De usar y tirar

Cuando las películas de Campus Cinema se proyectaban en el Gran Teatro Falla, allá por el Pleistoceno más o menos, íbamos en pandilla cada martes, pusieran lo que pusieran. Gracias a la colaboración entre el Vicerrectorado de Extensión Universitaria y el Ayuntamiento, pudimos asomarnos a un cine que en Cádiz era imposible ver, a no ser que fuera en el mes de Septiembre, en Alcances. Nos daba igual la película, aunque teníamos especial predilección –no sabíamos por qué- por las orientales: chinas, coreanas, thailandesas, vietnamitas… Había algo en esos tiempos tan extraños, tan dilatados, tan diferentes del cine norteamericano, que nos atrapaba. Algunos de nosotros –no diré quiénes- se fumaban alguna cosita antes de acceder al teatro para ayudar al cerebro a entrar en aquella dimensión tan ajena a nuestro concepto del ritmo y de la acción. La cámara se detenía aproximadamente un cuarto de hora para filmar un reguero de hormigas transportando hojas, o la cara de una niña mirando la nieve…

Entre aquellas escenas, hay una que me hipnotizó, aunque solo más tarde, después de bastantes años, he entendido su significado, o al menos eso creo.  No estoy segura si la película era El olor de la papaya verde, o quizá fuera otra… La escena era la siguiente: a una niña se le rompía un tazón en varios pedazos. Y aquello era un drama, algo terrible. Alguien la ayudaba e iba con ella a llevar el tazón a un hombre cuyo oficio era, por lo visto, arreglar objetos rotos. El hombre recogía el objeto y a continuación, los siguientes diez minutos o algo así de la película eran unas manos arreglando el cuenco. Con una delicadeza, una habilidad, un amor, una presteza, una estética, que era imposible apartar la mirada de la pantalla (y juro que yo no fumaba). Finalmente el cuenco se arreglaba, apenas se notaban las grietas que delataban el accidente. Y la niña se volvía a casa, feliz.

primark en madrid
Uno de los grandes almacenes más grandes de España, abierto recientemente en Madrid.                                  Foto: Europa Press.

En estos días en los que se ha inaugurado en plena Gran Vía de Madrid una nueva tienda de ropa, la más grande que tiene la cadena en España o yo qué sé qué es lo que dicen,  he vuelto a recordar esta escena. Últimamente me cuesta trabajo entrar en estos almacenes de ropa, donde el textil, tratado sin amor, se amontona en cantidades ingentes, arrugado, hacinado en perchas, de una manera obscena, ropa y más ropa y más ropa de consumo rápido, ropa de la que la que uno ya se ha cansado antes de llegar a casa con la compra, ropa tras la cual uno sabe –y lo sabe- que hay explotación de seres humanos del tercer mundo, niños entre ellos, que trabajan en condiciones salvajes en naves precarias. Gente que a veces muere cuando estas naves se derrumban –lo sabemos- que muere para que nosotros podamos devorar ansiosamente lo que fabrican para tirarlo dentro de dos meses, “por cuatro duros te compras uno nuevo”… Igualmente sucede con los muebles: prolifera el concepto “renueva tu vida” tirando cada poco tiempo el mobiliario que nos aburre para comprar otro, “por cuatro duros te compras uno nuevo”, sin atrevernos a pensar que a lo mejor nos estamos equivocando cuando culpamos de nuestro aburrimiento a esa mesa de nombre impronunciable, en vez de a nuestra propia vida… Mientras tanto, la basura del primer mundo aumenta, el viejo continente y su primo hermano todopoderoso de enfrente vomitan deshechos, productos de usar y tirar, y dicen que en medio del océano hay ya una isla del tamaño de Manhattan hecha de nuestra porquería consumista, de ese “cuando te canses, lo tiras y ya está”.

Frente a esto, las palabras “para siempre” parecen una aberración, un pecado, algo que va contra el sistema. Si el cuenco se rompe, se tira a la basura, se baja al chino y “por cuatro duros te compras uno nuevo”. Porque las cosas no tienen valor, ni las personas, y todo es sustituible porque no hemos puesto ni el alma ni la mirada en nada, porque nos importa un carajo de dónde vienen las cosas, porque no hay ética en el consumo, porque nos rodeamos de objetos asépticos que no tienen una historia detrás.

Muebles para siempre, utensilios de cocina para siempre, amigos para siempre, amores para siempre… ¿Qué es eso? Difícil mantener un compromiso de este tipo en un mundo donde el usar y tirar es la norma imperante, donde los seres humanos vagamos con la mirada atorada, atragantada por la visión de millones de objetos en venta que desechamos nada más poseerlos, como si los vomitáramos, porque estamos ahítos de consumir sin amor, de consumir pura porquería.

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