Pues no, no voy a escribir contra las benditas pantallitas. Ni una palabra contra esos amigos que quedan para ignorarse, concentrados en sus móviles, o los que van jugándose el tipo por la calle sin mirar hacia dónde caminan. Voy a hacer todo lo contrario: defender las pantallitas y las nuevas tecnologías. Que algo tendrá el agua, cuando la bendicen.
Yo soy era la más despistada del mundo mundial, de las que se pierden en el pasillo de su casa. Pero ahora tengo GPS. En el móvil. Yo, que me tiré como un mes teniendo que preguntar cada día el camino a mi facultad en Sevilla, llegué el otro día a una dirección concreta en una ciudad desconocida, a tiempo y sin dudar. Como si hubiera nacido en el barrio. Cuando viajaba me hacía, gracias a las nuevas tecnologías, unos recorridos estupendos que comprendían desde la salida de mi casa a la llegada en el punto de destino: con planos de aeropuertos, horarios y precios de todos los medios de transporte alternativos para llegar al hotel y «planes b» por si se trastocaba el horario… Perfecto. No solo es cómodo. Ahorras mucho en transporte.
¿Quieres aprender algo? ¿A cocinar? ¿Inglés? ¿A fabricar una central nuclear? ¿Quizás a hacer armarios con cajas de cartón? Pregúntale a San Google. Busca tutoriales en YouTube. Por fin se ha cumplido parte del sueño de los enciclopedistas y tenemos reunido todo el saber universal, o eso parece. Una japonesa nos enseña a ordenar nuestra casa. Una peruana, a fabricar cualquier tipo de tejido. Y así, hasta el infinito. Antes, la gente daba cursos de Office. Ahora te descargas cualquier programa con la confianza de que, si no sabes usarlo a la primera, seguro que encontrarás alguna explicación o algún tutorial para resolver cualquier problema. Y qué decir de esas almas caritativas y generosas que ponen a disposición de la humanidad programas gratuitos, colectivos, de código abierto. Si quieres un procesador de texto pero estás tieso o no eres de comprar, pones en Google algo así como “programa gratis similar a Word” y en cinco minutos estás descargándote el Open Office.
Y solo estoy hablando de soluciones legales, no de descargas dudosas, de las que no voy a opinar porque no las hago y desconozco el tema.
¿Vas a correr? Descárgate una aplicación en el móvil. Las hay para cualquier cosa. Es un mundo ¿Qué puede tener esto de malo?
Lo único es que quizás sea un mundo demasiado grande donde es difícil diferenciar verdades de mentiras y basura de cosas útiles. Hay demasiadas llamadas de atención que solo buscan hacer perder el tiempo (o algo peor) a los demás, demasiadas cosas falsas, hasta un punto excesivo. A veces parece que estás paseando por un mercadillo con unos vendedores especialmente pesados, que te intentan dar coba para que te acerques a su puesto de baratijas sin valor.
Esa es la parte del sueño enciclopedista que no se ha cumplido: el saber universal no está racionalmente ordenado, como soñaron los autores franceses. O quizás es que dentro de este saber universal está lo que somos. Y a lo mejor en ese «somos» está también, indisolublemente unida, esa parte entrópica, ese caos y esa avaricia que lleva a algunos engañar a gente para conseguir un clic más. A lo peor es que no hay verdad sin engaño, ni sexo sin pornografía, porque no hay cara sin cruz. Quizás eso forma parte de nuestro universo con igual derecho que los avances científicos o el espíritu colaborativo, por mucho que no nos guste verlo.
Otro tema es el de usar y abusar. Es de lo que dije al principio que no iba a hablar. Mentí. Vale que llegues a un sitio con el GPS. Pero ya que has llegado a ver a la gente que querías ver, guarda el telefonito. Si no ¿para qué vas? Si estás aprendiendo inglés con el Duolingo será para hablar ¿No? Pues suelta ese cacharro y busca un guiri, o una de esas reuniones en bares de intercambio de idiomas ¿Ya has llegado a tu destino? Pues suelta la ruta, la cámara y disfruta de un sitio que no conoces y que a lo mejor no vuelves a pisar jamás.


