‘Blade runner’ o el mundo en 2019

Le ha pasado a Blade Runner, la película que el director británico Ridley Scott estrenó en 1982, lo que a la novela 1984 de George Orwell: ambientada en un futuro que al espectador de entonces parecía lejano –como a los lectores de finales de los 40 parecía lejano el año en el que Orwell quiso situar su parábola–, el paso del tiempo ha anulado esa distancia y ofrece a sus espectadores de hoy la posibilidad de confrontar aquel peculiar diagnóstico sobre el futuro de la humanidad con lo que realmente está ocurriendo en el año en el que sucedía su argumento, que no es otro que este 2019 que acaba de comenzar. Si estuviéramos  hablando de una hipótesis científica, por tanto, y no de una mera fantasía, podría decirse que le había llegado el momento de su verificación, la fase en la que una concatenación de causas y efectos hasta entonces considerados como mera teoría debe dar como resultado los hechos previstos; de lo contrario, la teoría en su conjunto queda desacreditada.

Harrison Ford da vida a Deckard en la película de Scott.

De la novela de Orwell puede decirse que superó con creces la prueba: la pesadilla que vislumbró en su novela abunda en rasgos que ya eran visibles en los regímenes totalitarios de su tiempo –el comunismo soviético, por ejemplo– y que se han extendido a las sociedades contemporáneas: muy destacadamente, la evidencia de que el poder político puede desarrollar y utilizar instrumentos tecnológicos que le permiten controlar la conciencia de los ciudadanos y anular su intimidad; pero también algunos sorprendentes detalles, cuyo alcance quizá en su día pasó desapercibido: por ejemplo, la imposición de “neolenguas” en las que el significado natural de las palabras de las viejas lenguas históricas queda desnaturalizado y sustituido por valores de uso útiles al poder político. Orwell también previó que el desarrollo de potentes tecnologías –por ejemplo, la televisión, que entonces daba sus primeros pasos– no necesariamente había de redundar en un mayor bienestar de los ciudadanos: en un mundo hipertecnificado, en el que todos los hogares estaban conectados al todopoderoso Ojo del Gran Hermano, la población podía vivir en la mayor de las miserias y sometida a calamidades que la propaganda se ocupaba de falsear. Lo que Orwell no pudo prever, quizá, es que las preocupantes realidades que anticipaba terminarían presentándose, en el futuro, tras un rostro sonriente. No todo iba a ser policía y cámaras de vigilancia: la estrategia de control incluiría también los grandes almacenes, el turismo y la industria del entretenimiento.

¿Puede decirse otro tanto de Blade Runner y de la plasmación visual que la película hacía de la novela corta de Philip K. Dick en la que estaba basada?  Digamos, de entrada, que la respuesta que se quiera dar a esta pregunta en nada afecta a la poca o mucha estima que, como espectadores, queramos otorgar a esa película; a cuyas evidentes cualidades, por otra parte, es difícil sustraerse, por más que uno se empeñe. Ya en el momento de su estreno, el lúcido crítico Roger Ebert dictaminó que, si merecía la pena verla, era solamente por su ambientación y efectos especiales; en cuanto a lo demás, no se llamaba a engaño: la historia de amor era puro lugar común, los villanos eran vulgares y el momento cumbre se basaba en el gastado tópico del protagonista a punto de caer a un abismo… Diez años más tarde, tras el estreno del “montaje del director”, se reafirmaba en esa opinión, y sólo en 2007, al escribir sobre lo que entonces se presentó como el “montaje definitivo”, se avino a decir, a la vista del espléndido acabado visual de la nueva versión: “al infierno el argumento; veámosla”.

Curiosamente, las diversas promociones de espectadores que convirtieron Blade Runner en película de culto no experimentaron estas fluctuaciones de opinión: desde el primer momento dictaminaron que la historia no solo merecía la pena, sino que planteaba cuestiones filosóficas que rara vez habían sido llevadas a la pantalla. Recuérdese que su argumento trata de un policía que tiene la misión de eliminar –“retirar”– a los “replicantes” –es decir, androides de apariencia humana– que han escapado de su servidumbre en el espacio exterior y regresan ilegalmente a la tierra. Y que ese relato policial de búsqueda y captura de fugitivos resulta especialmente dramático cuando, como es el caso, se sitúa en Los Ángeles, donde tiene su sede la corporación que ha diseñado y fabricado esos androides, y donde, por tanto, se encuentra el “padre” de esa desdichada raza dotada de sobrehumanas perfecciones y, sin embargo, condenada. La situación, como se ve, se presta fácilmente –quizá demasiado– a una lectura existencialista o incluso religiosa. Y queda planteada también la cuestión de si el propio perseguidor –el oficial Deckard, interpretado por Harrison Ford– no tendrá, como suele suceder en tantos argumentos de cine “negro”, algunos rasgos en común con sus antagonistas, hasta el punto de que podemos llegar a pensar si, como algunos de ellos, no será un androide tan perfecto que ignore su condición y se crea un ser humano, ajeno al hecho de que incluso sus recuerdos son obra de la corporación que lo ha fabricado… De nuevo, el pretexto para una discusión filosófica e incluso teológica está servido: ya en el siglo XVII, el dramaturgo español Calderón de la Barca se ocupó de ese mismo asunto en La vida es sueño.

de Runner') con sus recuerdos
Sean Young como Rachael en una escena de ‘Blade runner’.

Pero planteábamos la cuestión de si el tenebroso 2019 de Blade Runner se parece en algo al año que acaba de comenzar. Por supuesto, si aceptamos que la película plantea las elevadas cuestiones filosóficas que algunos se empeñan en ver en ella, está claro que éstas siguen vigentes hoy. Otra cosa es su puesta en escena. A ese respecto, puede decirse que, en algunos detalles, Scott y su equipo se apartaron de los lugares comunes y acertaron. En su ya mencionada reseña de 1982, Roger Ebert se extrañaba que el director hubiera querido que la población que pulula por las calles de un Los Angeles caóticamente plurirracial y plurilingüe fuera mayoritariamente oriental: él esperaba, decía, que en el futuro Los Angeles sería mayoritariamente hispano. La realidad del mundo globalizado que hoy conocemos ha demostrado ser mucho más compleja.

Acertaron también irónicamente los guionistas de la película al prever que en ese mundo extraño –con coches voladores, en fin, como en las más rancias proyecciones futuristas de los años 50 y 60, que parecían no prever las dificultades prácticas de ese modo de transporte– iban a seguir siendo visibles los anuncios de Coca Cola y de otras grandes empresas. También lo es la degradación ambiental, que hoy día obliga a restringir el tráfico rodado en muchas grandes ciudades, y que en el escenario urbano de Blade Runner se plasma en una especie de tiniebla permanente –en la película siempre parece ser de noche– y en una lluvia (¿ácida?) igualmente pertinaz, quizá resultado de la contaminación. Por lo demás, la gente parece divertirse con las mismas cosas que hoy –el cine, los bares multiétnicos, la pornografía–, con una notable excepción: aunque hay dispositivos parecidos a los actuales ordenadores, su uso no está en absoluto tan generalizado como en nuestros días ni asociado al entretenimiento o a la vida diaria de la gente. Por lo mismo, tampoco parece que haya nada parecido a la telefonía móvil. En esas notables ausencias se cifra el parentesco de Blade Runner con la vieja ciencia ficción, más atenta a los prodigios del transporte y a la posibilidad de dominar el espacio que a la inminencia de que la tecnología llegara a impregnar decisivamente la vida cotidiana.

Deckard en una de las escenas más famosas del film.

No queremos entrar, por último, en la cuestión que más fácilmente puede prestarse a establecer paralelismos entre el 2019 de Blade Runner y el nuestro. ¿A qué “replicantes”, en efecto –es decir, seres en todo semejantes a nosotros, pero a quienes nos negamos a reconocer como a nuestros iguales– proscribe y persigue nuestra contemporaneidad? Las respuestas podrían ser tantas como las sensibilidades. Y una cosa sí parece evidente: a diferencia de nuestras sociedades contemporáneas, tan temerosas del posible infiltrado con el designio de hacer daño, el variopinto enjambre humano que Scott hace desfilar por las calles de Los Ángeles no parece en absoluto preocupado por la presencia de “replicantes”. No hay escenas de pánico de masas en la película de Scott. Y eso, esa especie de generalizada indiferencia hacia las obsesiones del poder, casi parece un logro. Merece la pena meditarlo.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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