El vértigo de la sencillez

La poesía está llena. Es una obviedad. Martín Rodgao citaba hace poco en su lúcido ensayo sobre poesía contemporánea La lira de las masas la sentencia “estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros” atribuida a Cicerón. Parece ser que en la época del ilustre romano ya lo estaba. La postura más coherente sería la abstención, la no escritura, la negación de una literatura condenada a repetirse y a vaciarse de intensidad y contenido.

Sin embargo, a veces un libro, un poeta, se hace un hueco, inventa un espacio, recoloca las piezas del puzle de otra forma y cambia, aunque sea ligeramente, el paisaje. Todavía el asombro de Javier Gilabert, XV Premio de Poesía Blas de Otero/Ángela Figuera, es uno de esos casos. Poesía epigramática fuertemente enraizada en la tradición clásica en un libro de los que gusta llamar orgánicos (segunda acepción del diccionario de la RAE: “constituido por partes que forman un conjunto coherente”). Un libro compuesto de poemas como partes que alcanzan su sentido respecto al conjunto ya desde el primer poema, que funciona como índice del que el resto del libro es una especie de glosa. En estos libros no cabe un poema accidental, de circunstancias, que no tenga relación con el todo, como los órganos carecen de sentido fuera de su cuerpo, o un tubo sólo puede emitir una nota y es junto al resto como consigue inundar la catedral de sonido.

Poesía minimalista. Recordaba hace unos días José Carlos Rosales en la presentación de su nuevo libro —también orgánico— que el malogrado Rafael Juárez (que para él fue amigo y para mí solo librero) decía que, cuando en la revisión de un poema, este pierde versos, siempre mejora. En Todavía el asombro Gilabert, sorprendentemente, sigue esa senda: la de la tradición clásica, al construir una poesía a partir de la insistencia en un puñado de símbolos, una poesía de la economía de medios, de la renuncia a la alharaca verbal o conceptual, restando, sustrayendo, recortando, donde siempre menos es más (maxima in minima que puso al principio de uno de sus libros Hölderlin, aunque no siempre la respetara).

¿Cuál es esa tradición? A la evidencia de las citas explícitas que abren y cierran el libro, sin duda hay que sumar el magisterio de Juan Carlos Friebe, que lo lleva hasta su admirado Claudio Rodríguez —también explícito en un verso usado como intertexto— además de Rafael Guillén al que homenajea la obra. Pero también la esencialidad de esta poesía recuerda a la tradición del lejano Oriente (no en vano el poeta mantiene una especial relación geórgica con los bonsáis). De la misma forma, por el camino de la negación (tan grato a nuestros místicos) advierto conexiones con la poesía del silencio: “descubro que hay silencio en mi interior, / la descarnada urdimbre del poema”, un juego conceptual que lo aproxima al Jaime Siles de Música de agua o, ya en el siglo XXI, al de Arquitectura oblicua o Doble fondo, donde en su primer poema, «Ars poetica», podemos leer: “sin que se sepa nunca/ dónde el poema está,/ si en lo que se nos niega/ o en lo que se nos da”.

En cuanto a la forma, Gilabert trabaja bien el verso, a menudo endecasílabo blanco, con los acentos bien dispuestos. En una poesía de la desnudez “todo se nota más”, como afirmó una vez Ana María Moix de un poeta cuyo nombre no he olvidado, pero que no voy a recordar aquí. Es una apuesta por el centro de la diana, por el ojo de toro, ignorando los márgenes, los espacios menos poéticos pero más seguros; una poesía sin red, un combate siempre por el KO, nunca a los puntos. En este sentido, esta obra se aparta claramente de su primer libro en solitario, En los estantes, que, frente a este, aparece como miscelánea y tentativa (aunque ya con poemas bien armados como «Los juguetes» o «La serpiente»). El salto de intensidad —y de calidad— está ahí.

Javier Gilabert. (Foto: Wikipedia)

Esa desnudez formal se corresponde en el plano del contenido con una simbología sencilla, que insiste en un puñado de símbolos organizados de manera dicotómica: el miedo, el dolor y la oscuridad representados por el ocaso, la sombra, la nube; y la luz, la vida, encarnadas en la naturaleza y el alba. De esta manera, la tradicional invitación al carpe diem se convierte en estos versos en un carpe lucem que conlleva a la vez una hermenéutica de la percepción, de la mirada que a veces se presenta como iluminación (de ahí el asombro).

Se podrá objetar que los materiales con los que construye su poesía Gilabert son conocidos. Se podrá aducir que la reiteración empobrece el discurso poético. Acaso que el punto de vista reflexivo y extático aleja al lector apresurado de nuestros días. No seré yo quien lo haga. Yo me quedo en el asombro al leer estos versos aquilatados, quintaesenciados, breves, densos, depurados. El asombro al leer (las columnas de los sonetos de Siles de nuevo en la memoria):

Camino por los versos de puntillas,

como si fueran uno de esos puentes

que cimbrean debajo de los pies.

Si se produce el vértigo,

la altura se transforma en el poema.

Que se produzca el vértigo del asombro.

Imagen de portada: La llave de los campos (La Clef des champs) del René Magritte.

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