Todas merecemos una docuserie

En 2003 Lolita (Dolores González Flores) obtuvo el Goya a la mejor actriz revelación por su papel en una película maravillosa, Rencor, de Miguel Albadalejo. Al recoger el premio, Lolita empezó su discurso de agradecimiento diciendo: “Todas se lo merecen… Yo también”. Creo que fuimos muchas las que aplaudimos esa frase; significaba, más allá de contingencias y ocasionalidades, la conclusión de alguien que lucha, sufre, trabaja, se desgañita y, en un momento luminoso, se siente escuchada. Sucedía aquello, además, en una gala de los Goya especialmente comprometida con eso que ahora anda tan abandonado: la paz social. Todos los que subieron al escenario lo hicieron luciendo en la solapa un “No a la guerra” que enfadó mucho a los entonces gobernantes, pegatina que probablemente fue decisiva para que solo un año después, tras el atentado de Atocha, más de medio país se echara a la calle para decir a esos gobernantes que eran unos mentirosos.

Lolita, ganadora de un Goya por su interpretación en ‘Rencor’.

La televisión tiene, muy de vez en cuando, esas cosas extraordinarias: sucede, de pronto, un personaje, una voz, que dice lo adecuado en el momento adecuado, es decir, lo que necesitamos oír en el momento en que es necesario oírlo para que así la voz se transforme en voces y la palabra en acción, para que los interesados en que cambien las cosas nos pongamos manos a la obra y derribemos, al menos, un ladrillo de la muralla, y digamos, al menos una vez, que no, que no me lo creo, que no te sigo el rollo, que hasta aquí hemos llegado. Sucede muy de vez en cuando, como digo, pero sucede, y hay que aprovechar el tirón porque, en este atontamiento mediático en el que vivimos, sucede cada vez con menos frecuencia.

Para el feminismo y para la dignificación de las mujeres maltratadas fue esencial aquella película, Rencor, como lo fue el Goya de Lolita y su frase, que todas (al menos las que anduvimos listas) incorporamos a nuestro diccionario de autoayuda: “Yo también me lo merezco”. Tan trascendental para la autoestima de las mujeres españolas como aquel “Nena, tú vales mucho” con el que Carmen Maura pasó de ser señora de militar, de peluquería y de misa diaria a icono de la posibilidad de ser la persona que una quiera ser. Tan trascendental para la humanización social como aquella Rosa Zumárraga que ganó “Un millón para el mejor” siendo “la mejor”, cambiando así el género del triunfador convencional y cambiando también, ni más ni menos, las opciones de ser mujer. Rosa Zumárraga, a quien la mejor España (¿dónde se ha metido?) dio títulos como Miss Aplomo o Mujer ideal del 68, tuvo en vilo durante varias semanas a todo el país, y cuando se llevó el gato al agua, siempre sin perder los nervios, sentenció: «La culpa de la discriminación femenina la tienen los hombres, a los que les gustan las mujeres que aparentan un cierto grado de imbecilidad».

Rocío Carrasco en Telecinco.

Y ahora ha vuelto a suceder. Rocío Carrasco lleva semanas teniéndonos en vilo con su docuserie Contar la verdad para seguir viva. El país, sin embargo, parece tan deteriorado en cuestión de principios morales que esta vez no se ha dividido en dos (como venía ocurriendo en ocasiones similares), sino que se ha atomizado en un repertorio de puntos de vista que reclaman para sí el auténtico feminismo. Están los/las irritados/as de siempre, esos que huelen a naftalina y a calzoncillos y bragas lavados a mano por la criada boliviana, ya me entienden. Pero luego están –y eso es lo preocupante– las negacionistas del 016 (para las que carece de valor el significativo aumento de llamadas al teléfono de ayuda contra la violencia machista); las que cuentan en euros la credibilidad de una mujer maltratada; las puristas que no quieren admitir en su selecto club de víctimas a una pija que relata con vocabulario preciso y sintaxis limpia el acoso sufrido; las que dudan de la verdad del relato por haberse convertido ese relato, desde el minuto cero, en un superventas; las que matizan hasta la extenuación la conveniencia de que una madre, pase lo que pase, cuente en público que su hija es una macarra; las que no se deciden a ir al psicólogo porque temen que, observado a distancia el bosque de su matrimonio, los árboles le parezcan a cual más monstruoso; las que cambian un polvo por ese “cierto grado de imbecilidad” del que habló Miss Aplomo, etc, etc, etc. Y por fin están las que –como tú y como yo– asistimos a cada capítulo con inmensa y sana envidia, pensando que siempre merece la pena decir la verdad, que lo que haya cobrado Rocío Carrasco bien cobrado está (porque sobran escritores, profesores y políticos que cobran mucho más por decir mentiras), y que ella se merece esa redención, sin duda, pero todas las demás también nos merecemos una docuserie.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *