El Rey no está desnudo

Ante el mensaje de Navidad de Ese Eme el Rey, ningún niño con talento republicano podría exclamar «¡El Rey está desnudo!», como hacía el de aquel viejo cuento (El traje nuevo del emperador) al advertir, con igual dosis de inocencia que de inteligencia, que el necio monarca había caído en la trampa de los sastres ladrones.

No. El Rey, esta vez, parece haber aprendido definitivamente la lección y se ha pertrechado de las mejores galas constitucionales y democráticas para abordar su anual discurso televisivo. Por primera vez, por ejemplo, ha prescindido en la escenografía de símbolos religiosos, a los que ha sustituido por iconos culturales, y estrictamente laicos, de indudable renombre: un ejemplar de Biblioteca Nacional de España, 300 años haciendo historia (catálogo de la exposición conmemorativa de 2011) y –atención– pinturas contemporáneas de un artista catalán, Ràfols-Casamada, y de la mujer más representativa de las vanguardias españolas de la segunda mitad del siglo XX, Sarah Grilo. Tal tramoya –todo hay que decirlo– desentonaba bastante con un adornado abeto francamente hortera que completaba el escenario, pero, claro, alguien tuvo que aconsejar que la ausencia total de objetos navideños podría llevar a la desubicación del público más fiel: «Majestad, si no pone el arbolito alguno va a creer que no está en España».

El Rey durante el mensaje de Navidad de este año.                                                              Foto: Casa Real.

Ambientada, pues, la escena en términos estrictamente europeos, hecha la renuncia a la religiosidad popular más rancia, el propio discurso fue, palabra a palabra, construyéndose como ese traje impecable que vistió, adornó y abrigó al Monarca poniéndolo a salvo de cualquier sospechosa vinculación con sus corruptos antepasados. Sin preludios alusivos al orgullo o la satisfacción, la intervención real entró directamente a solidarizarse con los afectados por el volcán de La Palma y, un minuto después, a abordar el tema de la pandemia, que constituyó el núcleo principal del discurso. Para todo ello –y eso me pareció especialmente hábil– el Rey no propuso soluciones emanadas desde la Casa Real sino, en general, desde “las instituciones”, igualándose así en responsabilidad con gobierno central, gobiernos autonómicos y ayuntamientos, y consiguiendo que, por unos minutos, contemplásemos el espejismo de un gobernante elegido democráticamente.

Algo confusa, eso sí, me resultaron las alusiones a las «nuevas tecnologías», sobre las que disertó un buen rato advirtiendo de sus peligros, pero animando a su uso si no queremos ir un paso por detrás de Europa… No conseguí entender si se trataba de un consejo a los padres y madres preocupados por el enganche de sus hijos a las redes sociales (igual sí, las recientes declaraciones de Penélope Cruz han puesto eso muy de moda), si se refería a la desorientación informativa que el abuso de la Big Pharma está generando en torno a las vacunas, o si sencillamente era la excusa para introducir en el discurso la palabra mágica -cambio climático- que toda conciencia monárquica debe tener en cuenta. Esta parte, como digo, me dio la impresión de estar redactada algo más apresuradamente, por lo que aquí a la indumentaria real, en ese afán de incluirlo todo, se le apreciaban un poco las costuras.

En ese mismo afán de europeísmo, renovación de la Institución y constitucionalidad parecía cobrar pleno sentido la fotografía de la Princesa y la Infanta (savia nueva) paseando por el campo con mascarilla. Y sí: el propio Rey podría haber completado el fabuloso traje a medida usando mascarilla con banderita, hubiera estado bien, pero, claro, con la distancia social que él siempre guarda sería absurdo; como dice un amigo mío, llevar mascarilla cuando tienes a la gente lejos es tan tonto como ponerte un preservativo para dormir solo.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) recoge sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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