Estatua sedente de Zoser (Museo Egipcio de El Cairo). Foto: Gonzalo Durán.
Cuando el viento se desliza sobre las arenas de Saqqara, cree uno escuchar un susurro antiguo, como si despertara en cada grano el recuerdo de un Egipto que aún respira bajo la piel del tiempo. Allí, bajo un sol que nunca se cansa y una tierra que conserva el olor de los primeros reyes, se alza la pirámide de Zoser —otras veces escrito Dyeser, Djoser o Dyoser—, la primera de todas cuantas se levantaron en Egipto. Una mole de piedra que desafía la marcha de los siglos con la testarudez tranquila de una plegaria mineral tallada en la eternidad. Han pasado más de cuatro mil seiscientos años, y su sombra aún se inclina sobre el desierto con la misma serenidad que en los días del faraón, como si el tiempo la hubiera aceptado como una compañera imposible de doblegar.
Dicen los historiadores que su origen se remonta al año 2670 antes de nuestra era, cuando Egipto consolidaba su unidad bajo la III Dinastía. Su creador fue Imhotep, visir y arquitecto, cuyos múltiples talentos —médico, matemático, astrólogo, sacerdote y escriba— parecían ya entonces demasiado extraordinarios para caber en un solo hombre. Su nombre, convertido en leyenda, atravesó intacto los siglos; y tan prodigiosa fue su mente que, mucho después de su muerte, el pueblo lo reconocería como dios de la sabiduría y la medicina, convencidos que no podía ser más que un espíritu que había conversado con los secretos del universo.
Antes de Imhotep, los faraones descansaban en mastabas de adobe o piedra, humildes formas rectangulares sobre las que se derramaba la arena del desierto. Imhotep tomó aquella forma ancestral y la hizo ascender escalón por escalón: seis mastabas superpuestas, cada una más pequeña que la anterior, como si el rey caminara hacia los cielos, al encuentro de Amón-Ra. Así nació la pirámide escalonada, el primer monumento de piedra tallada a esa escala que conoció el mundo. Con sus sesenta y dos metros de altura, debió de parecer entonces una montaña joven que había brotado bajo el amparo del dios Ptah en la llanura infinita del desierto.
Los arqueólogos han descubierto que la obra no fue concebida de una sola vez, sino que creció como crece un sueño tenaz. Primero una mastaba cuadrada de sesenta y tres metros por lado; luego, sucesivas ampliaciones; por último, los seis niveles definitivos. Cada transformación parece la respuesta a una nueva conversación entre Imhotep y la eternidad, como si el arquitecto, mientras elevaba la piedra, hubiera escuchado una voz antigua que lo guiaba y lo desafiaba.
En su construcción se empleó piedra caliza local extraída de las canteras próximas al Nilo. Los bloques, posiblemente arrastrados sobre trineos que se deslizaban por arena humedecida, avanzaban al ritmo de miles de brazos expertos. Contrario a los mitos que el tiempo y Hollywood han tejido, no eran esclavos que trabajaban bajo los crueles látigos de sus amos, sino artesanos y campesinos que ocupaban parte de su tiempo en servir al rey, y también al orden cósmico que sostenía al país.
El complejo funerario de Zoser fue uno de los primeros proyectos arquitectónicos concebidos como un todo, con una precisión casi matemática. Un vasto recinto que se cree que reproducía el propio palacio del rey, de más de quinientos metros de largo, rodeado por una muralla de caliza blanca levantada con bloques de sillar tallados con esmero que imitaba los muros de adobe del Egipto primitivo. En su interior se distribuyen templos, capillas, patios ceremoniales y edificios dedicados al Heb-Sed, la festividad que renovaba simbólicamente el poder del faraón, como si la eternidad requiriera sus propios rituales para mantenerse en equilibrio.
Para acceder al recinto, el visitante atraviesa arrastrado por una corriente humana una galería columnada cuyos pilares imitan haces de papiro: la naturaleza transmutada en piedra, para que el reino vegetal no desapareciera del mundo de los muertos. Más adentro, se suceden patios y templos que no fueron pensados para la vida práctica, sino para los gestos sagrados del alma. En el centro del recinto la pirámide acoge la tumba del faraón, a más de veintiocho metros bajo la tierra, en un laberinto de cámaras revestidas de granito y caliza pulida, concebidas para garantizar al monarca el silencio perfecto que le guiase en su viaje por el inframundo.
En aquellos corredores se encontraron fragmentos de fayenza azul, ese material luminoso que imita la bóveda celeste y que quizá buscaba envolver al rey en un amanecer eterno. También se hallaron más de cuarenta mil vasos de piedra, muchos más antiguos que Zoser, como si el faraón hubiera querido dormir rodeado de los recuerdos de sus antepasados: un museo de la memoria antes de que existieran los museos.
Todo el complejo, dicen algunos, parece un intento de reproducir el universo: la pirámide, el camino hacia los cielos; los templos, la vida del rey en la tierra; el subsuelo, la morada de la muerte. Una arquitectura que respira con la cadencia de un cosmos ordenado.
Hoy, tras siglos de arena, saqueos y terremotos, la pirámide conserva su dignidad herida. Su revestimiento ha desaparecido casi por completo; las grietas la cruzan como arrugas inevitables; pero su cuerpo se mantiene en pie. En 2020, después de largos esfuerzos de restauración, el conjunto volvió a abrirse al asombro de los miles de visitantes que cada año se dan cita en aquel lugar.
Y, sin embargo, lo verdaderamente prodigioso no es su resistencia, sino su espíritu. Porque cuando uno la contempla en el horizonte tembloroso de Saqqara, siente que la piedra aún murmura el nombre de quien la concibió. Imhotep, el sabio silencioso, el hombre que trazó la eternidad con cuerdas, escuadras y plomadas, sigue vivo en cada bloque que ensambló el sol hace milenios.
No fue solo el servidor de un rey; fue el primer soñador cuyo nombre recordamos que quiso vencer al tiempo mediante la forma. Y quizá por eso, cuando los siglos engulleron los nombres de tantos faraones y conquistadores, el suyo —Imhotep— sobrevivió, repetido por la arena como una promesa: la de que el conocimiento, cuando camina de la mano de la fe, puede volverse tan perdurable como la piedra que desafía al desierto.
El arquitecto Imhotep levantó también un santuario que Zoser consagró al culto solar en Heliópolis. Nada queda ya de aquel recinto salvo unos pocos fragmentos, respiración pétrea de una grandeza extinguida, donde aún se adivina la mano paciente del maestro. Su nombre, como un eco obstinado, vuelve a surgir en un grafito trazado en el muro de la pirámide inconclusa del rey Sejemjet, heredero de Zoser. Es la última huella que dejó en su tránsito por el mundo.
Después, cumplido el deber que lo unía al faraón, Imhotep se desvaneció con la modestia de los hombres verdaderamente sabios, perdiéndose en el murmullo interminable de los siglos, allí donde las vidas se confunden con la arena y sólo perduran las sombras de las historias que el tiempo tolera.
Pero Egipto, que olvida lentamente y recuerda con devoción, comenzó a invocarlo de nuevo.
A lo largo de las generaciones, el nombre de Imhotep sobrevivió en templos y casas de instrucción, no como el de un simple cortesano, sino como el de un ejemplo moral: el sabio íntegro que había elevado la mente humana hasta rozar el ámbito de lo divino. Muchos decían que había inventado la escritura jeroglífica —mito nacido del asombro más que de la verdad—, y que había enseñado a los hombres a curar no solo los males del cuerpo, sino también los del espíritu. Su sabiduría no se marchitó con su muerte; se metamorfoseó en leyenda.
Hacia finales del Imperio Nuevo, más de un milenio después de su vida terrenal, los egipcios comenzaron a rendirle culto como a una divinidad. Su nombre, que en lengua egipcia significa el que viene en paz, comenzó a acompañarse de títulos como el Gran Uno, hijo de Ptah; Engendrado y amado por Ptah; el Dios de formas divinas en los templos; el Fuerte de las Maravillas; el Creador del Tiempo; y otros muchos más que deificaban su gran poder. Pero a medida que se extiende este culto será su papel de médico supremo el que adquiera cada vez mayor importancia. En Menfis, la gran capital del norte, se erigió un templo en su honor, junto al del dios Ptah, patrón de artesanos y creadores. Allí Imhotep fue reconocido como hijo de Ptah, heredero del principio creador: aquel que da forma a la materia a través del pensamiento.
Su figura empezó a aparecer en pequeñas estatuillas de bronce y piedra: un hombre calvo sentado, sin adornos, con un rollo de papiro sobre las rodillas, el rostro sereno y concentrado, como si aún estuviera descifrando los enigmas del universo. Los fieles lo invocaban para sanar sus dolencias, para engendrar hijos, para proteger a los sabios, para conceder lucidez y equilibrio. Fue uno de los dos únicos mortales que alcanzó la condición de dios sin haber nunca ceñido la corona. El otro fue Amenhotep hijo de Hapu, “Director de todas las obras reales”, que había vivido en el reinado del faraón Amenhotep III (1403-1365 aC).
Su santuario principal estaba en Saqqara, donde acudían peregrinos de todas partes, buscando el alivio de sus cuerpos atribulados. Los arqueólogos han hallado allí miles de exvotos: figurillas que representan brazos, piernas, ojos, corazones… restos de la esperanza humana depositada en aquel que había convertido la arquitectura en camino hacia la salud. Así, el arquitecto de la primera pirámide se transformó en patrono de la medicina, como si la piedra y el remedio fueran dos formas del mismo conocimiento.
Más tarde, cuando los siglos dieron paso a la época helenística y Alejandro Magno fundó su ciudad luminosa en el delta del Nilo, los griegos —fascinados por la antigüedad de Egipto— escucharon las historias del sabio divinizado. Lo identificaron con Asclepios, su propio dios de la curación. En los templos de Menfis y de Filae, su nombre se pronunciaba en griego como uno solo: Imouthes-Asclepios. Y su culto sobrevivió incluso en tiempos romanos, cuando las viejas divinidades egipcias comenzaban a retirarse del mundo.
Pero Imhotep no se extinguió con ellos. Ninguna deidad desaparece del todo cuando sus raíces están hechas de razón, compasión y memoria. Su figura resurgió en los siglos siguientes: en las especulaciones de los sabios de Alejandría, en los textos de los alquimistas árabes, en las crónicas de los historiadores modernos. Hoy su nombre todavía aparece, respetado, en los manuales de historia de la ciencia: el primer médico, el primer arquitecto, el primer ingeniero que la humanidad recuerda con certeza.
Así, el hombre que diseñó la tumba de un rey terminó por convertirse en un monumento viviente al poder del pensamiento. Su pirámide no solo desafió al tiempo mediante la piedra: lo desafió también mediante la idea que la guiaba.
Quizá, si uno se acerca a Saqqara cuando el sol declina y las sombras de la pirámide se alargan sobre la arena como manos que intentan tocar el pasado, pueda escuchar un eco tenue: el roce de una plomada sobre la roca, el trazo de un cálamo en el polvo, la respiración de un hombre que creía que el conocimiento podía salvar a los seres humanos de la oscuridad.
Y si uno presta atención —con el mismo respeto con que los antiguos se inclinaban ante el misterio—, tal vez escuche una voz suave, serena, que dice: «No es la piedra lo que perdura, sino la idea que la sostiene.»




