Hechos contrastados

No parece mera coincidencia que la edad de oro de la crónica periodística en Europa se corresponda con el periodo de entreguerras. La propia marcha frenética de los acontecimientos así parecía exigirlo; e, igualmente, este florecimiento del periodismo cosmopolita y aventurero propició la demanda de profesionales capaces de ejercerlo. El francés Xavier de Hauteclocque (1897-1935) fue uno de ellos. Aristócrata de origen, combatiente en la Gran Guerra y luego renuente hombre de negocios mal adaptado a la vida civil, encontró en la condición de corresponsal un medio de vida a la medida de su temperamento inquieto e incluso, por lo que cabe deducir de sus crónicas, un tanto temerario.

A diferencia, no obstante, de otros más conocidos, en una nómina que podría incluir a su compatriota André Malraux, los españoles Manuel Chaves Nogales y Julio Camba –que también escribió un libro sobre la Alemania de entreguerras– y el ruso Ilya Ehrenburg, entre otros –una nómina a la que podríamos añadir, como síntoma, incluso a un personaje de cómic, el reportero Tintín, significativamente creado por Hergé en 1929–, el nombre y la obra de Hauteclocque cayeron en el olvido tras su muerte por envenenamiento en 1935. Contribuyó a esa postergación, sin duda, el sesgo antisemita y reaccionario que Gringoire. el semanario sensacionalista para el que el periodista había trabajado en sus últimos años, adoptó en vísperas de la guerra, lo que no favoreció que la obra de sus colaboradores mereciera la atención y el aprecio de la Francia liberada posterior a 1945. Y sólo a partir de la reedición, a partir de 2015, de su trilogía sobre el ascenso nazi, su figura ha empezado a revalorizarse, no sólo como la de un lúcido cronista de su tiempo, sino también como la de un escritor excepcional.

Es ésta precisamente la obra capital que, en traducción de Manuel Ángel Gómez Angulo, acaba de publicar Editorial Tréveris, después de anticipar en edición separada la primera de las tres entregas, A la sombra de la cruz gamada, en 2019. Tiene sentido, desde luego, que la editorial haya desistido de publicar las otras dos por separado y optado por ofrecer la trilogía completa en un solo tomo, bajo el título En las entrañas de la Alemania nazi. Efectivamente, las tres partes se ocupan de diferentes etapas de una realidad en rápida evolución y de la que el autor sólo puede ofrecer lo que se le revela en cada ocasión: leídas por separado, por tanto, cabría pensar que al agudo observador que siempre fue Hauteclocque en un momento dado podían faltarle elementos de juicio o perspectiva para juzgar los hechos; lo que, como se verá, no fue el caso; por más que una lectura que se limitara a la ya mencionada primera entrega podría, en efecto, inducir a ese error.

Publicada en 1933, A la sombra de la cruz gamada es, ante todo, una lúcida indagación en torno a la subida al poder de Hitler y las muchas incógnitas que la “revolución” nazi en curso planteaba: entre ellas, la verdadera naturaleza de los medios de coacción de los que los nazis se estaban valiendo para afianzar su poder, así como las intenciones del nuevo régimen hacia sus vecinos. Aquí el patriota Hauteclocque se ve ante un no pequeño dilema: desencantado con la inestabilidad política de su propio país y el predicamento de los ideales pacifistas en una sociedad ajena a posibles amenazas, deja escapar en diversos lugares de este primer reportaje comentarios y afirmaciones que permiten entrever una cierta fascinación ante el grado de movilización social que estaba logrando, aun con infames métodos, el nuevo régimen alemán. No hay que olvidar que, para la elaboración de este primer reportaje, Hauteclocque se acogió a la breve coyuntura durante la cual el nazismo pretendió disipar los temores que suscitaba en los países vecinos e incluso presentarse como garante de la paz en Europa. En nombre de esa política de buena imagen, y también en atención a la relevancia social y al historial militar del corresponsal francés, Hauteclocque es recibido por importantes jerarcas nazis e incluso admitido en algunos de los centros neurálgicos del nuevo régimen.

La benevolencia, por supuesto, desaparecerá en cuanto las autoridades nazis se dan cuenta de que, una vez puesto en negro sobre blanco, ese discurso presuntamente pacifista no sólo no parece digno de crédito, sino que se contradice abiertamente con la militarización de la sociedad de la que también ese primer reportaje de Hauteclocque da cumplido testimonio. De ahí que, para el segundo, que se publicó con el título La tragedia parda, los nazis le nieguen toda colaboración. El periodista encuentra que sus antiguos interlocutores ya no se muestran tan locuaces; y que, por el contrario, en cuestión de meses han aumentado exponencialmente tanto el miedo de la población como las muestras de hostilidad hacia el extranjero curioso y un tanto impertinente. Hauteclocque, que ya en su primer reportaje había predicho que la nueva Alemania entraría en guerra hacia 1936 –se equivocó por poco, y quizá sólo porque entonces no se podía prever el impacto sobre la política europea de una guerra civil en España–, en este nuevo reportaje legará a la futura memoria colectiva de los horrores contemporáneos su temprana mención de los campos de concentración de Oranienburg y Dachau, ominosos topónimos que hoy asociamos a los máximos niveles de inhumanidad y crueldad a los que puede llegar un régimen totalitario. Significativamente, al final de este nuevo reportaje ya no hay lugar para la fascinación por los presuntos logros nazis: al cruzar la frontera, Hauteclocque ya no siente “ese ínfimo y punzante desengaño” que suele causarle la realidad política y social de su patria: “En esta ocasión, por el contrario, experimento una prisa enfermiza, un inmenso deseo de aspirar a pleno pulmón el aire de mi viejo país”. Y añade: “Esta Francia nuestra posee muchos defectos, pero en ella el pensamiento es tan libre como la respiración”.

Xavier de Hauteclocque.

Todavía Hauteclocque se atreverá a efectuar un nuevo reportaje, que titulará Policía política hitleriana, fruto de una nueva estancia de unas pocas semanas en una Alemania que acaba de vivir, el 30 de junio de 1934, la llamada “noche de los cuchillos largos”, es decir, la matanza que Hitler ordena contra el sector más “izquierdista” y socialmente radicalizado de su propio partido, el que más inquietaba a la vieja oligarquía, e igualmente contra todos aquellos que, desde el ámbito de la política o la milicia, podían hacerle sombra o recordarle viejos e incómodos favores. Hauteclocque encara esta vez su trabajo como una investigación casi policial. “Lo que relato por encima de todo –declara– son las cosas que he visto, con estupefacción a menudo, con horror en ocasiones. (…) Y que son antes que nada hechos debidamente contrastados”. En busca de ellos, y de la mano de un taxista comunista –todo un personaje para una novela–, visita los escenarios de los crímenes, reconstruye vívidamente los hechos y desentraña las contradicciones de la versión oficial que el régimen ha ofrecido. Pero también, y llevado quizá de un cierto sentimiento de que su hora alemana ha pasado ya, el magnífico escritor que es Hauteclocque no desperdicia la ocasión de describir el inframundo berlinés, los personajes dudosos, la persistente miseria y la deriva amoral y decadente que caracterizó el Berlín de entreguerras y que el nuevo régimen decía haber eliminado.

Parece probado que, a esas alturas, el hombre de acción que Hauteclocque nunca dejó de ser no sólo actuaba como periodista, sino también como agente de los servicios secretos de su país. Ello explicaría que, en 1935, y durante una entrevista con presuntos oficiales nazis en la región alemana del Sarre, fuera envenenado y, tras semanas de agonía, falleciera a los treinta y ocho años de edad. No conoció, por tanto, el complejo drama que supusieron la derrota militar de su país a manos de esos mismos nazis contra los que había alertado y el establecimiento en Francia de un régimen colaboracionista, en contraposición a la “Francia libre” y resistente que alentaría De Gaulle desde las colonias. Su legado, que ha permanecido silenciado hasta hace pocos años, no autoriza a suponer en él una actitud meramente resignada. Lo que sí cabe echar de menos, desde luego, es lo mucho que este espléndido periodista hubiera podido escribir al respecto.

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