Lluvia y memoria

Lluvia ilesa de Esther Veintimilla es un profundo y cuidado poemario que obtuvo el I Premio Internacional de Poesía Genialogías. Este recién estrenado galardón nace del deseo de la Asociación de mujeres poetas Genialogías de dar a conocer las voces de escritoras inéditas. El libro, que acaba de ver la luz, ha sido publicado con una bella y moderna factura por Ediciones  Tigres de Papel, y está esperando la mirada atenta del público lector. De la obra ganadora destacaron “la reflexión y el crecimiento consciente de la voz poética, la elegancia de la sencillez, así como la delicadeza de una poesía que nombra y embellece el dolor”.

Lluvia ilesa refleja un movimiento íntimo: piezas que se acomodan, verdades que se asumen con calma y en diálogo con lo que se deja, o con aquello observado pero que guarda un mensaje que nos atañe. Esther nos dice: “Venera la extinción en la hoja:/ ella sola contiene la médula del frío,/ la sangre detenida/ de los comienzos”. Entre sus páginas hallaremos reposo y no inmediatez, remembranza y no proyecciones, reflexión sosegada y no pasión visceral. Nos identificaremos con esa actividad interna que realiza la poeta, con ese poner la vida en la balanza, acto necesario cuando se quiere dar un nuevo paso, cuando se necesita tomar una decisión o simplemente avanzar.

Alejandra Pizarnik, Chantal Maillard, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda, Olvido García Valdés o Ada Salas gravitan en el universo de las lecturas de la escritora, levantan esa cámara de ecos en su poética. Una poesía que dialoga con el hogar, con la infancia y, en especial, con la figura fundamental de la madre que arrulla y sostiene (“Todo fue en vano,/ madre./ No hay sutura/ que repare la extinción”). Poesía madura y contemplativa, voz de mujer anclada en los saberes de su cuerpo (“Y mi cuerpo/ amanece o anochece/ impuntual,/ al albur de una luz/ indecisa”).

El poemario está dividido en dos partes: “Caligrafía del vuelo” y “Esta luz infinita”. Cada sección aparece cohesionada con el hilo conductor de la lluvia: atravesando la memoria en la primera, y su fulgor asomándose como brote anunciador de un nuevo comienzo, en la segunda.

Leeremos poemas que escogen lo esencial para describir lo presenciado o lo experimentado, versos de una gran fuerza y que trascienden la mera descripción: “Una pluma ha caído:/fragmento/ de vuelo”, “La luz es un embrión/ desterrado en la nada”, “La semilla que aguarda/ el brote/ contiene ya/ el canto del pájaro”, “Y la luz se oxida en aquel farol./ Su mentira/ ya/ no puede/ sostener la noche”.

Esther Veintimilla.

Pérdida-silencio-palabras-lluvia-luz son los ladrillos con los que la autora construye esta casa de poesía. Pero también: nido-grieta-sedimentos-derrumbe poblarán su orbe como “animales domésticos” que van acompañando la escritura. Esther escoge un universo de palabras precisas para, a partir de ellas, desarrollar el mayor número de posibilidades que reflejen las certezas y los hallazgos encontrados.

Y este transitar lleno de símbolos, belleza y profundidad llega a su fin con un poema −jaula abierta−, lleno de interrogantes que, de alguna forma, nos invita a no abandonar nuestra pasión por la lectura de poemas (“canto y luz”), pues en ellos también hallaremos esa guía para los caminos interiores, esa trascendencia anclada en lo cotidiano. Tal como dice Esther Veintinilla, “porque el camino es el canto del ave”: “Qué haremos con la luz / cuando el último pájaro / se marche. / No habrá jaula / que la retenga, / porque huye / como un cuerpo de agua / inocente y homicida. //  Qué haremos sin la luz. / No hallará el camino de regreso / porque el camino es el canto del ave. / No hallaremos la esperanza / porque canto y luz incendian / el párpado, / su idólatra obstinación de madrugadas”.

No dejéis de leer este libro de una voz madura, que llega pisando fuerte.

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