Despedida de soltero

La fagocitosis es el proceso de captura de partículas en el interior de una célula, se trate de bacterias, parásitos o células apoptóticas;  en definitiva,  la asimilación por limpieza de toda clase de partículas extrañas a su organismo. 
De un libro de biología

 

Me sostengo como puedo agarrado al hombro de Max. Sin dentadura, parece otro y está raro con un traje y, más todavía, sin corbata. La hemos perdido, él y yo, a conciencia o no. No lo sabemos. Estamos todavía un poco borrachos y dos cigüeñas de cuello ondulado, que tabletean con sus picos sobre el tejado del campanario de una de las torres de la catedral, nos parecen divertidas.

Hace un día extraordinario de sol primaveral, huele a azahar y, en su interior, por la nave central del templo, suena música de órgano.

Cuando nuestras piernas se niegan a aguantar el peso de carne propia y bebida ajena que les proponemos, acabamos ambos por sentarnos en la escalinata principal, en un movimiento que casi nos tira de espaldas, agotados, sin fuerzas.

En la plaza no hay nadie. Un silencio profundo se extiende por todos los rincones de la explanada por los que picotean unas cuantas palomas. Al fondo, espera un coche antiguo de gruesa carrocería color verde oscuro y brillante, engalanado al efecto, con su chófer vestido de pantalón de rayas, chaqueta negra y pajarita, arrellanado, con una revista en sus manos, en el asiento trasero.

Todos los rumores proceden del interior de la catedral, salvo quizás ese gracioso tableteo de las cigüeñas y el chirrido coloreado de los vencejos.

—Los vencejos me recuerdan a los exámenes finales en la facultad —me comenta Max, a quien creía dormido, abriendo torpemente la boca y, con dificultad, los ojos—. Siempre que me encerraba en el cuarto para estudiar mis apuntes, allí estaban penetrando por la ventana, dando color a aquel retiro.

Sin correlación, también me dice que se lo ha pasado muy bien durante la madrugada anterior, pero no entiendo demasiado si va en serio o es pura ironía. Sin dientes, suele ocurrir eso. Ha vomitado al amanecer, apoyado en la rueda de un camión enorme y, al agacharse y devolver, la dentadura postiza se le ha escurrido de la boca y ha acabado por los suelos.

X, que en ese instante estaba pegado a él, se sorprendió al verla tan sonrosada y le arreó una patada, confundiéndola con un tomate no digerido de la cena. Luego, creo que Max salió protestando y a la carrera tras ella, que rodaba como si tuviera patas, para recuperarla, la recogió y se la encajó en las encías. Un momento después, cuando sintió el crujiente de la tierra en el paladar, en un cambio de idea, se la quitó y se la introdujo en el bolsillo. Pero eso es algo que tampoco puedo asegurar a ciencia cierta.

La ceremonia se alarga. Debe ser un proverbio, una máxima de nuestra época, el que últimamente esas ceremonias religiosas duren más tiempo que el propio matrimonio.

X está dentro, vestido de pingüino. Aquella novia de los años de estudiante, que nosotros conocimos y envidiábamos, desapareció en el anonimato de la vida y ahora se casa con esa otra chica tan guapa, tan alta, tan delgada, hija de ese padre al que no le asoman, de milagro y a montones, fajos de billetes por el bolsillo superior de la chaqueta del frac. Me hace gracia amarga que, sin el furor devoto, X ande ahí contrayendo vínculo humano a los ojos de un dios. A Max también le hace gracia el sainete y, sin embargo, hemos asistido a su boda, ambos.

X nos llamó a los dos, separadamente, por teléfono. Entre una y otra conversación apenas medió un minuto. Es de imaginar que quería tantear nuestra reacción. Fue directamente al grano. Nos dijo que éramos los últimos que quedábamos de la vieja guardia (sic), sus dos únicos amigos vivos, que los demás eran conocidos y los que ahora lo rodeaban, simplemente, gente interesada. Es de suponer, también, un poco su desconcierto en una celebración matrimonial en la que apenas podía contar con unos cuantos familiares que le eran ya extraños, quizás algún pariente retirado, más bien un desconocido, con el que no cruzaba desde su infancia una palabra.

Acudimos al instante. Lo hicimos, desde muy lejos —no es preciso tampoco mencionar nombres de ciudades—, en autobús, en un viaje en el que tuvimos que sufrir varios transbordos y que acabó convirtiéndose en una tortura de paradas en pueblos medio vacíos, por carreteras plagadas de baches y curvas continuas. Cualquier otro medio de transporte habría sido demasiado gravoso para nuestras economías en quiebra.

Antes de la partida, ni siquiera intentamos reservar un hostal, una pensión, un sitio donde quedarnos a dormir. Para qué. Sabíamos desde el inicio, o lo imaginábamos, qué iba a ocurrir en esa noche en blanco y conocíamos de sobra esa ruta de bebida y recuerdos que nos esperaba y que resultó, a pesar de los años, no haber cambiado tanto. Casi las mismas casas de comida, las mismas cafeterías, los mismos garitos, los mismos camareros, las mismas caras, sólo que con más años, casi todo igual, menos nosotros mismos.

Éramos tres en una caminata con distintas etapas y dilatadas pausas, que podría haber sido bien triste pero que no lo fue, sólo tres llenándonos las tripas de alcohol desde la tarde, exceptuando el almuerzo y una ligera cena, si se puede llamar así, desde que recalamos en la estación de autobuses hasta el amanecer: los abrazos junto al autocar, efusivos, esas ceremonias del reencuentro y, de inmediato, sin entreactos, la ruta de fiesta, anegada de evocaciones agridulces.

He de reconocer que fue entretenido e incluso placentero, porque igual había en todo ello una necesidad, porque nos alegrábamos realmente de vernos después de tanto tiempo y, lo mejor de todo, porque no llegamos a caer ni en la nostalgia ni en la amargura ni en el tópico. Las conversaciones, hasta que la bebida nos lo consintió, fluyeron bien, lejos del reproche, de la queja, de la reserva que suscita la tregua y el alejamiento de los años pasados y de esos cambios físicos y anímicos que cincelan más o menos profundamente, en todos los seres humanos, la escuela de la vida y el paso del tiempo. Lejos, también, de la anécdota trivial, de la batallita manoseada, de la curiosidad malsana, no tuvimos que representar en suma un papel de adultos demasiado distante de aquel que nos había tocado representar de jóvenes, durante la época universitaria.

El que no necesitaba en absoluto cambiar de papel era Max. Cargado del protagonismo acostumbrado, no nos decepcionó. Max por aquí, contando una anécdota original o sobadísima. Max por allá haciendo el ganso. Max tomando primero cerveza, luego vino y, de postre, chupitos de alcohol de quemar —que es como deberían llamarse a esos espirituosos que sirven adulterados por todos los baretos de copas. Max hablando de literatura centroeuropea o de cine oriental. Max intentando trepar por una pared como si fuera el hombre araña y cayendo de espaldas, a plomo, sobre el bordillo de la acera y, luego, rebotando y poniéndose de pie sin dolor aparente, como un muelle. Max queriendo ligar con la chica que servía en el último pub y que resultó ser la mujer del dueño. Max por todas partes, llamando la atención en una actitud que tenía cierto deje de protagonismo egocéntrico, de provocación simiesca e infantil, y nosotros dos, X y yo, a su estela, sosteniéndolo para que no se desmoronara, frenándolo en sus asaltos o conatos de seducción, en la medida en que el cansancio y lo que andábamos ingiriendo nos lo permitía, por los vuelos de la chaqueta, partidos de risa y excusándonos educadamente ante la gente que nos observaba con cara de pasmo, o nos volvía la espalda abochornada, por su proceder y por el nuestro.

No puedo recordar tantos detalles, siempre huidizos de la noche anterior porque todo se nubla un poco en mi dolorida cabeza a causa de la ingesta, las calles familiares, el nombre de los sitios, lo que comimos y lo que bebimos. Me acuerdo de que en la avanzada madrugada hubo un amago, con la borrachera, de pasear por el barrio cálido, pero, ya sin fuerzas, nos quedamos tirados, en un banco de una plaza cualquiera, al arrullo de unas palomas que no llegaban a conciliar el sueño en los voladizos de las casas antiguas por la potente luz de una farola sin capucha, a sus mismísimas puertas.

*

Ahora tengo tiempo de observar a Max, profundamente dormido, con la cabeza apoyada en mi hombro, y me infunde algo de lástima. Está sin trabajo. Nunca ha tenido un trabajo formal ni bien remunerado, desde que dejó los estudios, y no por su culpa. Creo que nunca, en el fondo, ha tenido suerte en la elección de nada y menos aún de pareja.

Él era una especie de agente libre, si lo podemos llamar así. No pertenecía a ningún partido, no tenía nombre de guerra, no estaba fichado, pero se apuntaba a todo aquello que le pareciera justo y necesario siempre que hiciera avanzar la libertad de acción, de palabra y de pensamiento, y pudiera acordarse con su propio sentido de la lógica, de la razón, de la honestidad.

Por los setenta, fue el único al que detuvieron en aquella manifestación de apoyo a los astilleros. Con los años, me ha hecho reír eso del apoyo del sector intelectual al sector obrero, en especial al naviero. Estaban bien pagados, comparados con los trabajadores de otras esferas y muchos de ellos entraban allí a currar con carta de recomendación y, cuando se enfrentaban a la policía, eran a veces más salvajes que ésta. A pesar de que habían sorprendido a uno de sus delegados sindicales pactando bajo capa con la secreta, tenían fama de fieros, temibles, insobornables en lo referente a reivindicaciones familiares y salariales y eran elogiados porque hablaban claro, a la vez que en cualquier circunstancia eran perseverantes, arriesgaban con dureza y, al mismo tiempo, no se podía jugar con ellos. Algo así como los mineros.

Y, nosotros, bueno, nosotros no éramos nadie, unos mocosos aspirantes a un hueco en la clase media, agitadores tenaces, unos mierdas casi adolescentes que habíamos leído un puñado de libros anarquistas y comunistas, que parecían autorizarnos a cambiar el mundo y a solidarizarnos con aquellos tipos curtidos que nos miraban como extrañados, con expresión burlona y desconfiados de nuestras teorías librescas y de nuestros temerarios juegos a policías y ladrones. Cierto que hacíamos bastante ruido, que hacía falta como una especie de referente de clase media para que las cosas no quedaran siempre en lo que quedaban. Cierto que lo nuestro era la palabra escrita, las pintadas ocurrentes, la pega de carteles y la redacción de pasquines anónimos que movían al enfrentamiento y a la lucha incansable, y en general esa cultura a través de la cual se hubiera podido canalizar toda aquella energía que siempre corría el riesgo de perderse en el vacío. Pero, qué podíamos saber nosotros del trabajo sufrido, de doblar el lomo durante tantas y tantas horas, de lo que era aguantar a un jefe, una estructura de mando tan rígida y represiva, de tener que guardar silencio ante la iniquidad, de la obligación de tener que llevar un salario digno a casa para dar de comer a una familia, bajo la amenaza de una regulación, curtirse en huelgas, encuentros ilegales, reuniones a escondidas y mil refriegas.

Ilustración: ZOCAr.

Creo recordar que, por aquellos meses, los astilleros habían sufrido una profunda remodelación, cuando en otros países más avanzados corrían ya el riesgo de deslocalización o directamente de desmantelamiento y cierre. Aquí, los habían trasladado con sus enormes grúas a una zona exterior de la ciudad. Habían sido invertidas grandes sumas por parte del estado en una ambiciosa renovación, que había incluido gran cantidad de terreno ganado al mar y pretendía insuflarles modernidad, eficacia y competitividad. Pero la crisis petrolífera de principios de esa década fue tan imprevista como despiadada y la huida de capital europeo hacia países asiáticos prácticamente los había devorado.

Sería en una de las primeras grandes manifestaciones de mediados de aquella década. Se me confunden ya casi todas porque hubo muchas, de todo tipo y condición y bien que no dejamos escapar una. Allí donde la hubiera, allí estábamos nosotros desafiando el peligro. Las cosas funcionaban más o menos de la misma manera que en el terreno de la cultura. Allá donde estuviese lo alternativo, lo paralelo, lo diferente, en cine, música, teatro, conferencias, lecturas, allá estábamos nosotros y, en las protestas, no íbamos a arriesgar menos.

Aquel día en concreto, hacía un viento muy fuerte que hizo ondear nerviosamente las banderitas de tres o cuatro sindicatos prohibidos que se sacaron al instante entre los participantes, ya desde su inicio. No éramos muy numerosos en la plaza mayor, pero rápidamente se fueron incorporando a ella por callejas secundarias más y más estudiantes de todas las facultades, algunos obreros, y también con idéntica rapidez, casi al mismo ritmo, fuimos disueltos sin piedad por las fuerzas de orden público.

Nosotros tres, dispersado el núcleo principal de la manifestación, bajábamos la cuesta del Salitre, en dirección al puerto, con el objetivo de reunirnos luego en un nuevo grupo de protestas por aquel barrio. Ya habíamos huido de dos todoterrenos blindados en un par de escaramuzas por el centro, en las que las sillas metálicas de las terrazas de los bares, arrolladas por el enfrentamiento y posterior escape de los manifestantes, volaban por encima de los toldos e iban cayendo con estruendo a nuestras espaldas. Las porras y algún bote de humo surcaban los aires, mientras la brutalidad policial, que golpeaba con saña a todo lo que se moviera, sin distinción, se hacía al instante dueña de las calles.

De pronto, por aquel callejón desierto, que se precipitaba en pendiente desde la única calle peatonal de por entonces hasta las rejas de forja gruesa del portalón central del muelle, se bajaron de un land-rover grisáceo, con el que tropezamos, huyendo de los choques más duros, sin quererlo e inesperadamente, un grandullón de bigote pelirrojo y un retaco moreno. Decían que los maceraban a fuego lento desde la madrugada metidos en los coches para que al salir mordieran aún con más fiereza. Aquellos dos tenían cara y actitud de decir hasta aquí hemos llegado, con sus uniformes y cascos cenicientos, sus correas cruzadas y sus porras negras.

Max iba vestido de manifestante por así decirlo y, como si X y yo fuéramos invisibles, sin soltar palabra, sin tener que empujarnos, fue a él a quien tomaron por los sobacos. Lo arrancaron de la acera, lo elevaron en volandas como a un muñeco, lo metieron en el fondo del vehículo por el portón trasero y se lo llevaron en un acelerón a comisaría o a donde fuera, sin más. Lo último que acerté a ver de él fue su espalda, su pelo oscuro y largo sacudido por el fuerte viento, desapareciendo por aquella contrapuerta.

Aterrorizados, X y yo corrimos sin mirar atrás y regresamos prontamente al piso. Inquietos por su suerte y por la nuestra, llenos de preocupación durante toda la tarde por si llamaban repentinamente al timbre de la puerta, habíamos quemado muy aprisa en el fregadero de la cocina algún póster y unos cuantos papeles comprometedores que desprendían un humo delator y espeso y que tardó demasiado, para nuestra desesperación, en dispersarse a través las ventanas.

Sin embargo, no fue la policía quien se presentó en nuestro piso alquilado, sino el propio Max. Estaba ya anocheciendo y lo vimos aparecer hecho polvo, una especie de fantasma, con la cara ensangrentada, toda entumecida, y la ropa para tirarla a la basura. No arrastraba cadenas, pero apenas podía mantenerse en pie y, ni que decir tiene, hablar.

Lo aguantamos entre los dos porque escasamente si guardaba el equilibrio en sus piernas de plastilina. Y, como pudimos, lo agarramos de ambos brazos y tal como estaba, nos lo llevamos, con urgencia y miradas de aprensión, al puesto de cruz roja más cercano, para que le hicieran una primera cura.

Según nos refirió él mismo, en un idioma apenas inteligible, de lengua mareada, con los ojos llenos de lágrimas, supongo que de ira, cuando se recuperó un poco tras las vendas y las inyecciones, había acabado en una calleja de mala muerte, muy cerca precisamente de los muelles, con la boca empapada en sangre, todo el cuerpo dolorido, como si hubiera hecho de extra en una película de mafiosos, pero sin ficción y sin un solo diente. El grandullón pelirrojo se los había tumbado de un solo puñetazo, en los calabozos subterráneos de la comisaría de la calle Fernando el Católico. En ellos, cayó sin sentido.

Los del interrogatorio, cuando lo vieron inmóvil en el suelo, sin reaccionar al cubo de agua, con los ojos medio en blanco, a los zarandeos por los hombros, a las bofetadas y a las patadas en las costillas, creyeron que la había palmado.

Lo que estaba claro es que nadie quería cargar con responsabilidades, verse obligado a dar explicaciones. Añadir un hecho muy grave al ambiente tan caldeado, tenso y revuelto, que se vivía en toda la ciudad, quizás hubiese sido demasiado escandaloso y provocador, y quizás no hubiera hecho sino contribuir a la violencia, añadir más leña al fuego de la inestabilidad social que se atravesaba durante aquellos meses. O eso fue lo que interpretamos. De modo que decidieron deshacerse de Max a las primeras de cambio y a la menor oportunidad, como si hubiera tenido un accidente. Lo más fácil y cómodo, claro está, fue meterlo de nuevo en el todoterreno y arrojarlo sin contemplaciones en un lugar discreto, junto a unos cubos de goma llenos de inmundicias, como un saco inservible.

Con una fuerza obstinada, la poca que le quedaba y aguantando los espantosos dolores de encías, se arrastró literalmente hasta el piso, subió como pudo las escaleras y así lo encontramos, destrozado, los labios reventados, la boca llena de babas y coágulos sanguinolentos, mojado de pies a cabeza, pero vivo.

Y en eso sí que sería una de las pocas ocasiones en las que Max hubo tenido suerte, en que no lo arrojaran por una ventana de la segunda planta o le aplicaran la famosa ley de fugas y acabara con la espalda agujereada o la cabeza rota en pedazos. Aunque fuera un donnadie sin influencias, al que podrían haber rematado como a un cerdo, alguien que no estaba fichado y al que sólo sus anónimos padres podrían haber echado de menos, sí que tuvo suerte. Y él lo sabía.

A raíz de aquel incidente, me enteré también de que Max estuvo buscando por todas partes a aquel grandullón pelirrojo durante muchos años, para hacerle pagar el dolor, la humillación y la dentadura postiza. Nunca lo encontró. Max nunca ha encontrado nada.

Lo cierto es que, ya no volvió a ser el mismo. Y como si con ese suceso se hubiera replanteado el término de una vida y el comienzo de otra, Max no regresó a la facultad. Así, una mañana en la que X y yo asistíamos a clase, sin decirnos una palabra, hizo tranquilamente sus maletas, recogió sus libros y sus pertenencias en un par de paquetes atados con cuerdas, se montó en el autocar y se fue para casa, para nuestro disgusto y para disgusto de su familia, cuando lo vio desembarcar en ella con una idea fija y la boca hecha trizas.

No sería ni el primero ni el último que dejaría los estudios durante mis años de estancia en la universidad. Cansancio, desesperación por ganar pasta, echarse novia y ser independientes, aquel veneno romántico del nihilismo inoculado por los libros, de modo que se dedicó a buscar trabajo aquí y allá, para unos y para otros. A partir de ese momento, vivió a salto de mata sin ayuda de sus padres, que no entendían el paso hacia adelante que acababa de dar su querido hijo, malogrando según ellos sus estudios superiores y tirando por la borda un espléndido futuro.

Max no hizo en definitiva sino cambiar de trinchera. Tuvo que hacer frente a su propia familia, luchar contra el sistema laboral establecido y madurar del tirón. Lo bueno, lo que sacó en claro, fueron unas monedas en el bolsillo para intentar vivir de forma autónoma. Pudo pagarse su ropa, sus cigarrillos, sus libros, invitar a las chicas, incluso viajar un poco, todo aquello que nosotros andábamos lejos de poder permitirnos de nuestra cartera. Y también que sus encías limpias lo libraran de hacer la mili, con lo que se ahorró las banderas rojigualdas, los himnos de todo tipo y la intolerable estampa y compañía de los militares fachosos y viciados de la época.

En aquellas circunstancias, una cosa buena de Max es que jamás llegó a coquetear con las adicciones. Una copa, algún canuto y se acabó. Pero nada de drogas de grueso calibre. Imagino que en eso demostró ser más inteligente que media generación de la que todos formamos parte y que cayó en la trampa que le tendieron la propia policía y el escenario rancio que le tocó vivir, con todas sus ideas importadas e impostadas de rebeldía, libertad, melenas, barbas, flores y pantalones acampanados. Lo que no dejó nunca de hacer fue eso que algunos abandonamos ya hace mucho: cultivar el vicio de la lectura, profusamente.

X, por su parte, terminó la carrera con un expediente académico más bien plano y, a continuación, se metió en las milicias universitarias, donde plácidamente hizo, de imeco, unos meses como alférez, en un cuartel muy cerquita de casa y de su novia de entonces. Cuando se separó de ella y empezó a salir con la que ahora se casa, encontró pronto un puesto importante, bien remunerado, en los negocios de empresa de su suegro e intervino, sin disimulos ni aversión, en ciertas piruetas y escarceos políticos.

En lo que a mí respecta, poco que añadir. Anduve casi año y medio por Cataluña, frente a la frontera francesa, pateando el cemento cada cuarenta y cinco días en los desfiles que a los instructores del campamento nos montaban para la jura de los reclutas. También acabé la carrera, aprobé tras un año de enclaustramiento y el estudio sistemático de temas indigeribles unas oposiciones a la administración de justicia, y me convertí en un funcionario más del sistema, serio y discreto.

*

Algo ardiente me ha despertado de mis ensoñaciones. Una de las cigüeñas ha errado el tiro por muy poco, si es que iba dirigido a nuestras cabezas, pero parte del alivio de su digestión, compuesto tal vez de ranas, lombrices, pequeños peces y cigarrones, que huele a rayos, ha venido a impactar sobre nuestras solapas: una mitad a la solapa de la izquierda, la mía, y la otra mitad a la solapa de la derecha, la suya.

Sacudiéndole el brazo, despierto a Max, que con cara de incredulidad, recién dormido a pesar del sol y de la boda, apenas puede despegar los párpados, abrir los ojos, mira hacia arriba y ladea oscilante la cabeza. Pone la boca como un ocho. Intenta limpiarse torpemente, con el interior de la manga de la chaqueta, la porquería de la solapa. Con los jugos corrosivos y su impericia beoda, sólo consigue estropear las cosas, que el tejido de su traje se desprenda casi en hilachas, como si fuera papel de seda y, de camino, también el mío.

Ocupados como estamos premiosamente en nuestra compostura e higiene, oímos el tañido de unas campanadas llenas de alegría. Es como un despertar dos veces.

Inadvertidamente, en el mismo portal, se forma un pasillo de gente de punta en blanco, empeñada en hacer el ridículo con un traje o un vestido esperpéntico, que sólo utilizará una sola vez en su vida. Ha salido en tropel, apelotonada, con esos sombreros de hipódromo británico, encajes negros y resplandecientes, punteados de zancas, y tejidos saturados de colores muy vivos, de la ceremonia. Se arrima al enorme pórtico, hace un pasillo, grita bobadas en voz alta y arroja puñaditos de arroz, al paso de los recién casados.

Con esas aclamaciones, la música parece haber cesado, también el alegre repique de las campanas. Y nosotros somos los dos invitados de piedra que nos apartamos ligeramente, pero sin levantarnos, al paso de la comitiva y su bullicio.

Hay un fotógrafo que ha venido a decirnos de mala manera —no puede uno imaginar cómo se las gastan los fotógrafos en las bodas y eso que no estamos tomando fotos privadas— que nos larguemos de allí. Fue el primero tipo que salió de la catedral. Tiene un compañero que se ha quedado dentro haciendo su trabajo desde todos los ángulos posibles. Y pienso que es curioso que, al final, sean ellos los que marquen el ritmo en los casorios, al menos en los movimientos estereotipados de sus inicios.

Max me dice que no vamos a salir en el encuadre. Yo sonrío al pensar en que menuda foto tomarían de nosotros.

Un clamor más elevado señala que acaba de hacer acto de aparición la pareja. Ella luce un atuendo de diseño, de un delicado color crema, que enmarca y acentúa su delgada y hermosa silueta, pequeño ramillete de flores delicadas en cascada en la mano. Él lleva pantalón de franjas negras y grises, chaqué oscuro de doble cola, que realza sus hombros atléticos y la enlaza tiernamente del brazo. Sonrientes ambos, van seguidos de los padrinos y del cura con mitra, así que no debe de ser un cura corriente, sino el obispo, al que acompañan dos monaguillos muy jovencitos de rojo, blanco y bolillos. Ocultos por un mar de faldas y de piernas, no hay manera de que, sino a intervalos cortos, entreveamos a los recién casados, que ponen rumbo al centro de la plaza, de la que huyen espantadas las palomas.

A nuestra espalda, una vez los ve partir, el obispo, cumplida su misión sacramental para con tan hermosos cónyuges, se da la vuelta con una sonrisa de paraíso y se refugia en sus dominios benditos, santos y umbrosos, como si temiera esa luz tan diáfana que domina la mañana, para perderse penumbra adentro, escoltado por sus dos acólitos.

En el exterior, con los fotógrafos revoloteando a su alrededor, deshecho el pasillo, desperdigada la gente un poco por todas partes, un ramo vuela hacia unas cuantas chicas que chillan y saltan como locas al recibirlo en pleno rostro. Luego, el matrimonio se demora junto a los padrinos, a unos metros de distancia del coche. Posan delante, detrás, juntos y separados.

Mientras tanto, se produce la huida de los asistentes hacia el distante lugar del convite, reseñado en la invitación que recibimos en su día pero que ninguno de nosotros dos está en disposición de recordar. Y sobre el tableteo de las cigüeñas, por encima del intenso olor a azahar, hay un ruido de puertas de auto que se cierran, motores que se encienden, gruñen, sueltan su nubecita de combustión, aceleran y callan, perdiéndose por las calles anejas, en la distancia.

Sé, y aún me queda suficiente lucidez para ello, que a pesar del pase fotográfico y de sus obligaciones, de los nervios justificados de la jornada, de las atenciones y saludos a la gente que los felicita, X nos ha puesto el ojo encima y también su flamante nuevo suegro, en un repaso, de arriba abajo, pero con un cierto fingimiento, como si la cosa no fuera con ellos ni con nosotros. Por eso no me extraña, cuando se dispersa y desaparece definitivamente el gentío que nos ignoraba e incluso por lo bajo nos miraba con animosidad, tras esa intensa sesión llena de relámpagos en un día de sol, se nos acerque.

Viene muy tieso, andar distinguido de publicidad de sastrería, con decisión, brazos caídos, una sola hebra de cabello sobre la frente, que hasta le sienta bien. Todo le sienta bien a X. Ha dejado por un momento a su chica de pasarela, al suegro y a los padrinos, que aguardan, no muy apartados, hacia un lateral de la plaza, un poco a la espera, como cosidos al coche antiguo verde oscuro que brilla, decorado éste con lacitos de color pajizo y trocitos de cintas de tul y flores frescas, para acercarse a nosotros.

—Madre mía —no existe la introducción, el saludo, la mano en cada hombro, la preocupación por saber cómo nos encontramos, sobre todo Max, con su verdugón por el golpetazo de la madrugada en la espalda, la pregunta esa llena de humor de qué ha pasado con vuestras solapas—. Estáis hechos unos zorros, especialmente tú, Max. Sin corbatas, con las chaquetas destrozadas y sucias de excremento, dais lástima.

No parece que lo haga, pero habla en serio y no se le nota en absoluto en el rostro la noche de juerga. Nunca se le nota nada en la cara a X.

—Os iba a presentar a mi mujer y a los padrinos, pero mi suegro me ha preguntado quiénes sois y si estáis invitados. Francamente, no sé qué decirle —y dirigiéndose a mí, semblante imperturbable—. Tú pareces más razonable, pero tu aspecto deja también mucho que desear.

—A la cigüeña le dio un apretón —interrumpe Max, con una voz que parece llegar de otra galaxia, masticada en ese hogar rosa y desdentado que es su boca y los labios que de pronto son de viejo, tan metidos hacia dentro.

Se ha levantado al momento (es tan alto como X y creo que no sabe muy bien dónde se encuentra), con una torpeza singular, de títere vacilante, y tiene los ojos muy rojos y arroz en el pelo —algo menos que el flamante novio, ya marido, y que esa superficie de piedra pulida de la escalinata, a la que los invitados han sembrado con su improductiva cosecha—. Ciertamente su aspecto es lamentable. Prefiero, pues, no pensar en el mío.

Y como ahora no sé muy bien cómo conducirme, lo he imitado, a Max, y he tenido que incorporarme agarrándome a su brazo, igualmente a duras penas, porque no hay nada en mi cuerpo que no me duela. En ese preciso instante, lo que restaba de mi solapa o de la suya o las dos se desprende de las chaquetas y cae lentamente al suelo.

Eso corta de pronto el intento de discurso de X, que por un segundo se distrae y la ve descender en su balanceo aéreo, de ligera pluma de ave que no acaba de tomar tierra, hasta que se topa con uno de los escalones de piedra pulida para quedarse allí, estancada, indefensa, junto a los desperdigados granos de arroz.

—Comprenderéis… —en seguida X parece recuperar el sentido del espacio y del tiempo y nos mira por encima de los ojos, hacia un punto invisible situado entre las cejas y la raya del pelo, y habla con parsimonia discreta, con una palabra lentamente articulada que parece haber acompañado en su pausada trayectoria descendente al trozo de tela, que ahora reposa en uno de los peldaños de la escalinata, medio comido por los ácidos de la zancuda.

—Comprenderéis… —y lo repite como si Max, en lugar de medio borracho, estuviera medio sordo.

Y me sorprende oír otra vez a Max contestando, sin dejarle terminar la frase, desde esa galaxia cada vez más lejana:

—No te preocupes, yo sería el primero en no querer aceptarme en mi propia comida de bodas —confiesa, parafraseando a un cómico, pero sin sonrisas y lanzando hacia él y hacia mí un intenso y macerado aliento a frutas pasadas.

Entonces, lo veo, a Max, que esboza un movimiento de dedos y brazos para hurgar en los bolsillos de su supuesta chaqueta, sin parar, con ansiedad, hasta que se detiene de sopetón, echando la cabeza hacia atrás porque ha encontrado lo que buscaba. Suelta un ah, tambaleándose lo justo. Y, con energía precisa, saca la mano del bolsillo derecho de su traje, extrae algo que no veo bien y tira de la manga del traje de X:

—Toma. Con toda mi amistad, mi cariño y mis mejores deseos. Aquí tienes mi regalo de bodas.

Y le planta encima de la palma de la mano, algo llena de tierra apelmazada  pero seca, su dentadura postiza.

X se queda paralizado unas décimas de segundo, como si quisiera oír el sonido ausente de las campanas, el rumor en fuga de los autos. La observa primero con una mirada de sorpresa y luego de indiferencia, hasta que se da cuenta de que no está viviendo un mal sueño y tiene ese objeto de verdad en la palma de su mano. Y en un aparente despertar, reacciona entre el asco, la rabia y la violencia para arrojarlo a lo lejos, con un ademán crudo y arrebatado.

De pie, en el centro de la plaza, su suegro y su novia de pasarela, los padrinos engalanados con prendas, accesorios y unas pamelas que costarían mi salario de diez meses, observan, junto al encerado auto antiguo, de lazos, tules y flores, la escena con un punto de incredulidad: alguien pulcramente trajeado, de fiesta, de porte impecable y pelo engominado, hebra que cuelga en su frente, lanza al aire primaveral de aromas a azahar, en una parábola perfecta, algo que por la distancia no saben qué es, entre el rosa y el blanco, color de tarta nupcial, de cóncavo ruido a su impacto contra el suelo, ante dos individuos desconocidos que, trabados del brazo como siameses, visten trapos baratos, sucios y corroídos por una sustancia desconocida, el pelo enmarañado, piernas vacilantes y escleras enrojecidas.

Los tres, de pie, en la escalinata, espectadores inanimados de otro tiempo, perdido e idealizado, estanco, remoto y olvidado, oímos una música ahuecada parecida a la de una dentadura postiza que rueda calmosa y rebota sin cesar al aroma del azahar, al compás del chillido de los vencejos en la primavera y al tableteo de las cigüeñas de la torre, sobre los adoquines de la ancha y luminosa explanada de la catedral.

Autor

  • Manuel Gómez Angulo

    Manuel Gómez Angulo es Licenciado en Filología Francesa por la Universidad de Sevilla y de Filología Hispánica por la de Granada. Profesor emérito del IES. Padre Suárez de Granada. Traductor de poesía, novela y ensayo, colabora habitualmente con la revista El coloquio de los perros y en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada. Fue premio de cuentos Alcotán y ha publicado un volumen memorialístico 'De memoria' (Tréveris, 2003) y la traducción del primer volumen de la trilogía 'En la Alemania Nazi' (A la sombra de la Cruz Gamada) de Xavier de Hauleclocque.

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