I
“Dicho lisa y llanamente, escribir poemas no me ha hecho más feliz”, me dijo el poeta Juan Yolin (Santiago, 1986) cuando hablábamos de los gatillantes, sobre encontrar la inspiración en los lugares improbables. Y a eso remata: “Tampoco quería que lo hiciera, pero sí me ha dado sentido y foco y dirección y me ha vuelto un poco más cínico”.
Buscar el poema en los lugares donde uno no quiere entrar es, según su experiencia, una prueba de fuerza, de gimnasia si se le mira desde lo profundo del oficio, por la cual todo poeta debería pasar alguna vez. Es sabido que en sábanas cómodas la inspiración no brota como si uno estuviera pilotando un avión camino al desastre. Yolin, un personaje del que nunca sabe con lo que saldrá, aterrizó tras un vuelo en caída libre, donde se mutó en la piel de quienes entrevieron el cielo y sus ardientes deseos, parafraseando a Borges.
II
Delta (Ediciones Casa de Barro, 2024), el más reciente título en la obra del escritor, curador y profesor universitario, llegó a diferentes puntos de Europa tras una gira autogestionada, lejos del management de las grandes editoriales. Yolin, impertinente como se ha definido a veces, llegó con su maleta llena de ejemplares para pasearse por librerías de Madrid, Zaragoza, Berlín o Barcelona, donde sucedió esta conversación. Delta tenía que viajar por su propia estructura, dice su creador, sin que eso quite nerviosismo y dudas sobre lo ya liberado: ”Yo miro este libro y digo, puta, es una hueá muy rara, anómala, irregular, mutante”. Cuando aún no lo publicaba, Yolin se decía a sí mismo “¿a quién chucha le va a interesar esta hueá? Sobre todo viendo cómo los aviones destruyen el mundo mientras hablamos”. Pero la respuesta que ha tenido tras diálogos con colegas como Bruno Montané o Julio Espinoza, le han devuelto la fe que el libro tiene su identidad. “Las ondas de choque todavía tocan con el filo intacto”, precisa.
El adoptado por la ciudad de Valparaíso hace ocho años toma las palabras de Sartre, quien dijo que escribir es un acto de desnudamiento, para lanzarse en pelota por el viejo continente. Lo acompaña el vértigo y la precisión de un avión sin sus trenes de aterrizaje que construyó en esta singular obra, concebida durante casi una década de trabajo, investigación y viajes.
III
“Si las palabras no pueden garantizar el cielo/ no queda más que garantizar mediante la mirada” hipnotiza un verso de Delta, donde la intuición se enfrenta a la ética de la poesía documental, influida por Ed Sanders y la idea basal de que la poesía debe tener una relación con la realidad histórica.
Editado por Cristian Cruz, a quien considera uno de los mejores poetas de la década de los 90, cada texto es el resultado de entrevistas y visitas a museos en Chile, Argentina, Brasil y Perú, hasta anécdotas con taxistas, soldados sobrevivientes de la Guerra de las Malvinas o carpetas con recortes de diarios que guarda en su hogar en uno de los cerros del puerto. Un corolario de pilotaje que comenzó a escribir en 2016, que terminó poco tiempo antes del estallido social de octubre del 2019, pero que decidió engavetar hasta que “Chile se terminó de transformar en la parodia de sí mismo”. En él, despliega un fino trabajo donde la voz poética va mutando según quien tome el manubrio del avión. “Como un delta / vamos desapareciendo”, escribe el autor hacia el final del libro, cerrando una travesía poética que se pierde en las nubes con aviones, pájaros, bolas de béisbol y catástrofes, pero que también habla de la fragilidad de quien observa desde el suelo.
IV
“Para mí, un avión y un auto son como iglesias en movimiento”, dice, entre broma y verdad, aludiendo a cómo antiguamente los humanos situaban a sus dioses en las nubes. Esa idea —sumada a los efectos de la Revolución Industrial, que dio origen a una máquina capaz de surcar el aire y con ella no solo el progreso tecnológico, sino también la propagación de la muerte en las guerras— lo obsesiona y termina por volcarla en el papel. Pensamientos que se enfrentan con las historias prestadas de personajes como Marmaduke Grove, ex Comandante en Jefe de la FaCh, creador del Partido Socialista chileno y golpista de izquierda.
En medio de su investigación sobre este particular sujeto de la historia nacional, el poeta terminó en un salón de la Fuerza Aérea, junto a un archivero que lo miraba con sospecha y cierto cinismo: “¿Por qué te interesa tanto Marmaduke Grove, si hay personajes más interesantes?”, le dijo, para luego encontrarse en con un retrato al óleo de Manuel “Mamo” Contreras, militar condenado por violaciones a los derechos humanos, que ni siquiera fue piloto. Entre los comandantes, el rostro del torturador brillaba enmarcado con delicadeza. “Eso habla de la completa y absoluta impunidad de la dimensión castrense en Chile”, pensó Yolin. Allí, frente al óleo, el poeta entendió que Delta podía ser una contraimagen, un libro escrito desde el lugar del que no dispara, del que no sabe volar aviones de guerra pero los observa caer, del que escribe para hacer contrapeso al aire.
“De ahí venía un poco la idea del libro, pero también para hablar de manera más transparente, yo jugué mucho con avioncitos”, contesta sonriendo, sin pensar que en sus versos se delataría:
«Los recuerdos
todo lo que nos hace llorar en la infancia
nos permite tantear la elasticidad del aire».
V
De regreso en Chile, Yolin volverá a su refugio en “Valpoto”, como llama con ironía a Valparaíso, ciudad que considera más un ecosistema creativo que una postal bohemia. “La región entera escribe”, dice. Desde Quebrada de Alvarado hasta San Antonio, pasando por el litoral de los poetas, Yolin no gasta adjetivos para valorar la propuesta que existe en el territorio, sobre todo de mujeres, que mantienen vivo el pulso literario.
Para Yolin, vivir en Valparaíso implica una responsabilidad: devolver algo de lo que la ciudad entrega. “Si uno lleva más de ocho años aquí, lo mínimo que puede hacer es dejarle un libro, una exposición o una película. Ir a Valpo sólo por la bohemia me parece posero y maniqueo”, confiesa, mientras recuerda que para inspirarse, iba a un aeródromo al interior de su región a mirar como los “pitucos” de la zona conducían a sus biplanos. Para Yolin, ya ver cómo los aviones pasaban por arriba de él era suficiente, pero sabe que hay otros que pueden inspirarse en todo lo que se conecta con la palabra Valparaíso. Su novela gráfica Ingentrificables, hecha junto a Majo Puga y ganadora de Premio Medalla Colibrí de Ibby Chile, es un gesto en esa dirección: un tributo al barrio puerto y a sus náufragos, los mismos que Carlos Pezoa Véliz retrató un siglo atrás. Un escenario donde él es uno de los poetas del paisaje, y donde aparecerán nuevas señales para escribir el próximo vuelo, donde estarán los otros bates, “la cleva más fecunda y oscura de todas”.



