Casi todo lo que va de un cocodrilo a una nutria

Cocodrilo. Sugiere Platón en sus Diálogos, mediando por Sócrates, que la belleza de cualquiera cosa bien podría residir en el placer que causa o por su utilidad o por las dos a la vez. En consecuencia –jalón tan reutilizado por el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, en sus comparecencias de estos cien últimos días-, es el exceso de lo doloroso o lo perjudicial de cosa cualquiera, o ambas cualidades a su vez, la medida de lo feo y su definición.

Pienso en estas reflexiones más bien básicas sobre lo hermoso o lo feo cuando tengo noticia de los posibles chapoteos de un cocodrilo del Nilo en el Pisuerga. Ignoro si los cocodrilos disfrutaron alguna vez de los ríos de la península a lo largo de la historia natural que compartimos bichos, vegetales y lo que resta  de planeta inerte. Hay, sin embargo, algo bello en el hecho de poder imaginar una bestia escamada de siete metros surcando la superficie del río, mostrando tan sólo el reflejo de la luz en su lomo amenazante, la larga cola crestada haciendo eses y los ojos, terriblemente escrutadores, que preceden a la mandíbula que es como una de las puertas del infierno. El ser humano empequeñecido frente a la súbita aparición inesperada de un ya eterno y paciente aspirante a la supremacía animal.

Es hermoso el cuento. Contra toda ausencia de placer no sádico y su nula utilidad. Será que como Whitman en su Canto a mí mismo veo a Dios en todas partes: “Veo algo de Dios cada una de las horas del día,/ y cada minuto que contiene esas horas…” Ocurre sobre todo cuando me detengo a contemplar la naturaleza. Experimento múltiples y diminutas epifanías por el cuerpo, como esos orgasmos duraderos descritos por algunas mujeres y que siempre he envidiado.

Finalmente parece que no hay cocodrilo. En algún momento pudo ser una nutria, lo que añadía una comicidad a la historia del todo inesperada. Llegué incluso a leer un titular (ya me dirán, de todos menos culpable de desechar la información que la seguía) en el que un alguien venía a decir que se podía tratar tanto de lo uno como de lo otro. Ya ven que de un cocodrilo a una nutria no va nada. Una serpiente de verano desnortada por el confinamiento. La aparición de la nutria en este delirio sumada a mi lucha permanente contra la ansiedad me trajo a la memoria el ensayo de Charles Foster (Reino Unido, 1962), Ser animal (Capitán Swing). Concretamente al episodio que dedica a este animal de  alma atormentada por instinto: “lo más que puedo acercarme legalmente a esa experiencia es pasar un par de noches en vela, tomándome un expreso doble cada dos horas, antes de darme un baño de agua fría seguido de un enorme desayuno de sushi que todavía dé coletazos, luego una siesta, y seguir repitiendo esta dinámica hasta la muerte”. Un cocodrilo observaría este comportamiento con estupor y apetito. Y cansancio, cuando no hartazgo.

Lo que yo quería decir realmente es que me he ido a vivir al campo. Por la belleza y la paz.

Fuego. Desde esta atalaya no se ve nada. Y eso es lo mejor. Es una casa modesta de fachada encalada con más de lo necesario para vivir. Abundan los olivos. Me nacen y bailan en el porche y la terraza dos hermosas adelfas cuyas flores aportan –quiero creer– cierto aire colonial. Un arroyo seco, con sus cañaverales, limita al norte la finca. Puedo bajar a él caminando unos treinta metros. Allí la vegetación se espesa, aprovechando el agua que se intuye bajo el piso de aluvión. Es un paseo impracticable sin machete. En la finca que colinda al sur hay tres caballos enormes de mirada desconfiada. Me gusta observarlos desde mi lado del vallado, cerveza en mano y en la sombra olivarera, cuando la brisa marina penetra insolente desde la mar, tras peinar los marrones y verdes de las marismas del Odiel.

De algún modo, que todavía soy incapaz de comprender, la lectura y la escritura (en menor medida), me han espoleado en todos y cada uno de los aspectos y momentos de mi vida. Fue así que tomé la decisión de venirme al campo. Todo parece indicar que es definitivo. Wendell Berry (Kentucky, 1934) es el jinete, y El fuego del fin del mundo (Errata Naturae, 2020), ha sido el ajedrez en el que se me dispusieron las formas. Berry es filósofo, novelista y poeta. Pero es, sobre todas las cosas, campesino. De tal modo nació. Luego acabó en la Universidad de Nueva York, donde ejercería la docencia en materia de letras, para acabar renunciando finalmente y regresar a sus orígenes. Que son los nuestros.

“Si realmente queremos enmendar el daño que nos hemos infligido a nosotros mismos, a otras especies y a la tierra, y si ese esfuerzo por enmendarlo pretende ser algo más que una moda política que termine por convertirse en otra forma de daño, vamos a tener que ir más allá de la protesta pública y de la acción política. Vamos a tener que reconstruir los componentes y la integridad de la vida privada”, dice Wendel Berry, y me sirve como  conclusión y resumen de cuanto aportan los más que interesantes ensayos recopilados en este título. El texto de la cita es de 1970. Que bien se podría completar con la sentencia: “El sofisticado modelo de ciudadano actual es alguien que desde antes de la pubertad sabe cómo se produce un bebé pero llega a los treinta sin saber cómo se produce una patata”.

Berry se ha ganado su sitio en mi mesita de noche, donde mismo que los Diálogos de Platón. Al otro lado de los postigos y la mosquitera, y en la noche, se acercan los olivos al modo de un bosque escocés en el imaginario shakesperiano. Es el abismo de Nietzsche que ahora gasto, que viene a cobrarse lo suyo. Se asoman. Tan ricamente.

Fuego. Leo por primera vez El corazón de la tierra,  de Juan Cobos Wilkins. Era una deuda. Con la tierra que tuvo a bien acogerme cuando en su momento sentí caer y lo hice de pie. Pero también una deuda para conmigo mismo, ya que enmohecía en esa larga lista del debe que todo lector no hace más que engrosar con el tiempo. Recién horneada, esta edición nos llega de manos de La Isla de Siltolá y prologada por el propio autor. Novela de largo recorrido –ha sido llevada al cine y entusiásticamente criticada-, espero que este nuevo impulso la lleve a los ojos de los jóvenes que por estas tierras de tradición minera han nacido y nacen. Tiene su punto de rebeldía, que es cura para la abulia.

Autor

  • Eduardo Flores

    Eduardo Flores (Cádiz, 1981). Autodidacta en el mundo literario ha sido soldado, estibador portuario y operativo de seguridad privada en África, entre muchos otros trabajos de lo más diversos. Es autor de los blogs literarios en internet 'La muerte del suspiro' y más recientemente 'La victoria de la carne'. En 2009 sus poemas formaron parte del libro colectivo 'Estrofalario' (Quorum Editores). Con la novela 'Una ciudad en la que nunca llueve' (Ediciones Mayi, 2013) hace su primera incursión narrativa en el mundo editorial.

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