Si de Ralph Bakshi me hubiera limitado a ver El gato Fritz (Fritz de Cat, 1972) cuando fue emitida en una de aquellas madrugadas calientes en las que las televisiones españolas pretendían resarcirse de décadas de censura, posiblemente no me hubiera vuelto a acordar de su nombre. Y no porque esa película, basada en un célebre personaje del dibujante Robert Crumb, no esté a la altura del resto de la producción de su creador. Más bien era yo, a finales de mi adolescencia, quien no le veía la gracia a todas esas situaciones en las que el gato protagonista y todo un elenco de animales humanizados remedaba lo que uno hubiera preferido ver interpretado por actores de carne y hueso.
No sabía uno entonces que todo aquello no era tanto un producto bastardo del cine gamberro como una parodia de ese mismo impulso transgresor que uno echaba en falta. Los gatos y gatas de Crumb/Bakshi eran más bien caricaturas de los desnortados que habían popularizado películas como Easy Rider. Pero uno creía entonces que incluso la contracultura –como el sexo, todo hay que decirlo– era una cosa muy seria, y no aquella broma aparentemente grosera protagonizada por un gato desvergonzado y su correspondiente elenco de gatitas en celo, moteros descerebrados y grifotas de toda laya.
Qué poquita cosa era uno entonces. Y qué curioso el camino por el que este animador transgresor ha venido a rehabilitarse ante mis ya desinhibidos ojos. Fue nada menos que la larga sombra de Eisenstein la que me llevó a fijarme en el uso que Bakshi hace de varias secuencias de Alexander Nevsky en su película Los hechiceros de la guerra (Wizards, 1977). La caballería teutónica, convenientemente “rotoscopiada” –es decir, convertidos cada uno de sus fotogramas en dibujos en secuencia animada–, pasó a encarnar el ejército malvado contra el que luchaba el ambiguo mago bueno que gobernaba sobre una benévola república de desocupados y mujeres apenas vestidas. El mensaje era diáfano. Los enemigos de esa siempre postergada utopía de la despreocupación hedonista son siempre los mismos: el militarismo, la depredación, la dominación tecnológica. En Tygra, hielo y fuego (Fire and Ice, 1983), Bakshi quiso darnos otra versión de la misma historia: una princesa ataviada con un sucinto biquini y un guerrero en taparrabos sobreviven en un mundo dominado por el Señor del Hielo. El argumento puede parecer baladí, pero de lo que no dudará ningún espectador es de que estamos en un terreno muy distinto al de la mera fantasía épica: lo que hechiza de la película es el erotismo que desbordan sus protagonistas, habitantes todavía, pese a sus tribulaciones, de un mundo que conserva del paraíso terrenal el don de la desnudez desinhibida… e inocente. Solaz de mirones, hay incluso quien se ha tomado la molestia de manipular secuencias enteras de la película y borrarle a la protagonista su mínimo atuendo…
Ése es el mundo de Ralph Bakshi. De su inconformismo da fe, por ejemplo, su negativa a transigir con las exigencias de la presuntamente transgresora cadena televisiva HBO y su renuncia a continuar la prometedora Spicy City, una serie de animación con argumentos de cine negro en un ambiente futurista. Tampoco le dejaron, en su día, terminar su proyectada versión de El señor de los anillos. Pero de qué iba a presumir el creador de Fritz the Cat si los poderes del Hielo no hubieran intentado más de una vez cortarle las alas.


Magnífico. Muchas gracias en nombre de Don Gato