Cerrando círculos

La claridad se cuela por las rendijas de la persiana. He dormido a trompicones, imposible dejar de pensar en lo que acontecerá en unas horas. Son demasiados años deseando otro final, pero la existencia es caprichosa y no le gusta que le marquemos el ritmo, así que, replegándome a sus deseos, aquí estoy contando las horas, incapaz aún de creer lo que ha pasado en estas dos últimas semanas, rogando para que esto no sea un sueño del que despertaré chupando un palo sentada sobre una calabaza, como decía Serrat.

Mi marido se despierta, se gira hacia mí y me abraza: «Llegó el día», me dice y me da un beso. «He soñado que nos pasábamos la estación y yo te gritaba: ¡Juan, corre que el tren no ha parado, hay que tirarse por la ventana! Y allí saltábamos los dos cogidos de la mano». «Es normal, llevas demasiados años viendo pasar estaciones —me responde—.Todo va a salir bien, mi amor. El círculo se va cerrando».

Llegamos a la estación una hora antes de la salida del tren; por nada del mundo quería que cualquier contratiempo nos impidiese cogerlo. Durante todo el trayecto no puedo dejar de pensar en mi madre. Últimamente sueño a menudo con ella. La veo joven, sonriente y feliz. No me habla, pero sé lo que está pensando: quien la persigue la consigue. Y a cabezona no te gana nadie. Me alegro mucho por ti, te mereces este final… Y no puedo evitar verla llegando a Dusseldorf con su maleta de cartón y sus ilusiones intactas: ahorrar para abrir un salón de belleza en Madrid. Imagino lo duro que sería ese primer invierno: calles nevadas, teutones mirándola por encima del hombro, manos encallecidas de coger las galletas calientes de la cinta transportadora, desarraigo, soledad… Imagino el día que mi padre se cruzó en su vida. «¿Todas las gaditanas son así de guapas?» «Solo las que venimos a Dusseldorf». Ella también tiene su desparpajo y no se achanta fácilmente. «Soy un tipo con suerte —le dice sosteniéndole una mirada que a ella le recuerda a la de su padre—, mi primera intención fue irme a Munich». Y el destino echando a rodar… Duraron juntos apenas cinco años, cinco maravillosos y terribles años en los que vivieron la pasión más arrebatadora y el dolor más lacerante. Y luego, la separación. Y tal vez la nostalgia, pero eso no lo sabré: ella jamás me lo confesó y con él nunca tuve oportunidad de hablarlo.

El sonido del  móvil me sobresalta. Es un mensaje de mi cuñada Azu: «Os recogemos en la estación. No llevaremos clavel en la solapa, no hace falta, nos reconocerás porque somos casi los Trescientos de las Termópilas —bromea—. A Fernando y a Jose le daremos la sorpresa en casa. Todo está preparado. No se huelen nada». Se lo muestro a Juan. «Mira que si al llegar a Logroño te está esperando Isabel Gemio», me dice entre risas. «Mientras no me espere López Iturriaga con un ramo de flores y el muñequito de Inocente…». Juan toma mi mano y la besa. ¡Qué haría yo sin este hombre!

El tren sigue su camino. Faltan apenas dos horas para llegar. Intento escribir algo en la libreta que siempre llevo conmigo. Algo como: La vida ha sido generosa conmigo. Durante años, me ha escamoteado la felicidad, pero, al final, me la ha devuelto con intereses. Pero, en su lugar, me sale esto: ¡Ay, abuela!, si me vieras hoy. Ni escribir puedo desde que todo comenzó. Sigo borbollando por dentro y así, es imposible que salga una frase con sentido. Suelto el bolígrafo sobre la mesita y giro la cabeza hacia la ventanilla. Atrás hemos dejado Tudela, Alfaro, Calahorra, paisajes de monte bajo, alternado con algunos viñedos; nada que ver con las extensiones de viñedos milimétricamente alineados a lo largo de miles de hectáreas de la Rioja Alta y la alavesa. Y ante mis ojos, comienzan a desfilar algunas de las personas que me ayudaron a llegar hasta aquí: la abuela, que me crió lo mejor que pudo a pesar de su mala salud y de las menguantes fuerzas que la vejez le dejaron; Talola, la que me sostuvo durante mi infancia, la estrella rutilante que siempre iluminó mi universo; mi amiga Melele, a la que recurría cada vez que la existencia me daba un revés con la mano cerrada; Ángel Marcilla, el psicólogo al que le debo la vida, la segunda, la consciente… Todos me dicen adiós con la mano y sonríen satisfechos. Saben que la que volverá será otra, una que, por fin, cerrará esa herida de labios abiertos que supuró durante años. Los ojos se encharcan, últimamente llorar es mi estado natural, no he hecho otra cosa desde la llamada de mi hermano Fernando. La señora que está sentada frente a mí parece percatarse de mi inquietud; me dirige una mirada comprensiva que intento devolverle, pero lo único que me sale es una mueca forzada que poco se parece a una sonrisa.

Ilustraciones de Manuel Martín Morgado.

Cuando anuncian por megafonía que estamos llegando a Logroño, se me descompone la barriga. Corro al servicio. Está ocupado. Aporreo la puerta un par de veces. Esto no me puede estar pasando a mí, pienso. Cuando, al fin, sale la mujer casi le doy un empujón y entro como si me persiguiera un asesino en serie.

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Todo sucede muy rápido: sus caras de perplejidad, los abrazos —superado el bloqueo inicial, Jose se abalanza sobre mí con tal ímpetu que casi me tira de espaldas y Fernando ha lanzado las gafas al suelo y me ha cogido en brazos, menos mal que no estoy de buen año como tiempo atrás—, las lágrimas, los gritos de júbilo… Fernando, mi hermano mayor, no me suelta. No dice nada, solo me mira y llora. Mira a su mujer y llora. Mira a sus hijos y llora. Mira a un punto lejano y llora. Yo también elevo mi mirada a ese punto: tal vez ahí está su padre, nuestro padre. Te fuiste sin que pudiéramos conocernos, papá —le digo—, pero ¿sabes qué?, hoy, por fin, ha dejado de importarme.

Incapaz de soportar el bullicio que reina en el salón —somos quince personas todas hablando a la vez, todas riendo, todas llorando—, salgo al jardín. Un dolor punzante se me ha instalado en las sienes. El aire que viene de la Sierra de Cantabria me hace bien, cierro los ojos y me dejo acariciar por él. El cielo está oscuro, es noche de luna nueva, y desde aquí puedo ver la franja central de la Vía Láctea. Miles de estrellas me contemplan. Es hermoso y estremecedor. Saco del bolsillo la fotografía que he arrancado del álbum que me ha preparado mi sobrina Isa con fotos familiares. —Lo ha montado tan bien que parece que mis hermanos y yo nos hubiésemos criado juntos—. Es igual a la que perdí años atrás, cuando me robaron el bolso. ¿Dónde escondería mi padre esta copia para que su mujer no la hallase? Pienso en cuántas miguitas vamos dejando en el camino de la existencia, por si hay que desandar lo andado, por si alguien quiere volver al lugar donde fuimos felices y dar fe de que una vez existimos y la diosa fortuna nos sonrió. Como sonríen ellos en esa foto, Prometeos robando el fuego para prender la dicha, una dicha que les duró poco, aunque, ¿qué se yo lo que es poco o mucho?

Entonces fueron felices. Como yo ahora en este instante en el que se cierra el círculo.

¿Pueden las estrellas sonreír? Esta noche juraría que sí.

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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