El pico del minero

Quién no ha echado la vista atrás en algún momento ayudándose del canónico verso “Mi infancia son recuerdos…”. La mía lo es de montes horadados, altivos castilletes y negros gacheros. ¡Y qué me importan tus recuerdos!, dirá la mayoría. No vayan tan rápido. Les sugiero que lean lo que sigue, vaya a ser que una noche de estas necesiten mi consejo y se queden sin saber cuál es. Lo peor no es la ignorancia, eso puede ser un accidente o una injusticia. Lo malo es desdeñar aprender y darte cuenta de la oportunidad que se te brindó cuando lo necesitas.

«Los mineros salieron de la mina remontando sus ruinas venideras»César Vallejo.

La palabra pico tiene una arraigada tradición polisémica en mi pueblo. No digo que en otros lugares no, pero en mi pueblo más, que para eso es mi pueblo.

En un lugar muy destacado de mis recuerdos está el pico herramienta del minero. Con él al hombro y con un carburo en la otra mano llegaban de madrugada a la puerta de mi casa los mineros muertos.

Tan era así, que yo, entonces un niño ya no tan niño, llegué a creer que los pobres desafortunados se morían solo durante la noche, y amparados en la oscuridad, esquivando al sereno, salían de sus hogares a hurtadillas para evitar el apuro de mostrase en tan lamentable estado a la luz del día ante sus vecinos, compareciendo en mi casa para despertar a mi padre, robarle el descanso y, de paso, dejarnos con un mal sueño a los demás. La única que seguía durmiendo era mi hermana, con la suerte de ese sueño profundo de pocos meses que solo se rompe por hambre.

El morir del minero, ya lo supondrán, es otra tradición muy señalada en mi pueblo. Lo hacían desde muy jóvenes de silicosis tan tempranas y crónicas que parecían hereditarias. También morían sepultados en rundíos y por otros accidentes. Ya muertos, se apostaban en la ventana de la habitación de mis padres, que daba a la calle, y llamaban sin levantar mucho la voz: ¡Ginés!

Como mi padre estaba más que avisado, esperaba en la cama unos minutos remoloneando porque ya sabía que cuando atendiera aquella llamada del más allá tenía perdido el día. Al poco: ¡¡Ginééés!!, y mi padre se daba la vuelta y empezaba a destaparse. No por la urgencia del muerto, sino porque mi madre le arreaba un puntapié o un codazo a modo de campanilla de despertador.

Ilustración de ZOCAr.

Por fin, retumbaba un potente: ¡¡¡Ginéééééés!!!, a lo que mi padre respondía: ¡Que ya voy, hombre!… ¡A qué tanta prisa si ya estás muerto! Y saltaba de la cama con un brinco, se vestía, salía y ya no le veíamos el pelo hasta la noche siguiente, cuando asomaba por la puerta derrengado y malhumorado, como un fantasma arrastrando la pesada carga de su bola. Siempre igual.

Mi padre, Ginés el de El Ocaso, trabajaba para la nombrada compañía de seguros, que por aquellos años se dedicaba a cobrarles en vida a los futuros muertos para ocuparse de los trámites necesarios y hacer de su funeral un suceso decente, acorde con las prácticas al uso bendecidas por las autoridades religiosas, civiles y hasta militares, los guardiasciviles, que aún vigilaban mucho los tránsitos que la gente hacía, incluido el de la vida a la muerte.

Todavía en vida, los mineros solían ser ya espectros locuaces, un poco fatalistas, pero humildes y sencillos, parecidos a los que Juan Preciado se iba encontrando por Comala, aunque había algunos que, ya con la muerte encima, se ponían complicados y vengativos, igual que aquel que se aparecía por las noches en el castillo de Elsinor tan exigente y con mala uva. Cuando recibían sepultura, los pobres se callaban y dejaban de molestar, y allí se quedaban para siempre, dormiditos como unos benditos.

Aquellos mineros muertos sí que eran buena gente. No es que fueran malvados en vida, pero lo cierto es que sobre eso hay más opiniones, para empezar las de sus viudas. En cualquier caso a mí me parecían buena gente. Tanto, que hace unos años se me ocurrió dejarles escrito un homenaje antes de que yo me muera y nadie crea lo que cuento. Hoy en día, morirse está muy poco valorado y solo es carnaza para descreídos.

No se preocupen, no me expondré ni les cansaré ahora con esos toscos versos de estima, que son largos y tristones. Échense a dormir y —aquí viene el consejo— si alguna de estas noches oyen junto a su ventana una voz cavernosa que les llama, no se asusten ni le echen cuentas que será uno de mi pueblo tirando de pico y carburo en busca de sepultura. Me lo mandan (bastará con darle mi enlace de FB) y yo me las arreglo.

Lo que sí les dejo son unas letrillas de mineras, esos cantes flamencos autóctonos que los mejor dotados cantaban en las tabernas de mi pueblo, donde uno podía oír y emocionarse con los verdaderos temores, sentimientos y pensamientos de los pobres desgraciados mineros:

«Compañericos mineros,

no dejadme sólo aquí,

que se me ha apagao el candil

y ha habío un derrumbamiento.

¡Ay! No quiero morir aquí».

 

«Se puede llamar viuda

a la mujer del minero,

que trabaja el día entero

cavando su sepultura».

 

«Cuando se volvió dinero

la plata que había en el tajo,

nadie se acordó del minero

que a costa de su trabajo

le dio el valor verdadero».

 

«Minero, ¿pa qué trabajas

si pa ti no es el producto?

Pal patrón son las alhajas,

pa tu familia el luto

y pa ti la mortaja».

 

«Vale más un minerico

con su ropa de trabajo

que todos los señoritos,

calle arriba, calle abajo».

 

Este relato pertenece a la serie Los picos de la memoria. Cuentos en clave de autoficción.
José Federico Barcelona Martínez

Autor/a: José Federico Barcelona Martínez

José Federico Barcelona Martínez nació en 1957 en La Unión, pueblo minero de Murcia. Desde 1974 reside en Granada. Ha estudiado Biología y Educación Infantil. Durante más de tres décadas se ha dedicado a la enseñanza y educación de niños y niñas de corta edad. Ha escrito poesía, literatura infantil y juvenil, relatos y un par de novelas cortas. Su trabajo ha sido reconocido con numerosos premios. Entre sus publicaciones, se encuentran los libros de relatos 'Ahora que eres recuerdo', ‘Los relatos del 19’, ‘Soledades y la mar’ y ‘Relatos del 20’. Es autor del álbum ilustrado 'Hvíti björninn og litli maurinn' (‘El oso blanco y la hormiguita’), publicado en Salka Ediciones de Reikiavik y que fue seleccionado entre los cinco mejores álbumes ilustrados infantiles publicados en Islandia durante 2020.

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