La comunidad

El mal es bien y el bien es mal. Shakespeare

Noche de turbios sueños y pesadillas.

En el primero, tres moiras con larga túnica negra situadas a mis espaldas me muestran la representación de una vida que me es familiar. Yo soy el único espectador en un teatro semicircular, cuyas gradas ascienden por la ladera de una montaña interminable que se pierde en un mar de densas nubes negras. Vacilo ante los recuerdos imprecisos de la visión, siento una aguja de incertidumbre y desasosiego que me atraviesa porque no sé si es mi vida la que veo. Me atormenta ignorar cuándo va a meter la tijera la inexorable muerte. Cerca del final, la vida representada se desdobla en dos, la de un hombre y una mujer. Lloro, pero no me siento culpable cuando me reconozco a mí mismo cerrando la tijera que pone fin a los hilos de esas dos vidas.

Desperté inquieto de madrugada, como es habitual. Tal vez a causa de las intensas ganas de orinar y no por el sueño. Me llevé la mano en un gesto que ya era un acto reflejo y noté que había manchado un poco el pantalón del pijama. Eso me entristeció. Aún con la medicación, ocurre de vez en cuando. Las dos cosas ocurren: que a veces se me escape un poco durante el sueño y que me contraríe bastante por ello. Es un sentimiento deprimente que no me abandona. La edad es cruel. Es decadencia. Es fragilidad. Terminé de echar en el váter lo que seguía dentro de mi vejiga, me cambié de pantalón de pijama y volví meterme debajo de las mantas.

Creo que me dormí pronto. De nuevo vuelven las tres, ahora cubiertas de harapos, con apariencia de brujas. Esta vez se dirigen a mí clara y directamente. Hay truenos y relámpagos que cesan con su proximidad. Camino por un paraje inclemente y desolado. Las tres agoreras se me acercan, me azuzan y me llaman aduladoramente señor pretendiente. Luego me muestran un castillo que surge en medio de aquel páramo como por arte de magia. Me invitan a caminar hacia él, entrar y ocupar la cabecera de una larga mesa colmada de comida y bebida. La sala está vacía, pero cuando me siento la mesa se llena de hombres y mujeres que me observan con torvas miradas y me dirigen sonrisas falsas, traidoras. Entonces distingo en el espejo de aquellos ojos siniestros el rostro del  hombre al que miraban, y no era yo.

Durante el desayuno pensé sobre lo soñado. Solo un poco, no soy de los que se entretienen mucho con estas cosas. Me refiero a la búsqueda de significados. Además, la cabeza se me iba constantemente al día que me esperaba hoy, sobre todo por la tarde. Una tarde un tanto cargadita, me oí decir en voz alta, ironizando conmigo mismo.

Ayer martes, tras una imprevista y temprana salida volví a mi casa y encontré el indicador de llamadas del teléfono fijo parpadeando. Solo puede ser alguien de mi edad, me dije. Acerté. Dos viejos amigos habían intentado localizarme durante toda la mañana; una pareja que vivía en una residencia desde hacía tiempo. A pesar de disponer de mi número móvil llamaban al fijo, otra costumbre de la edad, qué se le va a hacer. Esa insistencia no era normal en ellos. Cuando por fin hablamos, reconocí que era por un tema bastante serio. Me citaban, con cierta urgencia, para hoy miércoles a las cinco en el jardín de la residencia. Más tarde, a las siete y media, tenía una importante reunión de mi comunidad de vecinos.

Por eso me decía que iba a ser una tarde bastante cargada. En dedicación y en la gravedad de los compromisos.

Recogí y lavé los cacharros usados en el desayuno. Miré el calendario para recordar qué tenía anotado para la comida de hoy. Dudé de la conveniencia de tomar las legumbres que me tocaban en forma de cocido y decidí sustituirlo por unas lentejas suaves, sin chorizo ni tocino, solo con verduras. Le puse otra vela imaginaria a mi San Thermomix, o Santa, polémica hay sobre ello, y mentalmente le agradecí otra vez a mi hija Gaia su regalo y empeño en enseñarme el manejo de este artefacto de cocina, una pieza fundamental de la autonomía en mi vida cotidiana.

Comprobé que tenía en casa todo lo necesario para cocinar las lentejas estofadas, y me disponía a preparar el regalo que iba a llevar esa tarde a mis amigos, cuando vi dos sobres que habían echado por debajo de la puerta de entrada a mi casa. Raro, muy raro, pensé.

La intriga se despejó al leer lo que había escrito en cada sobre. Uno decía: “¡Vecino vota por una nueva comunidad segura y limpia!”. Faltaba una coma. Ese detalle y la exclamativa rotundidad del mensaje, casi una orden, me hicieron adivinar de quien procedía la petición de voto. El otro solo indicaba: “Vecino del 3ºA”. También podía imaginar su autor.

Es sorprendente, pensé mientras me dirigía hacia mi sillón con ambas cartas en la mano, cómo pueden llegar a parecerse sociedad y política en determinadas circunstancias. Hoy mismo es fácil identificar a una pequeña porción de la sociedad bien adaptada a la acritud y el ánimo belicoso de la política. Hasta se hacen reconocer con símbolos y distintivos o infantiles ropas de camuflaje… El otro día pasaba por la puerta de un bar que hay en la paralela a mi calle. Un paseo corto y rutinario. La gente se agrupaba en la acera, estaba  prohibido usar el interior del bar y me pareció cruzar la puerta una cantina de aquellas películas del salvaje oeste llena de destartalados personajes, un vocerío bravucón y hasta provocador, gracietas celebradas con estruendosas risotadas y golpes en las mesas… Un ambiente desagradable e inquietante. Todo lo contrario a un saludable encuentro civil, civilizado, amistoso y placentero. Lo recordé porque una sensación de peligro semejante me invadió mientras abría el primer sobre.

La carta de Lorenzo, vecino del 5ºD, despedía ese mismo tufo amenazante desde la primera línea, en la que arremetía contra a la actual Junta de Gobierno de la Comunidad de Vecinos por malversación de fondos y por no proteger debidamente los legítimos intereses de los propietarios de los inmuebles frente a los inquilinos en alquiler. En ambas ocasiones el término propietarios estaba subrayado por el autor de la misiva. Sobre la apropiación de dinero no ofrecía ninguna prueba, como solía ser propio de Lor Lorenzo. Y sobre lo otro, por más que lo pensaba, no podía descifrar qué intereses míos estaban enfrentados, en riesgo o siendo mal protegidos ante los alquilados.

En realidad, el dinero que ingresaban los de alquiler en los bolsillos de los propietarios arrendadores, era un buen pellizco que había servido para poner en evidencia a los dueños y forzarlos a dedicar algunos fondos con los que sanear el edificio. De hecho, cuando años atrás convivíamos con menos vecinos de alquiler, el estado de los servicios y espacios  comunes de la casa era bastante peor. Los propietarios de pisos vacíos tienen la bonita costumbre de lloriquear y escaquearse de sus obligaciones, desapareciendo como fantasmas. Algo tendría que ver la casa llena de vecinos con los cambios y su mejor estado, me dije.

Estos nuevos vecinos nos traían cierta prosperidad, juventud y un poco de distracción a un viejo inmueble habitado por antiguallas tan vetustas como él, cómo no admitirlo. Las escaleras se habían convertido en un tiovivo de juegos infantiles y, si tenías la suerte de que ninguna criatura te arrollase, la cosa resultaba aceptable, hasta entretenida. En caso contrario, ¿qué valor tiene una cadera rota a nuestra edad comparado con el tren de futuro que esos infantes encarnaban? Somos ya lugar de viejos, hemos gozado de una vida razonablemente feliz sin necesidad de traer al mundo una amplia prole que nos hiciera estar pendientes constantemente de pañales y mocos, y nos complicara demasiado el disfrute de nuestras propias vidas. Eso es el bienestar, no íbamos a echar ahora de la comunidad a la garantía de nuestras pensiones por un viejo más o menos en mal estado.

Lor es un tipo raro. Aunque trata de disimularlo, a Lorenzo le gusta que le llamemos Lor. Todos creemos que es por identificación con el aristocrático termino inglés. Y yo, además, le llamo tipo porque me lo parece. No suelo usar ese lenguaje de serie policiaca, y cuando digo tipo más bien quiero decir tipejo. Lor me lo parecía, un tipejo en toda regla. Ambicioso y relamido, soberbio, inflexible y disciplinado hasta el peor extremo castrense y, o mucho me equivoco, más que dispuesto a todo por escalar y llegar a sentarse a la cabecera de la mesa de mi sueño. Se dice que fue él quien orinó en el portal y también estropeó la caldera este invierno para forzar las elecciones y acabar con Doncor, el presidente actual, y su junta.

Doncor, ¿qué nombre, verdad? Se preguntarán de dónde viene este, como yo lo hice en su momento. En realidad, su nombre es Donkor, con k de kilo. Es un médico de familia de la seguridad social de origen egipcio, nacionalizado español, asentado y con muchos años en nuestro país. Viven aquí desde antes de que se instalaran Lorenzo y ViviAna, con la A en mayúscula. ¿Y eso por qué, me he preguntado siempre? Pero no se lo he preguntado nunca. Me fio tan poco de esa mujer como de su marido. Nada más llegar nos vino diciendo eso, que la primera A de su nombre era mayúscula. Me imagino que fue por si, trastornado por sus encantos, alguien decidía declararse en una pintada

La familia de Donkor, amplia familia, es propietaria del 4ºC, uno de los pisos con mejores vistas y más luz. De él era el otro sobre que echaron por debajo de mi puerta. Su carta se limitaba a ofrecer un estado de cuentas y convocar la reunión con un único punto en el orden del día, la elección de junta directiva para el miércoles a las siete y media en mi rellano. Hoy.

Mi planta, la tercera, es un tanto rara. Da a un falso patio debido a un desnivel salvado en la construcción de la vivienda. Unas puertas de cristal esmerilado, siempre cerradas, dividen interior y exterior, y abiertas se puede crear un área diáfana grande. A pesar de que, por ese motivo, los espacios comunes son aquí más grandes que en las demás plantas, las casas son más pequeñas. Un enigma. Feli sostenía que es porque guardan lugares secretos con algún muerto entabicado. Feli vivió en el tercero C y murió antes que yo. No es que yo haya muerto, evidentemente, pero me corresponde ser el próximo según acuerdo. Por edad, achaques y por vivir en soledad.

Feliciano había cumplido con lo pactado y se murió cuando le tocó, ni antes ni después. Así lo tenemos hablado los más viejos del lugar. Hasta hemos elaborado una programación y un orden bastante razonable, creo yo, para ir desapareciendo. Eso te hace mirar el futuro con cierta indiferencia y superioridad, que es lo que más le fastidia al futuro, que lo mires despreocupadamente o por encima del hombro. ¡Que se joda el futuro! Después de Feli me toca a mí, pero no hay ninguna prisa. Cuanto más tarde yo en irme, de más tiempo disfrutarán los que vienen por detrás. De esta forma, no darse demasiada prisa en largarse de este mundo puede llegar a ser un gesto de generosidad y no lo contrario, como piensa tanta gente.

Comí muy poco, bastante temprano. Después descansé un rato en mi sillón. Creo que dormité durante unos minutos. Me sentía mal y traté de dejar de pensar en la visita que muy pronto haría a mis amigos en su residencia.

Salí al rellano de mi planta, donde se celebraría la reunión de la comunidad. Estaba vacío aún. Donkor y sus hijos habían encintado el suelo señalando distancias de seguridad para colocar las sillas, y pegado cartelitos en las paredes advirtiendo el uso de mascarillas, no formar corrillos y no gritar, puertas abiertas, aire libre. Saqué una silla de casa y la coloqué junto a mi puerta. Era costumbre que cada vecino trajera su propia silla. La dejaban cuando mejor les venía. Algunas veces había sillas en el rellano desde el día anterior. Era un indicador. ¡Vaya, a esta vendrá fulanito!, qué alegría, todavía no han logrado llevárselo a la residencia, se podía deducir cuando reconocíamos determinado asiento. En cierta forma, las reuniones son una hoja informativa de cómo van las cosas en la comunidad. No sabemos de nuestras vidas muy a menudo, la verdad. Así están las cosas.

Sin saber por qué me senté en la silla. Solo tenía previsto sacarla fuera y ocupar el espacio. Noté que empezaba a llorar. ¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que me está pasando?, me oí articular en voz baja. La eses resbalaban en mi boca como si se deslizaran por un tobogán aceitoso. Es una sensación de viejo, te hace recordar que no llevas puesta la prótesis dental. Aún estaba lavándose en el vasito. Estoy muy viejo. Hay detalles que me lo recuerdan de improviso y cada día son más y más tenaces. La vida se va vaciando por un lado y se va llenando por otro, como unos vasos comunicantes.

Quise asistir impecable, totalmente limpio y purificado a la cita con mis amigos. Cuando salía camino de su residencia aún sentía mis lágrimas surcando los canales y zanjas de la piel de mi rostro, y por ellas supe que nunca podría convencerme de estar contento con lo que iba a ocurrir, aunque sabía que era lo mejor que podía pasar o, simplemente, lo que debía pasar.

La reunión de la comunidad empezó a su hora en punto. Taciturno, yo había llegado unos minutos antes, justo a tiempo. Allí estábamos, en nuestras respectivas sillas, lanzándonos saludos y… sonrisas, iba a decir, pero las mascarillas tapaban todas las muestras francas o hipócritas en las relaciones sociales, y solo las miradas esquivas de Lor y su gente hacia Donkor y su junta declaraban con sinceridad lo que estaba por llegar. Lor estaba convencido de que él debía ser presidente. No pensaba que podría llegar a dirigir la comunidad solo si ganaba la votación, no. Creía que tenía que ser él, como si tuviera un derecho adquirido o fuera el sucesor de un linaje indiscutible. Qué pintaba un moro de presidente, estoy seguro que pensaban en su fuero interno Lor y su gente. Toda su retórica de campaña cabalgaba sobre esa idea. No llegó a pronunciar la palabra moro porque era muy incorrecta en el contexto de unas elecciones, pero fue una ausencia que se leía implícita en cada una de sus frases y eslóganes.

Lor no soportaba, no entendía, que otros pudieran ocupar el poder, y a eso lo llamaba usurpación, golpe y traición. La esencia del poder se encarnaba en él y sus ideas sobre cómo debía ser la comunidad. Lor era un guerrero y no iba a escatimar, precisamente, un lenguaje agresivo y provocador cuando empleaba en secreto todo tipo de artimañas para desacreditar a la junta directiva. Mentiras, acusaciones de corrupción, pequeños sabotajes, dudas sobre su legitimidad para gobernar…

Yo siempre he visto claro el juego de Lor y ViviAna, pero la manada no tiene inteligencia, su espíritu es ciego y lo perdona todo. La solemnidad, los lemas simples, las insignias icónicas, suplantan las ideas y la palabra. Lor no dudaba en servirse del mal para obtener el bien que él anunciaba, y denunciaba el bien que Donkor había traído a la comunidad como el pozo negro del mal.

Cerca de Lor, ViviAna formaba corrillos de adeptos e indecisos, situándose fuera o al borde de los límites de seguridad que nos habíamos propuesto. Iba vestida con ropa elegante pero discreta, de matizados colores. Sabía que era su ocasión y no debía llamar la atención más de lo justo. Era una persona ambigua y embaucadora, inteligente, mucho más que su marido, nada convencional, situada en la sombra, pero tan ambiciosa como Lor. Era sobre todo la palabra inductora en el oído del poder. Después de cada intervención de Lor, ViviAna acercaba su voz a la oreja de su esposo, el pretendiente al trono, y susurraba, susurraba.

Todo esto me ponía muy nervioso. Más cuando veía al pobre Donkor incapaz de responder con las mismas armas que Lor a sus oponentes, incapaz de elevar los gestos y  la palabra, afligido y acorralado por las amenazas. Quienes estaban con Lor disfrutaban, se envalentonaban, y sus seguidores crecían poco a poco, como gotas de agua, tras cada intervención del pretendiente a la presidencia.

Pensé que la comunidad, y el mundo, sería un poco mejor si perdiera a un personaje como él. No era un pensamiento muy correcto, ni basaba la esperanza en lograr algo bueno por medio de la bondad ni de una actuación civilizada y proporcionada, pero la vida real no es exactamente así. Consideré que hay ocasiones en que no puedes combatir el mal si no es con otro mal, en caso contrario sucumbes. No es más que un pensamiento rebelde de viejo al final de la vida, cuando ya no importa casi nada. O eso creía. Un pensamiento que se me aparece como un espectro endemoniado cuando veo perderse o malograrse el bien conseguido y precariamente establecido con el trabajo y el sufrimiento a lo largo de tantísimos años. ¿Qué podemos hacer? No lo soportaba más. Ojalá tuviera ocasión de convertirme en un héroe, me dije, para lo que me queda… Pero estoy muy cansado, demasiado para pensar en volar, aporrear y salvar a la humanidad. Si al menos el acto de salvación fuera algo facilito.

La tensión aumentaba y el momento de la votación se aproximaba. Lor se me acercó con un rictus de dolor en su rostro acalorado. Anda, búscame una pastillita para el dolor de cabeza, abuelo, me ordenó. Ahí se acabó todo. Me llamó abuelo y me habló con el tono de un señorito que se dirige a su viejo aparcero con la soberbia de la propiedad de la tierra, de su fruto y de la vida de quien la trabaja, y se detiene al pasar por su casa a caballo a mitad de una partida de caza para pedirle un vaso de vino. Balbuceé entre dientes: milana bonita, y esa fue la señal hacia el heroísmo.

Hice que me acompañara a mi casa. Lo llevé hasta el cajón de los medicamentos. Lo abrí. Cogí una de aquellas cajitas plateadas y se la puse en la mano. ¿Qué es?, me preguntó. Algo mucho mejor que el paracetamol. Pero ¿qué es?, insistió. Es… dudé.. es tramadol, un buen chute, te ayudará, le dije por fin. ¡Ah!, se tranquilizó. Esperó con la pastilla en la mano y se la zampó con el vaso de agua que le traje de la cocina. Volvimos a la reunión, donde todo seguía igual.

Aquella madrugada se oyeron sirenas, portazos, carreras por la escalera, voces, gritos y llantos de los vecinos. El amanecer nos devolvió la calma, y un silencio amable lo llenaba todo.

Yo no salí. ¿Para qué? Ya sabía lo que había pasado.

Este cuento forma parte del libro de relatos Una semana redonda, reconocido el 21 de octubre de este año como ganador del Premio Internacional de Cuento Universidad de Antioquia en su primera edición, por un jurado formado por los escritores Leonardo Padura, Perla Suez y Pablo Montoya.
José Federico Barcelona Martínez

Autor/a: José Federico Barcelona Martínez

José Federico Barcelona Martínez nació en 1957 en La Unión, pueblo minero de Murcia. Desde 1974 reside en Granada. Ha estudiado Biología y Educación Infantil. Durante más de tres décadas se ha dedicado a la enseñanza y educación de niños y niñas de corta edad. Ha escrito poesía, literatura infantil y juvenil, relatos y un par de novelas cortas. Su trabajo ha sido reconocido con numerosos premios. Entre sus publicaciones, se encuentran los libros de relatos 'Ahora que eres recuerdo', ‘Los relatos del 19’, ‘Soledades y la mar’ y ‘Relatos del 20’. Es autor del álbum ilustrado 'Hvíti björninn og litli maurinn' (‘El oso blanco y la hormiguita’), publicado en Salka Ediciones de Reikiavik y que fue seleccionado entre los cinco mejores álbumes ilustrados infantiles publicados en Islandia durante 2020.

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