarse para levantar escaleras con las que soportar y convivir con la rutina. El discurso poético de Ana Alvea se proyecta desde “el extrañamiento”, como acierta en el intenso prólogo Manuel Moya: “Desde el alféizar del pensamiento / me asomo al espejo de las palabras. / Miro extrañada / el limo depositado en el tiempo”; o en estos otros versos: “y un paisaje de fondo / nos despierta y paraliza”.

En las tres secciones del libro los pasadizos internos recorren una misma voz. Estos poemas comparten una misma entonación, nos sugieren un mismo vértigo. Entre la construcción de Ana Alvea y la nuestra hay líneas paralelas que entran en colisión, a su vez, con la del mundo, en cuyo interior una luz nos asalta y zarandea con el riesgo a desequilibrarnos, a precipitarnos al abismo: “La mano acercándose / a la bisagra de la puerta”, como se leerá en la imagen que recrea en “La persistencia de la memoria”.

En la primera sección, “El tiempo y su impronta”, la memoria recobra lo esencial del tiempo vivido, y aunque la voz no cae en dramatismos, estos versos sugieren la pérdida, la que todos hemos sentido. El paso ineludible de los años crea un conflicto («Deseas despedirte de quien fuiste», se dirá en el poema “La despedida”), alza taludes desde el sujeto a la realidad, sin embargo no conlleva una ruptura con el lenguaje sino que sirve a la poeta sevillana para depurar la expresión, dentro de un plano más simbólico que virtual, más conectada con la tradición literaria que con la división; una conexión con la tradición occidental y con la oriental: “¿ACASO EL TIEMPO / su devastación / han arrasado mis pastos?”. En consecuencia, hay una realización japonesa en el decir contenido, una imagen que reconcilia el ser con la naturaleza –como lo quería Francisco Basallote–: “Desvaneciéndose su arco / nuestro continuo tránsito / nos desdibuja”. Esa contención tiene trazas, también, de nuestra poesía mística. Es la herida el pasto de las llamas, el dolor incesante de un río, es la luz que nace del ángulo oscuro, son los golpes de la vida el mecanismo creador que precipitan estos versos.

En la sección central, “De maizales y muros”, el conflicto cernudiano entre el deseo y la realidad, barroco entre sueño y vida, terminan en decepción del sujeto, como se intuye en varios poemas, entre los que destaca “Maizales”: “¿Acaso cuando nos ilusionamos / no estamos regando / una estepa reseca?”. A partir del poema “Nosotros” se advierte un cambio de rumbo: una mirada curiosa y valiente, más afilada y partícipe, unos versos que apelan a reflexionar sobre una sociedad material (“Jaula”), obediente (“La banalidad del mal”, “Adiestramiento” o “Mordaza”) e industrial (“Estadística anual”). La poeta dialoga con los otros, con nosotros, mostrándonos lo que ve y lo que piensa. En estos poemas se critica la inconsciencia relajada, la carencia de una revolución, la apatía por los problemas que nos acechan. La imagen de estos dos versos, aunque hermosa, es desoladora: “Lánguidos cuerpos descansan al sol. / El ritmo cotidiano se remansa”. Ese choque de fuerzas tiene como resultado un ser escindido, como se reflejaba en la pintura de C. D. Friedrich o en las canciones de Dolores O’Riordan, ejemplificado, de manera sobresaliente, en “El muro”.

Por último, la sección más extensa, “Turbinas”, donde se encuentran los poemas mejor facturados, debido a su contención, a un tiempo sugerente y reflexiva. Así, su propuesta la conocemos en el poema que da título al libro, “La pared del caracol”: demorarse en el instante. Constituye la parte más esperanzadora –y plástica–, léanse los versos finales, que nos sirve de refugio, pese al desmoronamiento visto en “Turbinas” y pese a la lucha diaria por mantenerse en pie que percibimos en “Canción de verano”. Además de esta calma, este degustar corpóreo –como se deduce en “Palmatoria”–, el sujeto se afana en el detalle que alcanza y retiene, como se muestra en uno de los más poemas mejor condensados del libro, “Dedicación”: “El ojo se siente parte de todo. / Todo se adentra y nos mueve / con la mano del tiempo”. Es el asombro de lo que está pero no vemos por la urgencia de nuestras vidas, así en “Migraciones”. Hilado al mismo propósito temático y estético se encuentra «Horizonte», donde la imagen visual puede ser interpretada en clave metapoética: “como una pared por escribir / a la espera del trazo”. Aunque no es lo escrito fiel imagen de lo visto: “A veces cuando escribo / divaga mi mirada”; lo que nos lleva a pensar en si la autora habrá girado su posición, si habrá trazado una línea desde el lenguaje al «horizonte», y, por consiguiente, la poeta habrá aceptado que su mundo está siendo construido por estos versos que retienen lo vivido y miran decididamente al futuro.

A pesar de la gravedad que destilan los poemas de Ana Isabel Alvea Sánchez, resalta en La pared del caracol su delicadeza. Nos hablan en susurro, nos alientan a seguir formando parte del movimiento y nos muestran a seguir revistiendo los días, al cabo, un mundo tan semejante al nuestro que es imposible no identificarlo.

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