Ilustración de Manuel Martín Morgado.
I
Mi padre, una vez enviudó, se las arregló para no estar. Fue su forma de ausentarse antes de que la muerte se lo llevara. Otros se marchan con el típico portazo que deja en la casa una huella de furia, o aquellos que aspiran a la inmortalidad de la cobardía investida de gesto heroico. La suya consistió en una retirada lenta, ataviada de cotidianidad y despojada de ceremonias. Desertó del reparto diario del pan en la mesa, de las trilladas conversaciones, de su obligación de dedicarnos a su media docena de hijos una mirada de lástima.
Su presencia se reducía al olor a nicotina que flotaba en el sobrado. Las moscas danzaban en torno a él como su única compañía. Pasaba las horas enroscado en la hamaca, el cuerpo plegado como si fuera una arruga más de su rostro. La camisa manchada de café decía lo que él ya no intentaba ocultar. Envuelto en una tristeza que olía a vino agrio, tarareaba, en sus mejores momentos, uno de sus estribillos de siempre.
No siempre fue así. Recuerdo noches en las que regresaba de la calle con una alegría difícil de explicar. Cuanto más se enfurruñaba mamá con sus payasadas y estropicios, más grandes se volvían sus carcajadas. Su alegría parecía alimentarse de sus enfados. Cantaba coplas que mamá detestaba, se ponía bailar a solo, acababa de tirar las cosas cuando intentaba sostenerlas y, después de todo, se quedaba dormido en una silla.
A veces me cogía por la cintura y me lanzaba hacia arriba, hasta hacerme creer que podía tocar las vigas del techo. Mi madre protestaba desde la puerta. Él se reía. Años después he pensado muchas veces en aquello. Quizá porque en aquella experiencia estaba ya contenido todo lo que vendría después. Mi madre temiendo mi caída. Mi padre convencido de que yo estaba seguro en sus manos. Y yo suspendido entre los dos, sin saber todavía que mi padre me preparaba para cuando tuviera que caer solo.
Tras la muerte de nuestra madre su palabra se fue apagando entre las cenizas de sus prolongados silencios. Las últimas que le recuerdo, las que amparaban sus quejumbrosas despedidas: ‘Bueno, arreglarse entre ustedes, que yo me meto en la cama’. Eso se convirtió en su forma habitual de darnos las buenas noches, en su manera de decirnos que no podía, que no sabía o que no quería cargar con el peso de nuestras bocas abiertas ni con la música estéril de las cucharas golpeando el borde de los platos. Ahora, pasados los años, me sospecho que vivía a la espera de una desgracia, como si el mundo conspirara a diario contra él para quitarnos lo poco que aportaba: el aceite del quinqué, las acostumbradas legumbres y el escaso pan para llevarnos a la boca.
Y yo, su primogénito, elegido por él como emisario.
Era yo quien tenía que ir a pedir fiado al panadero, a la viuda del estanco, al vendedor de comestibles, al montañés de la taberna. El mismo que regresaba con las manos vacías y la cara chorreando con el sudor de la vergüenza. Siempre tuvo mala memoria, pero jamás hizo uso fraudulento del olvido. Lo suyo solo era una indiferencia aprendida frente al paso de los días. Deambulaba por la casa sin futuro, encontrando amparo en los rincones en penumbra. Bebía sin gusto, apurando hasta la última gota del vaso. Como si temiera el momento en que el alcohol dejara de ser un escape y acabara convertido en agria rutina. Una forma de rellenar el boquete grande de su vida sin necesidad de reconocer sus fracasos.
II
Una mañana, él me llamó con su voz agria. Me dijo que cogiera la botella del vino y fuera a la taberna. Tenía que pedirle al montañés, como él lo llamaba, que me la llenara y que la pusiera en su cuenta. El desabrido montañés me miró con cara de pocos amigos. Hizo a regañadientes lo que mi padre quería, pero me advirtió que era la última vez que le fiaba el vino. Lo mismo me ocurrió en el estanco y también en la panadería. Cada vez que volvía, arrastrando tras de mí una nueva derrota, él me estaba esperando en la cocina. Nos mirábamos a los ojos como autores de una mutua traición.
Él no acertaba a acusarme o a consolarme. Yo no estaba seguro de si él necesitaba mi compañía o si prefería lamerse sus heridas en soledad. Lo cierto es que, con el tiempo, la casa perdió su centro en la cocina y se organizó alrededor de su cama. Una palmatoria con viejas lágrimas de cera proyectaba un halo inquietante sobre su cabeza. En la mesilla siempre había una taza vacía con colillas y posos de café, y, su lado, aquella radio averiada que alguna vez fue guardiana de sus insomnios.
Sus manos, antes fuertes, eran una topografía de venas sobresalientes y antiguas heridas de leñador. Nadie armaba un horno mejor que él, aseguraban quienes venían a buscarlo para eso. Sus uñas aún mostraban residuos de la negrura del carbón, y las yemas de los dedos lucían el tono amarillento del barniz de la nicotina. Muy de madrugada engañaba el sueño armando canastos con tiras de carrizos.
Se había retirado a su dormitorio, como si hubiera decidido que su cuerpo dejara de ser un estorbo.
Ya no se rascaba la cabeza como antaño, con la mirada fija en las grietas de los ladrillos del suelo. Ni siquiera nos decía “arreglarse entre ustedes” a modo de despedida. Su alcoba se había convertido en una especie de santuario. Un recinto donde los ruidos indeseables del mundo no debían encontrar cabida. El vino y el tabaco, sus hábitos irrenunciables, convertidos en las ofrendas para esa presencia de toses rotas que me aguardaba al final del pasillo.
Sin ser esa mi voluntad, yo pasaba horas sentado junto a él, leyéndole las novelas del oeste que tanto lo distraían. A veces le hablaba sin que me prestara oídos. La mayor parte del tiempo callaba, porque el silencio parecía serle tan necesario como el oxígeno cargado de humedad que mi padre respiraba.

Nuestra última conversación, si puede llamarse así, sucedió una madrugada en la que un viento helado metió sus uñas por las rendijas del ventanuco. Una de esas noches que encogían los corazones y agrandaban los desvelos. Lo oí quejarse desde mi alcoba, como si mantuviera una conversación con alguien que no estaba allí. No obstante, no me pareció que estuviera despierto cuando entré en su cuarto. La vela proyectaba su luz tibia y noté que su respiración se hacía cada vez más débil. Busqué breve acomodo al borde de su cama. Entonces entreabrió sus ojos. Las palabras, torpes, fueron brotando por sí mismas, al hilo de aquella costumbre de estar juntos.
‘A ti siempre se te han dado bien los libros, muchacho’.
Le toqué la mano. Tenía la piel seca y fría. Él, sin fuerzas para hablar, se aferró a la mía con la misma ceguera de siempre, como queriendo asegurarse de que no lo iba a abandonar. ‘¿Te duele?’, me salió sin pensarlo esa pregunta que ya has aprendido a hacer cuando algo te avisa de que el tiempo se acaba. Él me miró con los ojos pequeños, velados por la misma oscuridad de la alcoba. Suspiró sin demandarme auxilio y negó con la cabeza.
‘No tanto’, dijo. ‘No es tanto el dolor, sino este ruido de olla hirviendo dentro de la cabeza’.
Había un cansancio tan grande en su voz que ni siquiera ahora encuentro una metáfora que pueda abarcarlo.
‘Me duelen los días, la cosa del hablar y también las trampas que os voy a dejar y que ahora no soy capaz de traer a la memoria’.
Después hizo un esfuerzo que le arrancó un quejido hondo, inclinó la cabeza y me dijo, con voz muy baja: ‘que me perdonen los vivos, hijo, que los muertos ya me tienen que estar esperando’. Me habría gustado responder con una confesión que rellenara los vacíos del tiempo irrecuperable. Decirle que entendía lo que no tenía explicación, que le perdonaba lo que hubiera de ser perdonado, incluso que lo había llegado a querer en la forma que él me lo permitió. Ya no era el mismo hombre al que había visto enfurecerse con los abusos y las injusticias del mundo. Me quedé mirando su barba de muchos días y el modo en que su mandíbula se movía ajena a su voluntad. Solo pude devolverle una frase en la que comprimí como pude todo el rencor, la ternura y la vergüenza acumulada durante catorce años de privaciones.
‘No tienes que pedir perdón, pá. El perdón, si tiene que venir, vendrá por sí mismo’.
Volvió a suspirar. Para aliviarlo un poco le compartí ciertas fantasías. La del sol que pronto asomaría, la de la parra del patio que parecía haber remetido fuera de temporada, la de ciertos sucesos del barrio que, en otro tiempo, le habría despertado una enorme curiosidad. En esos fragmentos de charla reconocí la necesidad de hacer lo que marcaba la costumbre para no enfrentarse a la tremenda pregunta que nos aguardaba al final. Entonces mis palabras cayeron sobre su conciencia. Él relajó sus párpados, y yo me quedé a escuchar su respiración, midiendo los intervalos con miedo a encontrarme con el latido final.
No recuerdo que se diera el instante preciso del acabar. Fue como el lento amainar de una tormenta. Se durmió con su mano refugiada debajo de la mía. La casa no lo notó. Solo el armazón de madera de la cama dejó escapar un crujido cuando yo me puse en pie.
III
Hoy miro a mi padre desde la lejanía, pero sin nostalgia. Desde esa distancia que nos ofrece el tiempo cuando uno comprende que ha escapado al destino que lo había traído al mundo. No lo juzgo ni lo glorifico. Simplemente lo acepto. He de admitir que soy su fruto, y eso a veces aún me duele.
Lo reconozco en ciertos gestos que creí míos. Cuando me encierro en el baño sin necesidad orgánica alguna o cuando me enrosco en mi cama como si el estruendo del mundo fuera demasiado grande para mí. A veces me sorprendo a mí mismo diciéndole a los míos aquello de ‘arreglarse entre vosotros, que yo me voy a la cama’. Y entonces me detengo. Me quedo quieto, con la mano en el pomo de la puerta, como si escuchara un eco antiguo que no quiero heredar del todo.
Mi padre no supo estar en el mundo para nosotros, pero tampoco quiso dañarlo. Con los años he aprendido a mirar aquella retirada suya de distintas maneras. Ninguna termina de explicarla del todo. Y aunque eso nos dejó solos a mis cinco hermanos y a mí, también nos enseñó a habitar su ausencia como quien aprende la más difícil de las lecciones. Desde entonces, entre lecturas y tras años de estudio, no hay día en que no lo piense. Con una especie de reverencia silenciosa, ajena a la tristeza. Como quien recuerda a alguien que no supo salvarnos, pero tampoco quiso hacernos sufrir. Un hombre torpe, hecho de miseria y barro, que se obligó a ser invisible y terminó por volverse su propia sombra. A veces todavía recuerdo aquellas vigas del sobrado. Mi padre me lanzaba hacia ellas convencido de que sus manos siempre llegarían a tiempo para recogerme. Supongo que durante muchos años yo también lo creí.
Si algo rescato de todo eso es la certeza de que el amor no siempre se parece a lo que esperamos. A veces es torpe, silencioso, incompleto. En otros casos se parece más a una sombra que a la claridad. Pero ni aun así podemos negar que siga siendo amor. Y yo, como planta que aprendí a sobrevivir bajo la sombra de aquel árbol, intento ahora recordarlo sin rencor, por más que no consiga pronunciar su nombre.

