Más allá de las estrellas, con vino y bajo la luna llena

Ergosfera. La poesía es un misterio. Llamamos poesía —desde una lamentable hondonada de pereza— a una serie de versos amontonados; enigmáticos escritos cuya lectura parece haber perdido todo predicamento: “Rabia, rabia, contra la agonía de la luz”. Ni siquiera nos molestamos en preguntarnos a qué vino, en su momento, la necesidad.

Hoy, que nuestra ciencia y tecnología nos han llevado a la paradoja que conforman nuestra insignificancia y nuestro valor, el valor de la comprensión de una parte considerable del Universo, la poesía recupera su ineludible y necesaria violencia. Ahora que sabemos que solo podemos leer el Todo por medio de las matemáticas, no se antoja tontería alguna la posibilidad de explicarnos ese Todo desde la poesía. Tal y como nació, probablemente, en un tiempo en el que la ciencia daba sus primeros saltos en una carrera que nos ha llevado a nuestros días: “No entres dócilmente en esa noche quieta”. Matemáticas y poesía, cogito ergo sum, rabia contra la agonía de la luz.

Así debió de entenderlo Cristopher Nolan cuando se enfrentó al reto de Interstellar. No lo comprendí entonces. La puse a caer de un burro en una crítica. Pero como decía, la poesía es un misterio, uno íntimamente relacionado con el espacio y el tiempo: el Todo. Y en el caso de esta cinta, la clave, es un poema de Dylan Thomas que se repite varias veces, fragmentado, a lo largo del metraje y en la voz de Michael Kaine.

La he vuelto a ver recientemente, solo por el placer de viajar por el espacio. Esa inmensa abertura que observo cada noche veraniega desde mi terraza y mi insignificancia, con pasmo propio de primate: “Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,/ porque sus palabras no ensartaron relámpagos/ no entran dócilmente en esa noche quieta”. Bien al contrario, “rabian, rabian contra la agonía de la luz”. Y es que, como el poeta José Martí, tal vez, “a los espacios entregarme quiero/ donde se vive en paz y con un manto/ de luz, en gozo embriagador henchido».

Muy recomendable para mayor disfrute de la peli de Nolan el análisis científico desarrollado en los episodios 74 y 75 (Ergosfera, partes uno y dos) del podcast radioskylab.

Me entero por casualidad, bicheando entre flores por la red de redes, que la flor de adelfa (o baladre) es venenosa. Saber que la naturaleza es así nunca deja de sorprenderme: la belleza y la violencia (manifestaciones del espacio y el tiempo) son las partículas elementales de un mundo que habitamos sin que nos pertenezca. Una reflexión que me lleva, de nuevo, a darle una vueltecita más por axones y dendritas a la compleja relación que mantenemos con la energía que necesitamos para alimentar nuestra forma de ser y estar en este mundo.

A propósito de ello he colocado un título más en mis haberes: La energía nuclear salvará el mundo (Planeta, 2020), de Alfredo García, también conocido en esa dimensión que es Twitter como @operadornuclear. Para más información, no olviden pasar por el que es el podcast más puntero de divulgación científica, la tertulia semanal Coffee Break: señal y ruido, en la que podrán encontrar (a partir del minuto 56) una más que interesante entrevista al autor.

 

Como comiendo. También es ciencia y poesía, aunque más mundana tal vez, y no por ello menos poesía y ciencia, comer en El Cerrojo, popular bar de tapas en Alosno (Huelva).

Allí me entero de que el falso helado de gurumelos es un exquisito cono relleno de paté elaborado a partir de la seta que le da nombre. Gurumelo es una palabra que se aprende pronto por estos pagos. También es gloria bendita. Denominación de origen.

Fuera del bar y sobre la calle alosnera la sensación térmica no puede ser inferior a los 45 grados. Dentro, donde a las dos de la tarde el local ya está hasta la bola sin necesidad de incumplir las mínimas medidas de distanciamiento social, suena Camarón por alegrías, “que a mí me vio de nasé…”. Se postergan los placeres de hoy que se han de disfrutar siempre, pienso, cuando llegan los langostinos al curry, acompañados de arroz y un único espárrago triguero que cumple bien, tanto en el colorido del plato como en su aportación al paladar. Ya le habría dado yo al curry un buen pellizco de picante. A mi lado cae un cachopo en salsa de cabrales. Otro triunfo para esta gente. Como sus costillitas de cordero lechal, jugosas y, qué duda cabe, de buen género, cosa tan importante a la hora de clavar diente en este bicho.

Pruebo todos los platos con avidez jurásica. Y es el turno de unas piruletas de choco, gamba y gula. Canta Falete una copla en los altavoces del local, el volumen a su justa medida.

Ya al entrar en El Cerrojo uno intuye sin temor a equivocarse que el servicio es cercano en el trato, atento y muy ajeno a imposturas. Saben que aquí viene uno a que le den gusto por la de comer, pero también al corazón de quien espera, al disfrutar de una buena comida, más complicidad que servidumbre. Así que contribuyen a la causa de forma sobresaliente, mientras ando a la espera de una de lagarto ibérico con pimientos del piquillo a la plancha y salsa de brandy (que sea Luis Felipe, que sea Luis Felipe, por todos los dioses). ¡Ay, el cochino de estas tierras y sus carnes y su vida de marqués para que yo venga y le diga con los dientes un viva la madre que te parió! Y efectivamente, un lagarto pa matarse de bueno.

El Cerrojo ya merece una visita al Andévalo con base en Alosno. El colofón lo pone un simple café con leche, que no sería reseñable si no llegara servido en una taza de grueso cristal encastrada en un platillo de altas orillas y misma transparencia.

 

Vera. Hace algo más de un mes la luna era llena toda ella y emergía sobre la loma al este de la finca.

Aparece reluctante como tratando de ocultarse torpemente tras el único olivo que descresta el perfil de la tierra.

Con el índice de mi mano derecha dibujé un arco en el cielo que trataba de llevar los ojos indescriptibles ojos de mi hija justo hacia el oeste, donde el sol se recogía. Así le explicaba yo la vida desapercibida. Y apostaría a que lo entendió. Todo. Porque unos días más tarde me enseñó que pintar con temperas unas conchas recogidas en la playa era de lo más divertido que se puede hacer en verano.

Autor

  • Eduardo Flores

    Eduardo Flores (Cádiz, 1981). Autodidacta en el mundo literario ha sido soldado, estibador portuario y operativo de seguridad privada en África, entre muchos otros trabajos de lo más diversos. Es autor de los blogs literarios en internet 'La muerte del suspiro' y más recientemente 'La victoria de la carne'. En 2009 sus poemas formaron parte del libro colectivo 'Estrofalario' (Quorum Editores). Con la novela 'Una ciudad en la que nunca llueve' (Ediciones Mayi, 2013) hace su primera incursión narrativa en el mundo editorial.

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