Hoy Lucía cumple once años

Atravesé la puerta principal con la sensación de que había pasado mucho tiempo, tanto, que no podía recordar la fisonomía de ese lugar, sus colores, sus olores…  Todo me resultaba extraño, como si estuviese en otra estación, nada que ver con la que, cada mañana, abría sus fauces para arrojarme a la rutina a bordo de uno de sus trenes. Sentí que, a pesar de los días transcurridos, aún flotaba en el ambiente un olor acre y corrosivo que convocaba el espanto. A mi mente, volvieron nítidas las imágenes de hierros retorcidos, gente caminando como zombis, gritando, tapándose la cara con las manos ensangrentadas.

Los pasajeros arrastraban sus maletas con desgana. Las cafeterías estaban prácticamente vacías. El rostro sombrío de los camareros contrastaba con la vistosidad de los expositores, rebosantes de bocadillos y dulces que nadie compraba, como si comer en ese lugar fuese una falta de respeto intolerable hacia los que, días atrás, habían perdido la vida a pocos metros de allí. Algunos dependientes observaban el ir y venir de la gente desde la puerta de sus tiendas completamente vacías. Otros, cambiaban los escaparates, tal vez esperando que las novedades atrajesen la atención de los pasajeros.

Alcancé el vestíbulo y cogí la escalera mecánica que conducía a los andenes desde donde salía mi tren. Cuando alcancé el piso superior, un insoportable olor a cera me abofeteó. Decenas de personas depositaban velas y flores en un improvisado altar con cientos de fotos. Algunos lloraban, otros rezaban. Todos guardaban silencio. Permanecí un rato de pie frente a la multitud, deseando huir, pero incapaz de moverme. El silencio, apenas alterado por el chisporroteo del fuego de las velas, era tan espeso que sentí que se adhería a mi cara, a mis manos, a mis piernas.

Miré el panel donde se anunciaban las salidas: tenía dos minutos para llegar al andén. Me abrí paso a toda prisa entre la gente y alcancé a cogerlo instantes antes de que sus puertas se cerraran. Tras unos segundos de parálisis en los que fui incapaz de levantar los ojos del suelo, lancé una mirada furtiva alrededor. Buscaba a la gente con la que solía coincidir: desde el atentado, había desarrollado una inexplicable capacidad para recordar  a aquellos a los que veía con más frecuencia, sus facciones, sus conductas: el que leía sentado o de pie, el que exhalaba un olor a colonia de baño que me transportaba a la infancia, la mujer que siempre iba peinada de peluquería, el joven  cubierto de tatuajes y de piercings que cedía su asiento a las personas mayores… Deseé que ellos también se hubieran torcido el tobillo, que se hubiesen quedado dormidos, que la abuela, o la que cuidaba de los niños, no apareciera esa mañana impidiéndoles coger el tren que estalló por los aires ese fatídico día.

Ilustración de Caridad Soto.

Recorrí el vagón con una mezcla de miedo y expectación. A mi lado, un par de adolescentes dormitaban en sus asientos con las piernas extendidas ocupando parte del estrecho pasillo. Enfrente, un anciano jugueteaba con el mango de su bastón y una mujer joven, de pie junto a la puerta, mecía un cochecito tratando de calmar a su bebé, que lloraba sin consuelo. Un punki movía la cabeza al ritmo de la música que salía por sus auriculares, un hombre enchaquetado tecleaba en su móvil… Nadie conocido. Hasta que reparé en ella. La mujer del pelo rojo y los pies grandes. Me fijé en esa mujer un día que se sentó frente a mí. Era pequeña y, sin embargo, tenía unos pies enormes, desproporcionados y siempre enfundados en unas botas negras desgastadas por la puntera. Desde entonces, cada vez que coincidíamos en el vagón, me acordaba de Bigfoot y me reía para mis adentros. Ella también me vio.  Estuve tentada de acercarme a decirle que el día del atentado me torcí un tobillo, esguince grado dos, tres semanas de reposo… ¿Y a ti qué te pasó?, pero no lo hice. Solo le sonreí. Y ella me devolvió la sonrisa. Sonrisas de supervivientes. Entonces, comprendí lo que mi padre quería decir cuando se refería a su paisaje familiar, ese en el que habitaba la frutera, que seleccionaba las mejores fresas para él; el portero que, cada lunes le informaba de cómo iba el Betis en la clasificación; el limpiacristales, que lo saludaba desde el otro lado del escaparate del bar; su médica de cabecera que, cariñosamente, le reñía cuando él le confesaba que aún se fumaba un par de pitillos al día. «Un paisaje poblado de gente que sube con nosotros la empinada cuesta de la existencia cada mañana, gente que arrastra sus legañas, sus sueños rotos, sus miedos, sus frustraciones, sus amores y sus anhelos. Como nosotros…», repetía.

Mientras le sonreía a esa desconocida, que ya no lo era tanto, fui ferozmente consciente de la fugacidad de la existencia, de lo poco que somos y lo breve que es este milagro llamado vida, aunque nos engañe el espejismo de la eternidad.

Esa tarde, al volver a casa, me metí en la ducha y estuve mucho tiempo bajo el agua. Me froté el cuerpo con violencia, con furia, con desesperación, con rabia, con enojo, con amargura. Necesitaba despegar de mi piel el olor a hierro caliente, sangre, dolor y muerte con el que llegué. Dejarla limpia para que en sus poros penetrase la vida, esa que, como a la mujer del pelo rojo y los pies grandes, me había dado una tregua.

Una torcedura de tobillo, pura chamba.

Esa noche, Ernesto y yo, sin saberlo, con nuestros cuerpos sudorosos, anhelantes, lujuriosos y atravesados por un deseo animal que no se pregunta porqués, convocamos la vida.

Hoy Lucía, cumple once años.

La vida siempre se abre camino…

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