Cuatro ensayos introspectivos

La más que viva. Christian Bobin. Traducción de Cristóbal Gutiérrez Carrera. Libros Canto y Cuento. Jerez de la Frontera, 2015. 141 pp.

portada_la_mas_que_viva_0Es éste un libro muy francés y, a la vez, insólitamente ajeno a la elegante levedad que caracteriza a buena parte de la literatura francesa. Su asunto, desde luego, no se presta a ello: en poco más de un centenar de cuartillas, el autor examina sus sentimientos a propósito de la prematura muerte de una amiga y se interroga sobre la consistencia de su propio apego a la vida. Al fondo se perfila una larga historia de amor que ha aprendido a desenvolverse en las formas cálidas de la amistad; y que, por eso mismo, se perpetúa a sí mismo, tras la muerte de la amiga/amada, en el recuerdo de una alegría y una libertad que es parte indeleble de los dones del mundo por los que el autor se siente agradecido. En ese aspecto, este libro recuerda a ratos a Una pena en observación, el emotivo dietario que el británico C. S. Lewis escribió a la muerte de su mujer, la poeta norteamericana Joy Gresham; sólo que La más que viva no es tanto una indagación en el sentido de la muerte como una puesta en valor de unos pocos recuerdos –paseos, libros y películas compartidos, escenas de la vida familiar– que, en su conjunto, se reafirman más como elementos de permanencia que como testimonios de una pérdida. Al fondo se adivina el recurso del autor a la fe cristiana; pero, de nuevo, no tanto como cuerpo doctrinal sino como traducción histórica de un muy humano conjunto de anhelos que incluso el no creyente puede dar por válidos. Publicado en 1996, La más que viva se traduce ahora por primera vez al castellano.

Mañanas en Florencia. John Ruskin. Edición y traducción de Luis Alcoriza. Pre-Textos. Valencia, 2005. 182 pp. + imágenes.

aquetación 1Seis “mañanas” dura este curso intensivo de educación de la mirada. En 1877, cuando terminó John Ruskin (1819-1900) de componer estas cartas dirigidas a un hipotético amigo “que me preguntara por lo que debería estudiar de manera preferente en un tiempo limitado”, el incipiente turismo adolecía ya del mal de superficialidad y apresuramiento que aún lo caracteriza. A contrapelo de esa apenada constatación Ruskin conduce al hipotético destinatario de su libro a Santa Croce, a Santa María Novella, a la catedral y a otros lugares emblemáticos de la capital de la Toscana, emplazándolo a mirar con detenimiento los tesoros artísticos que contienen. Lo que Ruskin le propone no es tanto un catálogo de cosas vistas que llevarse a casa, como una inmersión en un sistema de verdades que alguna vez fueron el fundamento moral de Europa, “arte humano bajo la guía celestial”, que hacía de cada recinto sacro un “libro abovedado” desde el que transmitirlas. Mañanas en Florencia es el humilde servicio que un hombre imbuido de esas antiguas verdades quiere rendir a sus apresurados coetáneos. No sin cierto escepticismo: “Se acerca la hora de comer, amigos míos, y ya sabéis, tenemos que ir de compras”. Al fondo, la moderna ciudad que ya empezaba a ser Florencia convierte sus plazas en cocheras y tiende sutiles trampas al turista. Ruskin, como Borges, ya sabía que eso ocurría a otras horas: la contemplación serena era patrimonio exclusivo de las mañanas.

Albertine. Rutina de ejercicios. Anne Carson. Traducción de Jorge Esquinca. Edición bilingüe. Vaso Roto Ediciones. Madrid, 2015. 77 pp.

AlbertieneA Albertine, una de las “muchachas en flor” que comparecen en En busca del tiempo perdido, están dedicadas algunas de las páginas más cínicas y desencantadas de la monumental obra Proust. “Uno sólo ama aquello que no posee por completo”, afirma el narrador. Y el hecho es que Albertine, a quien el narrador prácticamente condena a vivir en reclusión durante los meses en que convive con ella, encuentra sutiles maneras de escapar a esa posesión que mataría el amor: “durmiendo, mintiendo, siendo lesbiana o estando muerta”. Esta última manera fue la definitiva, no sin haber inquietado antes a su poseedor con el ejercicio de todas las otras. La profesora Anne Carson ha formulado su análisis de esta peculiar relación en un libro de anotaciones breves y aforismos que es también un pequeño ensayo a ráfagas sobre el hecho mismo de leer e interpretar: “Leer o no leer la obra de un escritor a la luz de su vida es siempre un asunto espinoso”. Los cincuenta y nueve “apéndices” que completan sus anotaciones inciden en la magra aportación de lo biográfico al desentrañamiento de una obra: poco más que “una mala fotografía” con la que confrontar la complejidad de lo escrito. Con su descripción, testimonio de una impotencia, termina este brevísimo pero intenso libro.

El libro de los indolentes (Sobre la poesía). Javier Sánchez Menéndez. Plaza y Valdés Editores, Madrid, 2016.239 pp.

El libro de los indolentesNo hay poética que no presuponga una mitología; y no hay, por tanto, una idea personal de la poesía que no presuponga de algún modo una mitología original. En este obliterado principio, del que la mayoría de los poetas contemporáneos tratan de escabullirse, se basa este libro de Javier Sánchez Menéndez. Mezcla de dietario, novela simbólica y ensayo, amén de diario de lecturas y cuaderno de notas, en él desarrolla el autor la idea de que la poesía expresa un compromiso ineludible con la vida, contenido en una especie de “contrato” cuyas cláusulas se van esclareciendo conforme el tiempo se encarga de convertirlas en hechos. A ese esclarecimiento contribuye en gran medida la presencia de los “indolentes”, seres excepcionales que, sin ser ellos mismos poetas, representan la posibilidad de la poesía y la aceptación de la dimensión imaginativa de la vida, la posibilidad del “vuelo”, que es el otro nombre que recibe la elevación poética. Frente a esos “indolentes”, al autor-narrador lo asedian también los “siniestros”, portadores de la poesía fosilizada y del formalismo vacuo. Naturalmente, el lector no siempre tiene por qué estar de acuerdo con las afirmaciones del autor-narrador, aunque difícilmente podrá sustraerse a la elocuente declaración de amor a la poesía que supone este libro inclasificable, a ratos divertido y en ocasiones noblemente exaltado, como acaso convenga a la importancia de lo que en él se trata.

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