Cartas al siglo XX. 16 de marzo de 1918, sábado.
«Se diría que duerme». La llama de los cuatro altos cirios ilumina la estancia. Crucifijo de plata. Silencio compungido del piano. «Descansa», le repone Nadia con ojos sin luz. La voz casi sin sonidos consigue articular, ahora, una frase. «Usted, señor Fauré, le desveló los secretos de la música». «Oh, Nadia, llámame Gabriel, por favor». Sobre el vestido de terciopelo oscuro con el que la han vestido reverbera el movimiento de las llamas. «Los secretos estaban ya en tu hermana, yo solo le enseñé a acariciar las teclas con los dedos. Era una niña a la que había que alzar con los brazos para que pudiera sentarse en la banqueta, pero en el teclado ya buscaba qué combinaciones serían las suyas. Ah, Lili Boulanger, siempre admiré tu genio, pequeña. Qué ingrata ha sido la vida contigo». «Injusta –replica Nadia de inmediato–, profundamente injusta. Esta es la palabra. En verano celebraríamos sus veinticinco años, ni siquiera ha llegado a cumplirlos. ¿Qué son veinticuatro años sino el preámbulo de una vida? Se ha ido sin conocer el contenido maduro de su talento. Eso es lo injusto, para ella, para nosotros, pero también para la música». Desde la sala contigua llega el bisbiseo de conversaciones expresadas con la sordina del velatorio, punteado por los esporádicos gemidos de Raïsa. «Una madre no debería nunca ver morir a su hija». «Es verdad… Gabriel».
La campanilla suena con asiduidad y el servicio acompaña a los recién llegados hasta la sala noble. Profesores del conservatorio, compositores, directores de orquesta, concertistas, músicos todos que acuden en silencio. Algunos desean despedirse de la finada y acceden a la pequeña sala donde arden las cuatro hachas. Nadia y Gabriel se retiran a una esquina. «Una vida amputada por su mitad», medita en voz alta Fauré. «No estoy segura de que haya ocurrido así, que Lili se vaya como algo truncado. Creo que era consciente de la breve dimensión de su existencia y no quería que su partida fuera un corte, sino… no sé cómo decirlo —Nadia tartamudea un instante—…el…el broche de una vida con pleno sentido». Fauré no consigue evitar un ligero respingo: «No sé si comprendo lo que dices, ¿qué significado puede tener, Nadia, el sinsentido de la muerte de un genio solo con veinticuatro años?». Varias personas pretenden entrar en la pequeña sala de vela. Los cuerpos se aprietan en tan reducido espacio, donde las muestras del dolor requieren súbitos movimientos que enseguida quedan interrumpidos. Nadia sujeta por el brazo al viejo compositor y lo arrastra fuera. «Venga, Gabriel», y aún del brazo le guía por la casa hasta un despacho. Paredes forradas de libros, una mesa cubierta de papeles y diversos instrumentos repartidos por la habitación. Un violoncelo, una arpa, un violín sobre el asiento de una silla, un piano de pared. «Esta fue la biblioteca de papá y ahora era el taller de sonidos de Lili». Fauré contempla el lugar abstraído. «En ese piano empecé a darle clase antes casi de que supiera hablar. Siempre había admirado a tu abuela y Ernest fue para mí un maestro. Aún tendremos que agradecer que no haya tenido que pasar p or este trance». «Lili, es cierto, fue la debilidad de mi padre. Tenía siete años cuando él murió, siempre he pensado que al marcharse le legó íntegro su talento». «Una parte quedó en ti, Nadia». «Solo la pedagógica, Gabriel, el genio lo heredó entero Lili. Y ella lo sabía, y por eso quiso darle un sentido completo a su vida, pese a la brevedad que la amenazaba desde que tuvo uso de razón». «No entiendo qué quieres decir».
«Verás…», musitó Nadia y en silencio rebuscó entre las hojas que cubrían la mesa de roble en diversos montones, «… no quiso dejar ningún cabo suelto. Esta es su última obra —extrajo un manuscrito y lo sujetó con manos temblorosas—, me la estuvo dictando durante los peores días de la enfermedad —y lo extiende hacia Fauré—. Padecía convulsiones continuas y tenía los dedos agarrotados por el dolor y el cuerpo plagado de lesiones. Y, sin embargo, la mente continuaba enteramente lúcida. Me dictó todas las notas sin ninguna vacilación, como si la pieza estuviera sonando en su memoria. Ya lo ves. Es una despedida, un Pie Jesu, el Pie Jesu más estremecedor que hayas escuchado jamás». Mientras lee las notas en la partitura Fauré endurece el gesto con la impresión. «¿Esta tonalidad?», se pregunta a sí mismo, pero es Nadia quien le responde: «Es impactante, no clama una piedad para ella, sino que desde la música lo hace para el mundo, es el lamento aciago de todos los pecadores cantando al unísono». «La tonalidad en pie de guerra contra sí misma».
«Es su despedida, pero no es su última obra». Nadia regresa al montón de papeles acumuladas sobre la mesa. Extrae unas hojas mientras Fauré continúa absorto en el Pie Jesu. Aquí está, en estas dos obras, el sentido cíclico de la vida. Pudo escribirlas con su propia caligrafía que, si te fijas, se desgarra en ocasiones, se rompe por el dolor que ya le producía el movimiento de las articulaciones. Aun así, concluyó las dos para tres instrumentos con piano y después las transcribió para orquesta. Ella sola, sin mi ayuda. Enseguida comprobarás que ambas piezas comparten ritmo, color y tema, siendo como son dos maneras opuestas de ver la vida, Desde una mañana de primavera, como ves —Fauré lee embebido la partitura—, festeja con sublime alegría el don de la vida, y Desde una tarde triste es el más compungido lamento que se puede escribir por el rapto que la vida se infringe a sí misma con su ocaso».


