Matilde Ucelay, pionera de las arquitectas españolas

La guerra dejó tras de sí una España desangrada, dividida y en ruinas. Las nuevas autoridades franquistas, sin embargo, no iban a permitir que participasen en las tan urgentes y necesarias tareas de reconstrucción, ninguno de los que se habían mantenido leales a la España republicana. Así que, nada más terminar la contienda, se encargó a los Colegios de Arquitectos de Madrid y Barcelona la ominosa tarea de elaborar una lista con los arquitectos a los que habría que depurar. Muy pronto, en 1940, se hacían públicos sus nombres. Fueron ochenta y tres los señalados por sus propios colegas —diecisiete de ellos ya se encontraban en el exilio—, sometidos a un Consejo de guerra y castigados con penas que contemplaban desde la inhabilitación perpetua hasta la temporal para el ejercicio de su profesión y en el desempeño de cargos públicos. Entre ellos muchos de los arquitectos más activos de la época y grandes nombres de la vanguardia, como García Mercadal, Secundino Zuazo, Jesús Martí,  Vicente Eced … Al final de la lista el solitario nombre de Matilde Ucelay, la única mujer y la primera arquitecta titulada en España.

Su llegada a las aulas de la ETSAM en 1931, con diecinueve años, estuvo acompañada por la de Lali Úrcula y Cristina Gonzalo, compañeras también del Instituto Escuela, heredero del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza. Un centro que destacaba por algunas experiencias transgresoras en el modelo de educación tradicional, con clases poco numerosas, supresión de exámenes, visitas semanales al Museo del Prado, excursiones los domingos a los pueblos de Madrid, …. Una elección que encaja en el perfil de familia de izquierdas de la burguesía ilustrada republicana como la de Matilde. Su padre, el abogado Enrique Ucelay, reunió una importante biblioteca de arte en el domicilio familiar, en el número 20 de la madrileña calle Libertad; uno de los visitantes asiduos a la casa era el poeta y dramaturgo Federico García Lorca, muy amigo de su madre Pura Maórtua, aficionada al teatro y fundadora del club de teatro de vanguardia Anfistora.

Un ambiente liberal y artístico, pues, que como confiesa la propia arquitecta, la empujaron a estudiar una carrera universitaria. En 1930 casi la mitad de las mujeres españolas eran analfabetas, y apenas suponían el 4% de los estudiantes universitarios, la mayoría en carreras de letras. La propia Matilde lo explica: “Ya estamos en la Ciudad Universitaria. Y esto que le digo se puede apreciar a simple vista. Por las explanadas y por entre los árboles de aquellos lugares se ve a gran número de mujeres preocupadas por el Imperativo categórico de Kant o con el suicidio cósmico de Schopenhauer. En cambio, son escasas las que muestran preocupación por los cosenos de un ángulo o la enfermedad de una planta” (La Voz, 3 de julio de 1936).

Matilde Ucelay en su estudio. Foto: Patrimonio Histórico y Archivos C. de Madrid.

Que Matilde eligiese estudiar, y estudiar arquitectura además, no era como vemos nada convencional, aunque según ella, “entonces no faltaban posibilidades, sino ganas de estudiar. Muchas mujeres no estudiaban arquitectura porque era una carrera muy larga y, generalmente, las chicas se casaban antes de terminar una carrera tan larga y la solían abandonar. A mí eso no me importó nada y por eso la hice. No tenía prisa en casarme” (Isaías La Fuente: Agrupémonos todas: la lucha de las españolas por la igualdad).

En un entorno tan marcadamente masculino como era el de la escuela de arquitectura pudiera pensarse que la estancia de Matilde debió ser difícil, sin embargo no parece que fuera así, o al menos nunca tuvo esa percepción. Tanto los compañeros de curso, como los profesores las acogieron bien, con normalidad, “nos trataron exactamente igual que los hombres” diría años después recordando aquellos tiempos. Hubo excepciones, naturalmente, como aquel profesor de Matemáticas que la tuvo dos días examinándose de pie en la pizarra. También hubieron de aguantar las sornas públicas de arquitectos como Anasagasti, que llegó a publicar un artículo titulado “Las mujeres en la arquitectura, ¿sirven para esta profesión?” (Blanco y Negro, 21-02-1932). El texto, que no tiene desperdicio, iba acompañado de dos caricaturas de Matilde y Cristina Gonzalo hechas por sus propios compañeros de estudios y terminaba mostrando sus dudas sobre la capacidad de las mujeres para el oficio: “¿Tiene la mujer condiciones para ser arquitecto? Concebimos a una señorita en una obra, dando voces, embadurnada el vestido y la cara —de yeso, ¿eh?—. ¿Con qué miradas y requiebros les recibirán los dicharacheros albañiles? ¿Persistirán los huelguistas en su tenacidad societaria cuando la arquitecta [sic] les arengue?”. Si Anasagasti no hubiera fallecido prematuramente en 1938 quizá hubiera podido él mismo encontrar respuestas a sus preguntas, viendo a Matilde llegar a las obras en su Seiscientos y bajarse con sus planos enrollados, repartiendo órdenes, dirigiendo y supervisando cada uno de sus proyectos, ganándose el respeto de todos y sin necesidad de renunciar al glamur de un traje de Balenciaga siempre que podía.

Su paso por la universidad fue brillante. Al terminar el primer curso les autorizaron a ella y a su amigo y compañero F. Chueca Goitia, a preparar durante el verano el segundo curso, “que era mucho más fácil y descargado que los demás”, como explicaba ella misma, y examinarse en septiembre. Aquel adelanto resultaría providencial, porque le  permitió terminar un año antes y licenciarse el 15 de julio de 1936, tres días antes del comienzo de la guerra civil.

Los principales periódicos de la época consideraron un acontecimiento que una mujer se convirtiese en arquitecta. El primero en adelantarse a la noticia fue el periodista Felipe Morales, que aborda a Matilde en la escalera de su casa y publica la conversación en La Voz, acompañada de una fotografía con un grupo de compañeros en la comida de fin de curso. “Reportaje en una escalera” es un ejemplo de la ingenuidad de la joven en el trato con la prensa y de la falta de escrúpulos del periodista, que no tiene reparo en contarle a los lectores cómo la ha engañado asegurándole  que sus declaraciones no se publicarían. La entrevista apareció en primera plana y  encontramos en ella un par de asuntos interesantes. El primero, la modestia de Matilde por sus logros, “Pero ¡qué importancia le dan ustedes a esto! Porque una chica haya estudiado y termine su carrera, ¡hala!, a hacerle una interviú”. Modestia que mantuvo hasta el final de su vida, como revela su biógrafo J. Vílchez: “¿Por qué realizas una tesis sobre mí si yo no he hecho nada importante?”, le preguntó Ucelay. Y es que siempre dio la impresión de no concederle importancia a logros que fueron extraordinarios en su momento.

Matilde Ucelay a pie de obra.                                                  Foto:  Patrimonio Historico y Archivos Comunidad de Madrid.

Resulta también sorprendente en aquella primera entrevista, la claridad con la que formula las ideas arquitectónicas que luego pondría en práctica: “La construcción basada en los atrevimientos de los ángulos y de las rectas tiende a desaparecer. Estas modas importadas principalmente de Francia y Alemania no pueden determinar una modalidad arquitectónica en España. Las nuevas concepciones van a buscar lo que es tradicionalmente español, para nuevas realidades, en lo que lo moderno se mezcle a lo genuinamente nacional. Pero esto no es para hablarlo así, a la ligera”. Aquí ya aparecen resumidas las líneas maestras de la arquitectura de Ucelay, donde se produce una sabia armonía entre el clasicismo y las corrientes de su tiempo, inspiradas en su admiración por la obra de S. Zuazo, A. Palacios y J. Martí entre los primeros, y Le Corbusier y Wright entre los segundos.

A pocos días de concluir sus estudios, son varios los periódicos que se hacen eco del homenaje que iban a tributarle en el Colegio de Arquitectos por ese motivo. El diario ABC (9 de julio), llega a incluir una fotografía suya con la noticia en su sección “Figuras del momento”. Junto a ella,  el arquitecto T. Anasagasti —el mismo que cuatro años se preguntaba si las mujeres podían ser arquitectas—, y el escultor gaditano Juan Luis Vasallo —que por aquellas fechas había sido premiado en el Concurso Nacional de Escultura. El evento en cuestión se celebró el día 10 de julio en el Hotel Nacional y asistieron figuras relevantes del mundo de la política, como los ministros de de Educación y de Gobernación, el también arquitecto Amós Salvador. A Matilde Ucelay, sin embargo, no le dio tiempo ni siquiera apenas a disfrutar de la alegría de su recién obtenido título. Pocos días después de los últimos exámenes estalló la guerra.

Durante la guerra Ucelay se casa con su novio José Ruiz Castillo, miembro de una conocida familia de editores madrileños. La mayor parte de la guerra la pasaron en Valencia. Al terminar contemplaron la posibilidad de exiliarse en México, pero finalmente deciden quedarse en España y afrontar lo que venía. En su caso le esperaba, como dijimos, un Consejo de guerra. Sus inclinaciones de izquierdas, un viaje a la URSS en compañía de su novio y un grupo de amigos, su militancia sindical, su iniciativa de reabrir el Colegio de Arquitectos de Madrid en plena guerra y su nombramiento como Secretaria del mismo, seguro que tuvieron que ver en el severo castigo que se le aplicó: la inhabilitación durante cinco años para ejercer, la inhabilitación a perpetuidad para desempeñar cualquier cargo público y una multa de treinta mil pesetas de las de entonces que nunca llegaría a pagar.

Casa Auria de Matilde Ucelay en Pozuelo (1976). Foto: El poder de la palabra.

Todo ello no fue capaz, sin embargo, de doblegar la voluntad inquebrantable de Matilde Ucelay de convertirse en arquitecta. Aún sin permiso para ejercer, realizó sus primeros proyectos, gracias a la ayuda de dos compañeros que prestaban su firma. Luego, tras ser rehabilitada, desplegó una intensa producción, con más de 120 proyectos. Una exitosa trayectoria que comenzó con la Casa Oswald, gracias a la escritora y abogada gaditana Mercedes Formica, amiga común de Ucelay y de Marta Segovia, casada con el financiero suizo Víctor Oswald. A esta obra siguieron fábricas, locales comerciales y, sobre todo, un buen número de chalets y viviendas para una clientela con alto poder adquisitivo, tanto nacionales como los Marichalar, los Benítez de Lugo o los Ortega Spottorno; como extranjeros, las familias Kirby, Thyne o Weissenberg. Es una arquitectura meticulosa y detallista, que huye del espectáculo para centrarse en el diseño intimista de los interiores, adaptándose siempre al gusto y necesidades de los clientes.

El reconocimiento a una carrera excepcional se tradujo en la concesión del Premio Nacional de Arquitectura en el año 2004, a los noventa y dos años de edad.

 

Autor

  • Gonzalo Durán

    Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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