El Ginkgo Biloba y el valor de la espera

“Cultivar un árbol es dejarme cultivar por él”

Clara Obligado

Cuando lo conocí era apenas un retoño de unos quince centímetros que llegó a la finca una mañana excepcionalmente fría y nubosa de finales de mayo. Corría un viento desapacible y enormes masas de nubes cenicientas parecían querer descargar sobre el campo con la intensidad y la furia de un diluvio. Sin embargo, y a pesar de la climatología, todo era luz, todo despertar. La fronda crujía, latiendo imparable en su carrera imperceptible por la vida, y los pájaros nos ensordecían con sus trinos, afanados en sus tareas primaverales, en un ir y venir tan consciente, tan sagrado y tan lleno de sentido, que los quehaceres humanos a su lado  resultaban triviales y prescindibles. El aire estaba poblado de los gemidos tiernos de las frutas que comenzaban a brotar de las flores de los ciruelos, de las higueras cuajándose de hojas, del trigo rubio y erguido sobre las amapolas, y de los grandes astros de la finca, los girasoles, que comenzaban ya a mostrar sus vibrantes cabezas amarillas sobre el verde brillante de sus hojas.

No sabría describir la impresión primera que me produjo aquel esqueje nudoso, de color pardo grisáceo, muy yerto, con surcos y hendiduras muy marcadas, que el ingeniero nos trajo con la amplia sonrisa de un niño que muestra a su madre -con una mezcla de inocencia y orgullo- el descubrimiento de un nido de mirla, de una oruga, o del vuelo de una mariposa, como si de un prodigio se tratara. En realidad, todo en la naturaleza lo es. “Es un Gikgo Biloba -nos dijo-, el árbol de la vida. No es la época idónea para plantarlo, pero este árbol lo resiste todo, así que, vamos allá y esperemos a ver qué pasa”. Contagiados con su emoción, pero con la incertidumbre y la desconfianza de quien necesita ver para creer, le hicimos un hueco en un lateral de la casa, junto a una mata de hierbaluisa y un pequeño seto de lavanda, en una tierra caliza –la famosa albariza de los viñedos jerezanos- que parecía abrirle unos brazos hostiles y yermos.

El término Ginkgo deriva del chino Yin-Kuo: “damasco dorado”. La intensa coloración amarilla que presenta su copa en otoño le valió el nombre de “árbol de los cuarenta escudos”, y cuando caen sus hojas en esta estación parece “oro que llueve”. Su llegada a Europa parece atribuirse al explorador inglés Engelbert Campfer, allá por el siglo XVII, y dado su nulo parecido con cualquier otro árbol, los botánicos europeos tuvieron muchas dificultades en clasificarlo. A partir del siglo XVIII se empleó como planta ornamental y se convirtió en un popular árbol de calle.

Desde tiempos antiguos, el Ginkgo Biloba ha sido plantado en jardines y en templos budistas, confucianistas y sintoístas en China y Japón, y cerca de lugares sagrados; los ejemplares más viejos –de más de mil años- son venerados como dioses. Aunque está en peligro de extinción en estado silvestre, sigue creciendo en este estado en los montes de Tianmu, en la provincia china de Zhejiang.

Sin parientes cercanos vivos, este longevo árbol que puede llegar a vivir más de tres mil años sin plagas ni enfermedades conocidas, es prácticamente un fósil viviente, un bello eslabón entre el presente y el Mesozoico, en el que aún vivían los dinosaurios. Con el paso de los años no desacelera su crecimiento y la calidad de sus semillas no merma con la edad. De él se cuentan historias fascinantes. Así lo escribe Clara Obligado: “En Hiroshima hay árboles que sobrevivieron a la bomba atómica. Los japoneses los llaman hibakujumoku, y son un himno a la fuerza de la vida. A estos ancianos sabios se los conoce y se los respeta: un ginkgo, un pino negro japonés con una cicatriz y un muku, tres ejemplares muy comunes en los jardines clásicos. […] El ginkgo brotó entre las ruinas de un antiguo templo budista y es ahora el símbolo del renacimiento. Alguien escribió debajo: Nunca más Hiroshima.”

Este aparente milagro de la naturaleza realzó el estatus sagrado del árbol en Japón, donde se le conoce como “portador de esperanza”.

Con este panorama tan prometedor que me ofrecía su historia, acudía todos los días a trabajar con la emoción de ver los primeros brotes verdes de aquel jovencísimo “portador de esperanza”, que iba a ser mi fiel acompañante junto a la ventana de mi despacho. La teoría era muy estimulante, pero nada sucedía. Transcurrió la primavera y llegó el tórrido verano a la campiña, con sus altas temperaturas y el molesto levante, que dejaba agostadas todas las plantas y flores del porche con su implacable y fiero paso por la finca. Recogimos los higos y las ciruelas, el trigo y el girasol. Nada. El palito seguía sin dar señales de vida, aunque permanecía orgullosamente erguido ante la mirada observadora y complaciente del ingeniero que, de vez en cuando, revisaba que siguiera bien sujeto a su tutor.

Recogimos las granadas y llegó el otoño, y con él la cosecha del olivar y el movimiento incansable de la cuadrilla durante tres largas semanas, con sus vibradores mecánicos y sus telones, recolectando toneladas del preciado fruto madurado en largos días de sol, de viento y de lluvia, con la complicidad –y las travesuras- de los conejos, meloncillos y ratones, a los que intentaba mantener a raya el pastor eléctrico. También era constante la presencia de los vencejos, las lechuzas y los autillos, dueños absolutos del aquel imperio arbóreo que cada año crecía en tamaño y productividad.

Hojas de Ginkgo Biloba. Foto: wal_172619.

Fue aquel un invierno particularmente lluvioso, con dos o tres días de frío intenso que helaron los aguacateros y provocaron algún que otro desastre entre la población de la gatera de la choza del guarda.

Un día de principios de febrero, cuando mi ilusión infantil estaba comenzando a desvanecerse ante la falta de estímulo, vislumbré desde la puerta del coche lo que parecían ser menudos bultitos verdes en el rígido tronco del Ginkgo. Me limpié las gafas y aparqué junto a la oficina, como hacía cada día, bajo el arco esmeralda de la gran bignonia jazmín que florecía profusa e independiente, fuera la época del año que fuera. Me acerqué casi de puntillas, con el corazón latiéndome con fuerza, sintiendo que algo importante había sucedido.

En efecto, aquella ramita sin personalidad y, aparentemente, sin futuro, que había llegado a la finca para quedarse, mostraba al fin una decena de yemas tiernas y tímidamente verdes que parecían querer explotar al sol de la mañana y presentarse, tras lo que había sido un preludio bastante largo y desconcertante. A partir de aquel día, todo fueron alegrías; las yemitas diminutas mostraban un movimiento constante que casi podía oírse, así que, a principios de abril, después de una semana de calor y lluvia intermitente, nuestro Ginkgo nos dejó ver sus primeras hojas apretadas en luminosos brotes repartidos de forma uniforme por todo el tronco. Preciosas hojitas verde claro en forma de abanico, finamente nervadas, con una textura asombrosa, como una tela antigua y valiosa.

Ni que decir tiene, que hicimos una pequeña fiesta alrededor conmovidos por aquella carrera de supervivencia –aparentemente para nosotros, claro- con final feliz, que había hecho florecer la ternura y el agradecimiento en todos nosotros, hombres y mujeres de poca fe en la madre naturaleza, que tanto necesitábamos que este pequeño suceso se produjera.  Aclarado el misterio y, desvelada, por fin, la fuerza y el vigor del nuevo inquilino de la finca, cada uno volvió a sus tareas y ocupaciones cotidianas. Y así llegó de nuevo el verano, el otoño, con la prodigalidad de las cosechas, y el desapacible y ventoso invierno. Han pasado diez años y el Ginkgo Biloba crece firme y absolutamente bello y sagrado, igual que un tótem, flanqueado por la hierbaluisa y la lavanda. Cada primavera, hasta bien entrado el otoño, nos regala su verdor indescriptible y exótico para luego, dejar ir sus hojas doradas y dormir el sueño invernal hasta la siguiente primavera.

Obligado escribe: “Vasos comunicantes entre escribir y plantar: el mayor atributo de un jardinero es la paciencia, no entendida como pasividad sino como una insistencia que se nutre de sorpresas. También tiene paciencia en su búsqueda quien escribe, no hay mejor abono para un texto que la espera. Así crecen los libros”.

La naturaleza nos enseña el misterio y el valor de la espera y, sobre todo, nos enseña la importancia real de vivir el presente, el instante. Sacarle a la vida todo el meollo, como decía Thoreau, se nos sigue resistiendo. El carpe diem serigrafiado en las tazas del desayuno no es más que eso, una frase. Somos humanos y, por tanto, incapaces de otorgarle al presente su auténtico valor. Se nos resiste la espera y la mera contemplación del momento que transcurre ante nuestros ojos, pues estamos más pendientes de la consecución de objetivos y de observar y valorar los logros una vez conseguidos, pero nos resulta casi imposible disfrutar del proceso. A propósito de esta reflexión, leo en estos días a John Fowles, que describió esta impaciencia y esta desazón humana de manera magistral: “Nos falta confianza en el presente, en el momento actual, en la visión efectiva, porque nuestra cultura nos dice que debemos confiar sólo en lo que se ha conseguido y explicado en el pasado, en lo que se ha formulado de forma pública, lo que se ha editado, lo que se ha expuesto siguiendo los parámetros de una perspectiva claramente artística o claramente científica. Una de las lecciones más importantes que hemos de aprender es la de que la naturaleza, por su propia naturaleza, se resiste a todo esto. Espera que la contemplemos de otra manera, en su presente individual y desde un ángulo que se corresponda con nuestro propio presente individual”.

Lecturas recomendadas: 

El árbol. J. Fowles. Impedimenta. Madrid, 2015.

La historia de los árboles. K Hobbs y D. Wes. Blume. Barcelona, 2020.

Todo lo que crece. C. Obligado. Páginas de espuma. Madrid, 2021.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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