Las tentaciones del Inquisidor

Anda por los escenarios El gran inquisidor (Excéntrica Producciones). Anda en pocos escenarios porque el teatro, ahora y aquí, difícilmente funciona si no cuenta en el reparto con uno de esos actores de serie televisiva de pésima dicción y peor percha. El caso es que, cuando se da la posibilidad de representarse, El gran inquisidor llena el teatro y sobre todo conmueve profundamente al público, sea cual sea la condición y el ideario de éste.

El texto que interpreta en pasmoso estado de gracia Gregor Acuña es una adaptación para el teatro de un episodio de Los hermanos Karamázov, esa novela “del mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos”, Fiódor Dostoyevski. La pasión que inevitablemente parece despertar la obra del ruso se revela en apegos a su escritura tan heterogéneos como los de Freud, Stefan Zweig o el Papa Francisco, sobre quien hace poco el periódico La Nación Argentina publicaba un artículo titulado “Bergoglio, amante de Dostoievski, Borges, el tango y el fútbol”. ¿Qué dice el Inquisidor para conmover de ese modo a creyentes y ateos, fieles y paganos, fervorosos y descreídos, verdugos y esclavos?

Dostoyevski cuenta en su novela cómo en tiempos de la Inquisición (cuando “en magníficos autos de fe se quemaban horrendos herejes”) Jesucristo aparece en Sevilla, no para anunciar el Juicio Final, sino para de algún modo dar consuelo a los humanos, mostrándose tan humano como ellos. El Gran Inquisidor (trasunto, al parecer, de Torquemada), excitado aún por la borrachera de muerte que la quema de un centenar de herejes le había proporcionado el día antes, reconoce a Jesucristo al instante, lo encierra y firma su condena a la hoguera. Las horas de cárcel son aprovechadas por el Inquisidor para reprochar al preso sus acciones: ¿por qué predicaste la libertad a los humanos siendo ellos incapaces de ejercerla, siendo la prioritaria voluntad de los hombres la de ser esclavos, dueños de un solo señor?; ¿por qué vuelves ahora y me arrebatas la autoridad, habiendo dejado en nuestras manos, las de la Iglesia, la misión de ser amos y verdugos de la humanidad?

Gregor Acuña en una escena de  'El gran inquisidor'.
Gregor Acuña en una escena de ‘El gran inquisidor’.

Publicado en 1880, el texto ruso proyecta ese momento crítico del cristianismo -alborotado por el espíritu romántico del siglo XIX- en el que la figura sagrada de Jesucristo quiso perder solemnidad y mostrarse humanizada. De esa época, por ejemplo, son las pinturas que muestran al Crucificado con el pene erecto, poniendo así en duda su naturaleza infalible. En España, tales dudas fueron fieramente expresadas por nuestro cristiano más agónico, Miguel de Unamuno, cuyo San Manuel Bueno, mártir bien podría leerse como réplica bienhechora del demoníaco Inquisidor de Dostoyevski. Porque tanto Manuel como el Inquisidor guardan el mismo secreto: no creen y su propia falta de fe es lo que los anima a distorsionar el mensaje bíblico, prometiendo paraísos el primero, amenazando con infiernos el segundo. Y ambos también tienen el mismo conocimiento, pues su formación eclesiástica les ha enseñado que el hombre no puede vivir sin ficción, esto es, sin un sentido espiritual de la existencia. Ambos, en fin, son perfectos ministros de esa Iglesia, de esta Iglesia, construida sobre la superstición, la mentira y el afán de control de los seres humanos. Para ambos el que Jesucristo sea un hombre es un mal negocio.

La interpretación que hace Gregor Acuña del Inquisidor es más unamuniana que rusa. No se alimenta de los pregones liberacionistas del Vaticano II, como sospecho que sí lo hace el Papa Francisco cuando se confiesa amante de Dostoyevski y del tango porteño, ni se nutre de la falsa idea de que la libertad y la fe son compatibles. Es una puesta en escena agnóstica y sin embargo religiosa. Por eso conmueve. Por eso pude oír a alguien del público –de los más viejos del público- decir emocionado: “Ya mi padre me recordaba todos los días que Dios era hombre”.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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