En la colección De acá y de allá: fuentes etnográficas del CSIC se edita el Adivinancero de Hispanoamérica, de María Teresa Miaja, un repertorio de mil quinientas adivinanzas, acertijos, zazaniles y quisicosas, compilados por la investigadora a lo largo de toda una vida.
La etimología luenga y compleja de la palabra da cuenta de su raigambre milenaria en la cultura universal. “Su nombre indica lo divino, del divinare, addivinare latino, como un don especial envuelto en palabras que permite y/o propicia trascender lo humano, lo terreno, en busca de lo divino”, explica la profesora Miaja en su estudio introductorio, para así dejar sentado desde el primer momento que la adivinanza no es (solamente) cosa de juego, y que esa doble faz que la vincula, por igual, a la esfera mágica y a la intelectual habla, ante todo, “del afán por desvelar lo oculto, presente en la humanidad desde siempre”.
Otra cuestión que la autora aclara desde el principio es que la adivinanza forma parte de la lírica de tradición oral; conformaría, junto con las nanas, las coplas, los refranes y los trabalenguas, ese inacabable repertorio panhispánico de géneros breves entre los que a veces se diluyen las fronteras y que viven en perpetuo mestizaje y variabilidad con los únicos y poderosos soportes de la voz y la memoria. La autoridad de María Teresa Miaja para abordar el género de la adivinanza desde el profundo conocimiento de la lírica tradicional es indiscutible; de los años sesenta del siglo XX datan sus primeras incursiones en este campo, situadas en el marco de los estudios de folklore del Colegio de México, espacio desde el que algunos de los herederos de los exiliados españoles del 39 (caso de la profesora Miaja) han ejercido la investigación como una forma de pertenecer por igual -emocional e intelectualmente- a dos patrias.
Es ello probablemente lo que justifica la soltura y sabiduría con que la autora se desenvuelve en el terreno de la adivinanza, un género en el que localiza presencias culturales de muy diversos tiempos y espacios. En Hispanoamérica la adivinanza delata la coexistencia de la tradición indígena con la española, algo advertido ya por el curioso y sabio fray Bernardino de Sahagún, quien en el siglo XVI incluyera en su Historia general de las cosas de Nueva España un capítulo dedicado al género: “De algunos zazaniles de los muchos que usa esta gente mexicana, que son como los qué cosa y cosa de nuestra lengua”. Incluía allí el misionero un puñado de textos en náuatl, dando así testimonio de la presencia de la adivinanza en la tradición prehispánica. A lo largo de su investigación, la profesora Miaja ha podido documentar profusamente este hecho en toda la América hispana: en la zona andina de Perú, Bolivia y Ecuador, donde perviven las imasnari quechuas (¿Imasnari, imasnari, qué será, qué será?) y las hamusiñas de los aimaras (¿Cunasa, cunasa, qué es, qués es?), o en la del Río de la Plata (Argentina, Uruguay y Paraguay), con las maravichu (maravichu, maravichu, mba`emotepa, maravilla, maravilla, ¿qué será’) en guaraní.
La catalogación de este inmenso repertorio de pedacerías poéticas, oscilantes entre la magia y la sabiduría, se lleva a cabo con extremo rigor y saludable transparencia, pese a lo intrincado de la tarea. Las adivinanzas, primero, están ordenadas por categoría temática, evidenciando así los múltiples referentes a los que atiende el género. El universo prácticamente entero es convocado en algún momento por el adivinancero popular: el mundo de lo abstracto (el amor, la conciencia, el pensamiento, la muerte, la nada, el sueño, la vergüenza, el suspiro…), todo lo tocante a la fauna y flora (mamíferos, aves, reptiles, moluscos, flores, árboles, semillas…), a la geografía, a la religión, a los objetos, al juego, a las artes…
En segundo lugar, de cada adivinanza se ofrecen los textos correspondientes a las diferentes zonas en la que pervive, lo que permite apreciar la tradición mestiza de muchas de ellas y de ese modo comprender (o, sin comprender, asombrarnos de) ese modo de mirar y preguntar esencialmente humano que representa el género. “Se queda conmigo / si estoy callado / y se desvanece / apenas hablo”; “¿Sabés que cosa será / que cuando hablas lo rompes / y cuando callas está?”; “Si lo nombro, / lo rompo”. Son los enigmas planteados respectivamente en Chile, Colombia y Nicaragua sobre una sola realidad: el silencio.
Con sus estrofas andariegas, sus rimas básicas, su música primordial, las adivinanzas han servido -nos sirven- para jugar, desde su condición de rompecabezas verbales y desde su poder para despertar el gozo de la fantasía (“Una vieja tonta y loca / con la barriga en la boca / y los ojos en la frente, / adivina si te sientes” (la guitarra); nos sirven para acercarnos a la poesía y descubrir nuevas maneras de mirar el mundo (“Todos pasan por mí / y yo no paso por nadie, / todos preguntan por mí, / yo no pregunto por nadie” (la calle); nos sirven -y han servido a niños de cientos de generaciones- para aprender, fomentando la capacidad de razonar y de desencriptar de manera lúdica los conocimientos, agotando todos los recursos mentales posibles (¿Cuál es la que andando desmaya, / la que no gasta manto ni saya, / que a muchos produce afrenta / y que sólo al matarla está contenta?) Adivinen.
El adivinancero popular es un superviviente milagroso de la condición dialógica del ser humano. La necesidad de preguntar-responder, la exigencia de un yo y un tú para descubrir lo oculto, viven como fórmulas arcaicas en la naturaleza comunicativa de la adivinanza: “Maravilla, maravilla, / tú puedes adivinar, / ¿qué será? / En el aire anda, / en el aire mora / la tejedora” (la araña). El yo que propone el enigma y el tú que lo resuelve, conformes ambos en que para sentirnos humanos no es suficiente el dominio del discurso intelectual, sino que se hace igual de imprescindible el amor y la confianza en el otro: “Si quieres que te lo diga, ábreme tu corazón».


