‘De memoria, perdón y otros conjuros’: recuerdos al calor de la lumbre

Permítanme confesarles que descubrí a la apasionante narradora gaditana Alicia Domínguez en las páginas de un formidable libro de historia que, en rigor, era un libro de historias, El verano que trajo un largo invierno, aquel paseo por el lado salvaje de nuestro país y de nuestra provincia, en algunos de sus años más turbulentos.

Más allá de sus datos precisos, de la transcripción de interrogatorios o sentencias, de la escalofriante reproducción de trozos de papel que contenían delaciones y deslealtades, sobre la trama de la realidad, en aquellas páginas, se deslizaba otra, la del imaginario. Hay una delgada línea roja entre la realidad y la ficción y solemos cruzarla a diario, no sólo quienes escriben, sino quienes sueñan, quienes piensan, quienes conciben esperanzas o pesadillas.

Alicia Domínguez se define felizmente a sí misma como “contadora de historias”. Autora de El verano que trajo un largo invierno, Viaje al centro de mis mujeres, Memorial a Ellas. Que su luz no se apague, Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre y La culpa la tuvo Eva, participó en dos libros colectivos, 102 razones para recordar a Salvochea (Asociación de amigos de F.S., 2009) y 65 Salvocheas (Quorum Editores, 2011).

Su último libro De memoria, perdón y otros conjuros es una obra cargada de conflictos, pero en rigor no la ha escrito ella sino algunos de sus personajes, y en especial, Daniela Quintana, porque en la estela de Niebla, la célebre novela de Miguel de Unamuno, aquí, las criaturas mantienen una relación estrecha con su creadora, sin que en este caso medie ninguna intención metafísica. Entre las llamas de un entierro vikingo, ella –Alicia o Daniela, qué más da— imagina “a papá, a la abuela Amalia y al abuelo Daniel, a la bisabuela Julia, a la tata Pepa, al tío Juan, al primo Jaime, a los tíos Rafael, Javier, Luis, al tío Gabriel, el proscrito… A todos los que nos condujeron hasta aquí, los que hicieron de nosotras lo que somos hoy, por imitación o por negación, y cuya vida es un trozo de la nuestra”.

He ahí la madeja de personalidades que van aflorando en los 31 relatos que componen este libro; tengo para mí que es un tanto absurdo dilucidar si se trata de una colección de narraciones breves o de una novela que se alimenta de ellas. Suelo citar a Fernando Quiñones cuando opinaba que la literatura era como el güisqui. Güisqui solo, la poesía. Güisqui con hielo, el relato. Güisqui con hielo y agua, la novela. Aquí y ahora, encontramos todas esas mismas modalidades del güisqui, pero con un indudable sorbo de calidad. Es la novela de un siglo, que se inicia con la filoxera de las viñas y muere con la pandemia de Covid-19. Son los relatos de las personalidades que se entremezclaron en una saga que vivió, de cerca o de lejos, los acontecimientos cimeros de esa centuria. Y es poesía, por la atmósfera profundamente lírica que nos transmite en muchos de ellos.

Uno de sus dos prologuistas, José Federico Barcelona, nos advierte sobre ello: “De memoria, perdón y otros conjuros no es una obra de obvia clasificación. No es una novela en el sentido formal y canónico del término, ni tampoco es una colección inconexa de pequeñas historias. Es, bajo mi punto de vista, una composición literaria singular que entraña cierta dificultad al no estar planteada en una trama con una secuencia corriente, continuada y ordenada. Desde un punto de vista de su constitución estética, diría que estamos ante un libro de relatos dibujado al modo de la técnica pictórica del puntillismo, donde las partes del cuadro se representan a través de zonas de distinto colorido y vibración luminosa que, al ser miradas/leídas desde una cierta distancia, componen figuras y paisajes bien definidos: un todo, una historia. Los relatos de este libro están ahí para ser apreciados uno a uno, como zonas de color afines, a la espera de que el ojo del lector los sitúe en la perspectiva total de una narración”.

Sin embargo, más allá de esas disquisiciones técnicas y metaliterarias, ¿qué es lo que nos promete esta obra? Emociones a flor de piel como dirían en los viejos melodramas en tecnicolor: los lazos de sangre que a veces constituyen más sangre que lazos, porque las relaciones humanas a veces tienen poco de humanas. Y el amor, claro, ese célebre informal como lo definiera Mario Benedetti, o sus contrarios, que no siempre tienen por qué llevar a la desdicha.

Si descubrí a la narradora Alicia Domínguez en un libro de historia, en esta colección de historias he descubierto probablemente a una memorialista. Se me antoja que este reguero de pequeños o de grandes sucesos, en paisajes y en épocas distintas, tiene la encarnadura de aquellas viejas reuniones al calor de la lumbre donde las familias desgranaban sus propios secretos o los misterios ajenos: desapariciones, equívocos, malos entendidos, leyendas urbanas o rurales, episodios de conflicto o de ternura. De ahí, la huella de agua que transpiran estas páginas, la de la confidencialidad, una invitación cómplice a entremeternos en su vida que, en el fondo, como nos ocurre a todos, son muchas vidas.

Autor

  • Juan José Téllez

    Juan José Téllez (Algeciras, 1958) es escritor, periodista y gestor cultural. Ha publicado numerosos libros de poemas, relatos y ensayos. Asimismo, ha trabajado en prensa, radio, televisión y periodismo digital.

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