Por casas de poetas: un paseo por el barrio de Sarrià (y II)

Desde la calle Castellnou, sin apartarse de la ruta emprendida hacia el noroeste, llegan al Pasaje (o Passatge) Senillosa, en el que el viajero es informado de que allí residió, antes de su estancia en Cuba entre 1945 y 1951, el ignoto poeta José María Fonollosa, cuya irrupción en el panorama literario hispano a principios de los años noventa del pasado siglo pareció a muchos –el viajero confiesa que se contó entre ellos– un embeleco urdido por poetas barceloneses que quisieron sacarse de la manga, quizá a modo de parodia, un precursor de la entonces triunfante “poesía de la experiencia”, de ambientación urbana y cosmopolita y estilo discursivo y claro. A despecho de modas y en condiciones de casi anonimato, ese poeta, que llevaba publicando su obra desde 1945, se dio a conocer oportunamente en 1990, apenas un año antes de su muerte, con un libro deslumbrante, Ciudad el hombre: New York, con prólogo de Pere Gimferrer, a quien muchos juzgaron de inmediato muñidor de la casi evidente impostura, que al final no fue tal, sino la revelación de un excelente poeta hasta entonces ignorado. El mencionado pasaje donde vivió resulta, como la propia biografía del poeta, un tanto impersonal: unos bloques de viviendas en una calle silenciosa, con las aceras flanqueadas de unos llamativos arcos pintados de rojo que evitan que los coches las invadan. El rojo de esos hitos contrasta con la apagada gama de rosas y grises que colora los distintos paneles de la fachada,  cuya planta baja se reviste de un almohadillado ya anacrónico en su tiempo y muy acorde, por cierto, con los gustos eclécticos que predominaron en los años en los que se impuso la arquitectura “postmoderna”, que fueron más o menos los que vieron la eclosión casi póstuma de ese poeta anónimo y muy “postmoderno” también, a su manera.

Casa de Fonollosa, Pasaje Senillosa, 3.                                  Foto: J.M. Benítez Ariza.

Porque una cosa parece cierta: a no ser que un poeta sea hijo de familia y heredero, por tanto, si las circunstancias lo permiten –otro fue el caso de Gil de Biedma– de una casa anterior a su tiempo, con solera e historia propia, le corresponderá vivir en casas que, de alguna forma, por ese efecto de coherencia aparejado al mero paso de los años, se harán eco de su vida y circunstancia. Ocurre, por ejemplo, con el modesto bloque de viviendas en el que vivió y se suicidó el poeta Gabriel Ferrater, en el municipio de Sant Cugat, muy cerca de la Escuela Normal donde se ganaba la vida como profesor y del bar en el que pasaba la mayor parte de su jornada; ocurre también, según se ha visto, con la desangelada vivienda en la que refugió su desazón el poeta Gil de Biedma; y ocurre en general, salvo en algún caso excepcional que también se comentará, con las casas de muchos de los poetas que vivieron en este barrio que hoy pasean el viajero –poeta andaluz, por más señas– y su guía, poeta barcelonés y buen conocedor de su ciudad.

Por ello, casi no causa sorpresa que el piso de la calle Osio (Carrer d’Osi) en el que vivió el escritor peruano, hoy ciudadano español, Mario Vargas Llosa tenga la apariencia que cabe esperar de una vivienda que pudiera alquilar un inmigrante suramericano con recursos en la época del llamado boom de la narrativa hispanoamericana, a comienzos de los sesenta. De nuevo, formas planas que delimitan espacios bien visibles, como habían puesto de moda, lejanamente, Le Corbusier y Frank Lloyd Wright, por no nombrar a los arquitectos racionalistas barceloneses de  la escuela de Sert y su Gatpac: columnas de un color, voladizos de otro, filos destacados en un tercer color, como poniendo en valor la importancia de los distintos elementos constructivos. Alternancia de blancos y ocres, discreta presencia del metal, ausencia casi total de líneas curvas: el espacio, diría uno, que convenía a un escritor que venía a renovar, junto con otros, y quizá obedeciendo a una calculada operación promocional, la narrativa hispánica de su tiempo. Por ello, tampoco extraña –es más bien historia conocida– que a la vuelta de la esquina, en el número 50 de la calle Caponata, en un edificio casi gemelo, viviera Gabriel García Márquez, entonces uña y carne del peruano, de quien sólo más tarde lo separarían las diferencias políticas –la adscripción liberal del primero frente a las simpatías castristas del segundo– y quién sabe si algún pujo de envidioso recelo mutuo.

Casa de Vargas Llosa en la calle Osio, 50.                                                                                               Foto: J.M.B.A.

El paseo podría prolongarse por estos derroteros durante horas, pero el viajero y su amigo sólo cuentan con una mañana, ya mediada, por lo que parece oportuno detenerse a tomar un refrigerio. Están ya en pleno centro de lo que fue el municipio de Sarrià antes de que lo absorbiera la urbe. En esa zona con aires de pueblo de cierto empaque se alza, en una esquina, la “Confitería Bombonería Foix”, que, como su nombre proclama, perteneció y pertenece todavía a la familia del poeta J. V. Foix, que al parecer heredó el obrador y tienda matriz, en la calle Mayor, en la misma finca donde se ubica su casa natal, y abrió luego una cafetería casi a la vuelta de la esquina, en la plaza que lleva el nombre del antiguo municipio. Llama la atención que el refinado poeta clasicista que quiso ser Foix fuera pastelero: de nuevo, una de esas bromas que las biografías gastan a costa del legado estrictamente literario de los poetas. Tal vez por ello, para diferenciar sustento y aspiración, el autor y hombre de negocios prefirió vivir a una distancia prudente del obrador y la cafetería, aunque sin salir del barrio: en el número 9 del Carrer de Setantí, detrás de la iglesia, en una típica casa de pueblo de recios muros y ventanas pequeñas en la que no luce ninguna placa conmemorativa.

Confitería y Bombonería Foix.                                                                    Foto: J.M.B.A.

Muy cerca de allí, en una recatada cafetería con vistas al viejo ayuntamiento, el visitante y su guía toman café y tostadas y hacen recapitulación del día. Antes, o quizá después, han pasado por un rincón asociado a un recuerdo sombrío: la casa que fue de los Goytisolo en la calle Pau Alcover, no demasiado alejada –el viajero ha preguntado al respecto– de aquella otra de cuyo balcón, en la calle Mariano Cubí, se precipitó, en 1999 el poeta de la familia, José Agustín. Los dos paseantes hablan de ello mientras dan una vuelta distraída por los alrededores del ayuntamiento, que  es la zona de Sarrià que mejor conserva su apariencia pueblerina. A la puerta del edificio consistorial, no obstante, una figura llamativa rompe la natural sobriedad de esas calles silenciosas: una estatua a tamaño natural de una pimpante mujer desnuda de porte indiscutiblemente mediterráneo: piernas algo cortas, firmes y torneadas, caderas poderosas, pechos firmes y levantados. Se trata de la diosa Pomona, obra de 1938 del escultor Josep Clarà, que al viajero le recuerda, como una gota de agua a otra, la estatua a la diosa Gades que preside, en su ciudad, el paseo marítimo de la Punta de San Felipe, y de la que también hay una réplica de tamaño natural en el paseo marítimo de Extramuros.

Esa airosa figura femenina les muestra la salida: a su derecha, se abre una despejada calle peatonal. Aún queda mucho por ver, pero quizá, ya abierta la mañana soleada, apetezca más salir a las avenidas que circundan el barrio y disfrutar de las perspectivas ajardinadas –y denostar, de paso, las barbaridades perpetradas en las sucesivas oleadas de especulación urbana– que alimentar la mitomanía compartida. En ese paseo final al viajero le queda por descubrir las armoniosas “torres” o chalés debidas al arquitecto Enric Sagnier, coetáneo de Gaudí y autor de, entre otros edificios señalados, la imponente Aduana de Barcelona, junto al puerto: una especie de delirio barroco, de piedra ennegrecida por los elementos y la contaminación, que contrasta con la claridad y ligereza de las mencionadas “torres”, entre ellas, la que todavía se conoce como “Casa Sagnier”.

Pomona.                                                            Foto: José Manuel Benítez Ariza.

Con esas visiones del ensueño “modernista” que encandiló hace unos cien años a la burguesía barcelonesa, termina el paseo. Al viajero le espera un largo trayecto de vuelta hasta otro de los microcosmos urbanos que constituyen esa pluralidad de ciudades yuxtapuestas en que consiste Barcelona: el también singular, a su manera, barrio de Sant Andreu; donde, si no hay recuerdo de que en él vivieran poetas, sí hay calles que los celebran: las dedicadas, por ejemplo, a Garcilaso  y a Fernando Pessoa.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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