‘Transterrados y durmientes’: un impecable y necesario ejercicio literario de memoria

Siempre he creído que uno de los principales deberes de una ciudadanía responsable es preservar la memoria para componer el relato colectivo que no aparece en los libros de historia oficial. Como decía Marianne Hirsch en su teoría de la posmemoria, la transmisión intergeneracional del recuerdo ha conformado los relatos más fiables de nuestra historia, especialmente el de los traumas. Por eso la memoria colectiva es tan reparadora. Y eso es lo que hace el escritor murciano de nacimiento y granadino de adopción, José Federico Barcelona, en su libro de relatos Transterrados y durmientes: rescatar la memoria, los traumas colectivos, esa historia reciente de España que aún lacera y que muchos niegan y otros tratan, obsesivamente, de olvidar.

Y en ese ejercicio valiente, el autor se sube al alambre sin red y, desde ahí fija su mirada en algunos de los acontecimientos más tormentosos de nuestro doliente siglo XX: la muerte y el olvido al que el fascismo condenó a los vencidos de la Guerra Civil, víctimas que, como el Periago, uno de los protagonistas del relato Transterrados que inicia la serie, aún se revuelven en sus tumbas, «espíritus desengañados que siguen errando y buscando sepultura cierta y decente, reposo para ellos y sus familias…«; la Desbandá, ese crimen atroz del franquismo, uno más, contra los republicanos que, desarmados, hambrientos y aterrados, trataron de escapar por la carretera de Málaga donde fueron bombardeados sin piedad por tierra, mar y aire; el exilio forzado que privó a este país de tanta gente valiosa, gente que llevó  «la guerra civil en el corazón«, que se reunían en tertulias en Argentina, México o Chile para administrar el recuerdo y, también, el olvido porque «olvidar era una forma de sanación y recordar debía servirnos como una forma de conocimiento y de hacer justicia»; el aperturismo, falso, cateto y servil, con el que el franquismo quiso lavarse la cara a partir de finales de los sesenta para atraer a un turismo que hizo de la Costa del Sol su coto privado, un paraíso de libertinaje, glamour y drogas al que al españolito medio no se le permitía ni mirar; la llegada de los ochenta, «una década que reventó de desenfreno y tormento por culpa de otro pico, la heroína«, un tiempo de esperanzas y excesos que destrozaron a muchos jóvenes que creyeron que la libertad se resumía en sexo, droga y rock and roll en «una España democrática que tomó el aire a bocanadas demasiado grandes sin saber cómo expulsarlo», década que también supuso la apertura a una Europa que aportó mucho, pero también exigió muchos sacrificios, uno de los principales, el desmantelamiento de la industria minera —»nadie se ocupó de proteger el paisaje minero para conservar un pasado industrial y cultural tan terrible y trágico como formidable y digno. Ni de conservar la historia de la gente trabajadora y sus vidas de penas largas y contadas alegrías».

 

Estos veinte relatos divididos en cuatro partes: «De la memoria I», «De la memoria II», «De las ruinas» y «Del Sur», recorren nuestra historia, la analizan con precisión de cirujano, la recrean y sobre todo, la honran con un estilo literario que, a veces, raya el realismo mágico y, siempre, hace gala de un realismo que, a pesar de la crudeza de los temas tratados (la pobreza, «ese vasto lugar de encuentro», la infancia, la camaradería juvenil, el deterioro de la sanidad pública, el maltrato, la soledad, la amistad aún después de la muerte, —¡Ay! ese Cojo Chitín que «había trasladado su nueva y desdichada vida desde el pueblo a cualesquiera otros lugares para acabar destrozado en Eslovaquia»—), no deja un regusto de amargura a la persona lectora porque Barcelona los sabe llevar con maestría y con una ternura y un respeto admirables.

“La memoria es un lugar de riesgos” afirma el autor. Tras leer Transterrados y durmientes doy fe de que José Federico Barcelona no es un escritor que guste de evitarlos. El esfuerzo que hace en este libro para que nosotros tampoco lo hagamos, merece que le demos la oportunidad de acercarnos al país de transterrados y durmientes que, tan certeramente, ha reflejado en sus páginas.

Si usted es de las personas que creen que otro libro sobre nuestra trágica historia no le va a aportar nada, pase de él. Pero si, por el contrario, es de las que creen que la memoria dignifica, nos conforma y nos hace más libres y conscientes, no deje de leer Transterrados y durmientes.  Algo le cambiará por dentro antes de llegar a la página 201. Y ese algo será para mejor. Ese es el poder que tiene la literatura.  La buena literatura.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *