El picoesquina

«Pero si miro esta fotografía de ayer, / si me paro en los ojos, / comprendo / que los niños tampoco son tan niños, / que tienen mucha historia pasada». Ángeles Mora.

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Ya dije que no son pocos los significados de la palabra pico que gozan de un reconocido y añejo prestigio en mi pueblo. El del minero, del que hablé anteriormente, repicó durante mucho tiempo sobre la piedra con voz de plata, rabia y dolor. 

El segundo pico de mis recuerdos es el picoesquina. Quizá este sea el más peculiar de todos los picos de mi pueblo. Y tal vez lo fuera porque a él estábamos todos sometidos y era también el primero que transgredíamos, sin excepción. Esta palabra compuesta despliega su significado en mi pueblo más allá de lo que podría deducirse por su construcción. No alcanza la exactitud lingüística de un acrónimo ni de un neologismo, nunca hemos tenido aspiraciones de este calibre en mi pueblo. Pero existía como tantas cosas existen al margen de la norma, y en nuestro local imaginario infantil era más que un lugar. Mejor dicho, ni siquiera era un lugar principalmente. Era un límite, el confín natural de la propia voluntad, una autodeterminación inaccesible.

Su descubrimiento me trajo al mundo real, del que no he vuelto a salir. Y no es por ganas, pero una vez dentro un tupido bosque de realidades y apariencias tallan la vida, y las imágenes del mundo, tan nítidas como inalcanzables, se reflejan en nuestra conciencia como en un infinito juego de espejos donde no es fácil saber, sentir y elegir de forma completa e inequívoca. Con bastantes incertidumbres y contadas seguridades hemos de vivir. De unas y de otras surgen las preguntas que nos determinan y crean nuestro camino personal.

‘Picoesquina’. Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Antes de recorrer aquella corta distancia de iniciación (emoción y esplendor), yo era un niño irresponsablemente infantil. ¿Me comprenden? Tienen que entenderlo o, al menos, guardar en su interior un soplo de recuerdo de ese sentimiento. Si me sentía mal, lo hacía notar. Si estaba bien, disfrutaba sin importarme nada ni nadie. El universo de mi vida no tenía límites, como cualquier universo que se precie. Hasta que un día el picoesquina surgió inesperadamente, se hizo presente y se quedó en mí para siempre.

Me veo en aquellos años como quien mira las nubes sin límites físicos ni mentales tumbado sobre la hierba con una espiga entre los labios. Wislawa Szymborska habla en su poema “Fin y principio” de ese estado de la realidad en que, llegada a su fin la guerra, se han recogido y retirado las calamidades visibles, y la hierba nueva cubre el desastre, deparando un principio para el niño de pocos años ignorante de las causas y consecuencias enterradas bajo el suelo en el que juega, descansa y sueña. Despuntaban los años sesenta del siglo pasado.

Fue en aquellos días cuando me llegó la primera señal. Era un mensaje matemático, las coordenadas de dos puntos que establecían una línea recta. Entonces no lo sabía, pero ahora sí puedo afirmarlo: mi pueblo tiene un orden urbano deudor de la imaginación moderna, porque fue erigido en el esplendor de la segunda mitad del XIX, cuando la utopía sobre lo que se podía hacer en y del mundo no tenía límites ni a derecha ni a izquierda, y la cultura estaba hechizada por la idea de un progreso imparable. No hay más que verlo, a mi pueblo me refiero: calles rectas, manzanas cuadrangulares, cruces perfectos, construcciones de ladrillo visto estilo industrial…

Después de esa edad, cuatro, cinco o seis años, se acaba una etapa de la vida. Yo tendría más de tres, casi cuatro tal vez, cuando mi madre me plantó en la puerta de nuestra casa, en la recta calle que limitaba con otra calle recta veinte metros a la izquierda y con otra cuarenta a la derecha, y me dijo por primera vez, con toda seriedad y el tono un poco elevado: “Te quedas aquí a jugar tú solo ¡Ni se te ocurra pasar del picoesquina, eh!” Ese día, bruscamente, apareció mi primer límite y mi primera responsabilidad. El universo se comprimió de golpe hasta convertirse en un corriente y pequeño planeta con distancias, fronteras y confines, tapizado de piedras para tropezar, objetos, voces y seres que yo debía de entender y manejar por mí mismo.

Nada emite más señales a la inteligencia como lo desconocido ni excita tanto las emociones como una prohibición. Dudé, y elegí mi primer picoesquina. Y en ese corto viaje de cuarenta metros asumí mi primera responsabilidad, me alejé conscientemente de la seguridad que se me había proporcionado hasta entonces y descubrí un mundo nuevo al otro lado. Un mundo que conocía, claro, ya me habían llevado allí antes, pero ahora era totalmente nuevo por mi propia decisión. Mi madre lo sabía. Por eso me dejó solo allí aquella tarde, mientras a hurtadillas seguía mis pasos desde la ventana.

Este relato pertenece a la serie Los picos de la memoria. Cuentos en clave de autoficción.

 

José Federico Barcelona Martínez

Autor/a: José Federico Barcelona Martínez

José Federico Barcelona Martínez nació en 1957 en La Unión, pueblo minero de Murcia. Desde 1974 reside en Granada. Ha estudiado Biología y Educación Infantil. Durante más de tres décadas se ha dedicado a la enseñanza y educación de niños y niñas de corta edad. Ha escrito poesía, literatura infantil y juvenil, relatos y un par de novelas cortas. Su trabajo ha sido reconocido con numerosos premios. Entre sus publicaciones, se encuentran los libros de relatos 'Ahora que eres recuerdo', ‘Los relatos del 19’, ‘Soledades y la mar’ y ‘Relatos del 20’. Es autor del álbum ilustrado 'Hvíti björninn og litli maurinn' (‘El oso blanco y la hormiguita’), publicado en Salka Ediciones de Reikiavik y que fue seleccionado entre los cinco mejores álbumes ilustrados infantiles publicados en Islandia durante 2020.

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