Tres poetas mediterráneos

Poesía completa. César Simón. Edición y prólogo de Vicente Gallego. Bibliografía de Begoña Pozo. Pre-Textos. Valencia, 2016. 456 pp.

aquetación 1

La obra en verso y prosa de César Simón (Valencia, 1932-1997) nunca ha dejado de tener admiradores, por más que su escasa difusión y la nula voluntad de medro del poeta en el mundillo literario hayan determinado que éstos hayan sido siempre pocos. Afortunados ellos, y afortunado el lector que ahora acceda a la singular obra de este autor en la hermosa compilación que aquí celebramos. Los títulos que la componen son ya elocuentes: Pedregal, Precisión de una sombra o Templo sin dioses aluden, en su literalidad, a un mundo desprotegido y elemental, desolado y antiguo, al que el poeta interroga desde una decidida voluntad de tampoco añadir fárrago o trampantojos retóricos a su simplicidad esencial, que es la de la vida. “Entiendo este turbio lenguaje de alas”, afirma en “La carroña”. Prestar oídos a la realidad es un modo de entenderse, y también de aceptar: “El mundo está desierto cuando el viento gime. / ¿Sufres, viento? / Cómo tu dolor estremece. / Tu dolor, que es tan tuyo como nuestro”. Es tentador calificar esta poesía como “paisajista”, en el sentido de que parece transida por la luz dura y la simpleza de líneas del entorno mediterráneo. Pero la función de ese paisaje no es otra que poner en perspectiva la presencia de un sujeto moral, que se interroga en torno al “extravío”, el “estupor” –otras palabras extraídas de sus títulos– o sobre el “tema único”, que es la fugacidad de la vida, pero también su sacralidad elemental. No es siempre fácil la poesía de César Simón. Y se entiende que su editor, el también poeta Vicente Gallego, se muestre cauto a la hora de incluir en esta compilación un libro inédito de carácter amoroso, El pretexto y el fervor: efectivamente, lo que ese libro tiene de celebración y elegía disuena un tanto del rigor casi ascético del resto de la poesía de este autor. Pero la discrepancia es sólo aparente: “Vuelve a ser mudo y busca, / detrás del sueño, la verdad, / no los dioses patriarcas / ni las divinidades helénicas; / tus dioses del vacío, lo ausentes”. Una interrogación a ese divinizado vacío es la obra completa de este poeta único, que nos advierte de que la carne “es efímera y doliente”, pero también de que el mero vivir puede traducirse en una sensación “transparente y sacramentada”. Imprescindible.

Corteza de abedul. Antonio Cabrera. Tusquets Editores. Barcelona, 2016. 111 pp.

Corteza de abedulSe suele caracterizar la poesía de Antonio Cabrera (nacido en Medina Sidonia en 1958, aunque afincado en la Comunidad Valenciana) como “filosófica”; y lo es si se considera que el asunto de muchos de sus poemas es la relación del sujeto –del yo, del individuo– con ese otro conjunto de entes exteriores que constituyen lo que llamamos “mundo” o “realidad”; y entre ellos, muy especialmente, el paisaje y los objetos inanimados, que ponen de manifiesto la singularidad de ese sujeto portador de conciencia, aunque no por ello más “real” que esos otros objetos capaces de aportar significación al mundo y asumir la carga del tiempo. Por supuesto, el mero enunciado de estas cuestiones no eleva el simple discurso especulativo a la condición de poesía. Lo que convierte, por tanto, el decir de Antonio Cabrera en verdadera, en gran poesía, es su modo de nombrar las realidades que articulan esa trama de sentido: los objetos exteriores, primero –un muro de piedra, una palmera, un canto rodado, una mantis, unas nubes…–, señalados como hitos de una mirada que interroga el mundo y encuentra en ellos otros tantos motivos de constatación e incluso de celebración. Hay en la poesía de Cabrera, en efecto, una especie de soterrada alegría al constatar la posibilidad de existir sin conciencia, no al modo dolorido de Rubén cuando cantaba al “árbol que es apenas sensitivo”, sino al modo emocionado de un Azorín o un Gabriel Miró cuando discurren sobre la dureza elemental, pero iluminada y viva, del paisaje levantino. Pero hay también en esta poesía, de una manera muy discreta, una celebración del yo que busca perderse entre estos absolutos del paisaje: del paseante que se sienta a descansar en una piedra, o incluso de quien, desde los hábitos predeterminados del hombre urbano de clase media, articula su contacto con ese mundo exterior en ocasiones tales como un trayecto en coche (“Siempre en viaje”) o un rato de descanso junto a una piscina (“Agosto”). Es ésta, por tanto, una poesía de la cotidianidad trascendida, del reposado mirar, de la sabia postergación del yo a un lugar de discreto retiro. Una poesía que aporta profundidad a nuestro modo de estar en el mundo. Un logro.

Seek to Know No More. José María Álvarez. Renacimiento. Sevilla, 2015. 85 pp.

See to know no moreTambién es un lugar común la caracterización de José María Álvarez (Cartagena, 1942) como poeta “alejandrino”, en el sentido de que su poesía se alimenta de tradiciones diversas, se adorna de una gran profusión de citas, en un alarde de erudición que las más de las veces hay que entender en sentido irónico, y se inclina hacia un paganismo vitalista al que no es ajeno el ejemplo de Constantino Cavafis, a quien en gran medida conocemos y apreciamos gracias a las traducciones del propio Álvarez. Tales son los mimbres que sostienen su monumental Museo de cera (1974-2002), afirmación de la voluntad unitaria que ha presidido la construcción de una obra en cuya larga andadura apenas cabe apreciar cambios de tono o procedimientos, y sí un ahondamiento en sus rasgos esenciales. Desde 2002, el poeta ha preferido anunciar sus nuevas entregas poéticas como poemarios independientes, sin que ello signifique una renuncia a los principios que inspiraron su ciclo emblemático, y que el lector vuelve a encontrar en este Seek to Know No More, que toma como título las admonitorias palabras de las brujas a Macbeth y, por tanto, ya desde el título juega a entreverar su discurso con citas ajenas, en lo que a veces se presenta como un diálogo sostenido de igual a igual con los grandes maestros de la cultura universal, y a veces es sólo una maniobra distanciadora, cuando no abiertamente humorística; por ejemplo, cuando utiliza un verso de Eliot para titular un poema y añade entre paréntesis: “Ya sabéis quién lo dijo”. El lector no siempre tiene por qué saber quién dijo tal o cual cosa; pero lo importante es que, cuando presta finalmente oído a las palabras del propio Álvarez, éstas establecen de inmediato un puente comunicativo basado en la confidencia (“Yo no sé tú, lector. Pero yo / soy de los que se emocionan / con escenas como ésta”, afirma en un poema dedicado nada menos que a una carga de infantería en la batalla de Gettysburg) y en una cierta presunción de simpatía entre iguales. Es difícil no sentir, por ello, que la poesía de Álvarez eleva al lector a un mundo donde la belleza, el sentido de lo heroico y el noble hedonismo de raíz griega nos hacen inmediatamente mejores, en consonancia con ese “saber dejarme fecundar por lo excelente” que el poeta proclama como norma de vida en el poema XXXI de este libro, y en feroz oposición a quienes rumian “un odio misterioso / a la Memoria, la Religión, el Arte verdadero” (XXX). Tal voluntad “educativa” podría parecer incluso ingenua si no se sostuviera en profundas convicciones. José María Álvarez ha sostenido las suyas con ejemplar coherencia desde hace casi medio siglo. Y parecen hoy más necesarias que nunca.

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