El cine invisible (II): ‘Dune’, la mejor película imposible

«Yo era un profeta, estaba iluminado. Di a mi equipo la sensación de que no estaban haciendo solo una película, sino que estaban haciendo algo importante para la humanidad» (Alejandro Jodorowsky en el rodaje inacabado de Dune, 1974-1976). 

Dune es una novela monumental que siempre se aplazó, si es que alguien se había animado a llevarla de verdad a una pantalla. Había imponderables del mismo tamaño que la novela de Frank Herbert. Jodorowsky fue el primer elegido. Ni siquiera era un proyecto suyo, pero su entusiasmo fue encomiable desde el principio. Michel Seydoux fue el productor que, al ver La montaña sagrada, pieza magistral de Jodorowsky, encontró la primera piedra de la pirámide por venir. Luego se las ingenió para que Moebius (el genio del cómic) se entusiasmara y planeara los storyboards de la grabación. El director y el dibujante compusieron más de tres mil dibujos. El tercer pilar de la aventura debía ser Douglas Trumbull. 2001, una odisea del espacio era una excelente tarjeta de presentación, pero el mejor supervisor de efectos especiales no entendió el mensaje lírico (cósmico, religioso, espiritual) de la historia que le encargaban. La responsabilidad de esos efectos (la luminaria del sueño) recayó en H.R. Giger, que más tarde haría de Alien el espectáculo visual que todos conocemos. El libreto con los dibujos circuló por los despachos de los estudios de Hollywood, pero ninguna productora quería deshacerse de una escandalosa cantidad de dinero. Era una época en que la ciencia-ficción todavía no tenía el predicamento que luego alcanzó. El mismo Trumbull tampoco se dejó seducir por un tipo llamado George Lucas, que tenía una idea sobre guerras de las galaxias.

El cine de los setenta era un negocio próspero, pero las grandes máquinas de vender entradas estaban todavía por fabricar. Vendrían poco después. Nadie confiaba en nada con demasiado empeño. Todas las tentativas eran humo. A la suma de talentos que desvanecieron el humo se iba a añadir la banda de rock por excelencia en aquella época: Pink Floyd. Acababan de facturar un disco perfecto, Dark side of the moon. Jodorowsky anhelaba más que nada que la banda sonora de sus mundos inventados tuviese la música de la banda inglesa. No fue sencillo convencerlos, pero accedieron. La siguiente incorporación debía ser la de la locura. Jodorowsky tenía ese punto de sano desquicio, tal vez el necesario para componer la misma locura de la historia. El elegido fue Salvador Dalí. El pintor se encontraba en el hotel Regis en Nueva York. Dalí no dio un sí a la primera: había condiciones. Exigió rodar en su Cadaqués y utilizar un inodoro compuesto por dos delfines engarzados por el tronco como trono de su personaje, el Emperador de Dune. Otra condición: ser el actor mejor pagado del mundo. Pidió 100.000 dólares por hora de trabajo. Alejandro Jodorowsky no se vino abajo: te pago 100.000 dólares por cada minuto, le dijo. Serían cinco los minutos en que él apareciera. Era asumible. El modo en que el director persuadió a Dalí para que se aviniese a su ambiciosa idea vino por el tarot. Le pasó por debajo de la puerta de la habitación del hotel una carta en la que escribió «Quiero verte porque quiero hacer una película contigo».

Diseños de Moebius para la película ‘Dune’.

Dalí y Jodorowsky se reunieron más tarde en París. El genio catalán, tanteándolo, le dijo que, cuando joven, Picasso y él, al abrir la puerta del automóvil, encontraron un reloj en la arena de una playa. «¿Tú has encontrado alguna vez en tu vida un reloj en la playa?», le preguntó. Jodo, así le llamaban los cercanos, cuenta con su divertida soltura esa anécdota en el documental Dune: la versión de Jodorowsky, que está disponible en Youtube, por cierto. «Yo no quería pasar por un ser presuntuoso respondiendo que sí o por un ser simple, con una vida carente de prodigios ni acontecimientos desconcertantes: ‘Nunca he encontrado un reloj en la playa, pero he perdido un montón'», respondió. Dalí fue complacido con la manera en que la pregunta fue sorteada y se enroló en la tripulación de la nave que ese loco iba a poner en marcha. Dalí exigió también que la estatua hiperrealista que se haría con su persona, usada cuando él no actuara, se le entregara para su museo particular. Así Dalí dio el sí definitivo.

Los dos eran dos enigmas por resolver y habían encontrado una diversión nueva. La euforia era el combustible de todo ese equipo de valientes guerreros. La siguiente gran estrella sería Mick Jagger. Jodorowsky cuenta que fue el cantante de los Rolling Stones el que se acercó a él entre la multitud de un restaurante en París y que le pidió, nada más encarárselo, que lo quería para su película. Jagger dijo un seco sí. Faltaba Orson Welles. Sabiendo que era asiduo de los mejores restaurantes de París, Jodoroswky mandó a su secretaria a que diera con él. No fue difícil. En uno de ellos, Orson comía con apasionamiento. Nada nuevo. Había seis botellas de vino en la mesa, recuerda. Le pidió al camarero que le llevase la botella de vino de su agrado y que le preguntara si le permitía sentarse a su mesa. Si quieres ser mi actor en Dune, llevaré al rodaje al chef de este restaurante, le propuso. No hizo falta nada más. «Lo haré», dijo el gordo Welles. Su desánimo en hacer más cine fue reconvertido en alegría. El coste de ese sueño compartido subió a 15 millones de dólares de la época. Algo asombroso y prohibitivo.

Jodorowsky quería hacer que su película transcurriese como un poema. «Yo soy el poeta, yo la tengo en la cabeza, nadie más puedo verterla, hacer que suceda, convertirla en un hecho físico, cartesiano, tangible, perfecto, pensaría». Era su sueño: los sueños no se negocian.

Finalmente no hubo Dune de Jodorowsky. Tal vez él fuese el obstáculo definitivo. Si te retiras de la dirección, habrá película, le dijeron. Se arredraron todos los comprometidos. El jefe se convirtió en una quimera. Él mismo no trató de reducir esa sensación de evanescente genio que desea, más que nada, plasmar un sueño, uno demasiado laborioso, excesivamente caro también. Daba miedo su imaginación. Era un imposible absoluto del que se llegó a pensar incluso en cómo ni siquiera había sido ingenuamente maquinado. Una vez caducaron los derechos adquiridos, Dino de Laurentiis metió su mano. Entra en acción David Lynch. Ya hay una Dune en la recámara de la industria. A Jodorowsky no le gustó nada, a pesar de que Lynch era, en su opinión, el único que podía hacer algo parecido a lo que él fabuló.

Los ejecutivos de Hollywood eran mercaderes. Jodorowsky era un profeta, un creador, un poeta, un dios, un emisario de lo invisible, un loco, un ser sin fronteras, un embajador de la bondad cósmica de la que Dune era su ópera máxima, como recoge José Antonio Zamora (40 películas que nunca verás, proyectos inacabados que se convirtieron en leyenda). «Es, sin ninguna clase de duda, la mayor epopeya no filmada de la historia del cine», concluye.

Emilio Calvo de Mora

Autor/a: Emilio Calvo de Mora

Emilio Calvo de Mora (Córdoba, 1966) es maestro de lengua española y de inglés, aficionado al cine, a la poesía y al jazz, entre otras cien cosas más, y además, por si fuese poco, escritor de eventuales libros y de un blog ('El espejo de los sueños') al que da las más altas atenciones. Ha publicado 'El espejo de los sueños' (1985), 'Cuentos del astronauta zurdo' (2008), 'Curso de escritura automática' (2017), 'Caballos perdidos en la tormenta' (2020), 'Catedral en construcción' (2021) y 'Un poquito de swing', por favor (2022).

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