Eternamente Yolanda

Con tu mano apoyada en la barbilla y tu mirada clavada en mis ojos, ese cuatro de agosto creaste el mundo. Mi mundo.

En tus pupilas, un nuevo big bang. El cotidiano devenir de la existencia se clava en ellas mientras tú, casi oculta tras la contraventana, ajena a mi impúdica intromisión, contemplas el sol que preña las aceras sobre las que la gente arrastra sus mezquinos afanes. Pero tú, no. Tú estás a salvo de la odiosa rutina. Tu cuerpo, apoyado en el alféizar de esa ventana, aguarda plácido un porvenir que dejará huella en esa piel pulposa y dulce como el mango que hoy, milagro de los milagros, mi deseo anhela tocar. Y desde esta acera donde la casualidad me situó, tras una cámara que no esperaba captar una belleza capaz de borrar la devastación de una ciudad en ruinas, te elijo porque llevo toda mi vida esperando que tus labios pronuncien mi nombre, porque tu mirada tiene el poder de resucitar mi asombro, de devolverme a ese tiempo en el que la felicidad se ponía en marcha puntual, cada mañana, sin tristezas, sin expectativas ni compromisos. Sin rutina. Hasta sin mi…

Mirada que sueña. O recuerda. O crea. Me crea.

Mirada que siega la maleza que, durante años, ha crecido en el patio de una existencia que ya empieza a pesarme, que conjura los malos presagios, que otorga cordura a la insensatez de caminar por el alambre sin alambre ni Dios que se apiade de mí en la caída.

Y yo aquí fuera, tratando de atrapar lo inasible con mi objetivo, convirtiéndome a la fe del instante en el que me creas con tu mirada.

Así te capté apoyada en una ventana de un edificio medio destruido de Centro Habana hace una eternidad. Así te retuve cuando aún creía que era posible alimentarse solo de sueños.

Ilustración de ZOCARr.

Hoy, enfrento el titánico lance de extirparte de mis entrañas. Negaré que un día fuiste. Te arrojaré a lo oscuro, allí donde las pesadillas muerden la noche, al lugar donde expulsamos, por cobardía, por indecisión o por descreimiento, lo que un día nos dio vida. Serás solo fruto de mi invención, producto de una observación errónea, de unas coordenadas que no debieron ubicarme allí. Y ni el olor picante de tu piel, ni tus ojos que iluminaron esa mañana henchida de promesas, ni las sábanas que retuvieron tu calor, jamás el nuestro, habrán existido.

Y siempre se convertirá en nunca —empezó a convertirse cuando ese maldito avión me devolvió a la orilla donde habita la triste costumbre de existir sin ti—. Y ya todo será desanudar nostalgias, coser recuerdos, contemplar una fotografía y añorar…

Y tu imagen me reventará en los ojos y no querré verte más.

Y romperé tu foto y borraré el contorno de ese cuerpo que nunca mi mano acarició.

Pero no sufro.

No es total este abandono ni esta caída en lo oscuro. En el fondo sé que, algún día, cuando me urja deshacer la maraña de esta nada en la que habito —el corazón no entiende de amnesias permanentes ni de olvidos selectivos—, como un ciego que palpa el mundo con sus manos o un escultor que desbasta la piedra para extraer lo que late en su interior, reinventaré tu mirada, esa que retenía toda la luz que no osaba entrar en la penumbra de tu habitación, y ese gesto concentrado en crear de nuevo el mundo y a mí…

Por los siglos de los siglos. Desde tus pupilas hasta mis cuencas vacías.

Yolanda.

Eternamente, Yolanda…

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