35 años de Javier Ruibal

Siempre me he preguntado por qué en esas listas rutilantes de los mejores discos  del pop-rock español –donde cabe de todo– se obvia el nombre de Javier Ruibal cuando su Pensión Triana –pongo por caso– resume perfectamente la trascendencia de un artista que al margen de modas e imperativos discográficos ha construido una obra de una profunda belleza, extraordinariamente fiel a sí mismo desde aquel Duna fundacional hasta nuestros días.

Se llega a Ruibal como se llega a otros escultores de la emoción y del sentimiento, como se llega a un puerto donde las canciones terminan siendo parte de uno mismo, reflejo de experiencias concretas, de amores fugitivos que quedan, de pasiones escritas con la punta del lápiz afinada al compás de la guitarra quimérica.

Ruibal sueña que sueña y entre sueño y sueño ha cumplido treinta y cinco años de vida artística que Cádiz celebra estos días de septiembre. Me viene a la memoria la redacción del libro que le dediqué, los momentos compartidos, el inmenso placer de la escritura noctámbula y secreta con la que fui desmenuzando la obra de un artista fundamental para comprendernos a nosotros mismos. De la utópica rosa azul de Alejandría a la flor de Estambul, del Pelao a Lorca, del impresionismo de Satie a la arboleda perdida de Alberti, de Tanguito a la poesía arábigo-andaluza, de las noches con Sabina y Krahe en un Madrid ochentero a los ecos del carnaval callejero, de las falsetas de Paco de Lucía a la imagen eléctrica de Jimi Hendrix. El equipaje del artista ha sido siempre heterogéneo como su música fronteriza, suma de mundos y sensibilidades.

Javier Ruibal

¿Cuándo fue la primera puntada de esa obra cosida palmo al palmo con tantísima delicadeza? ¿Dónde fue que escuchamos por primera vez los versos definitorios de “Tierra”: “Para tener vuelo como el viento, para empujar como la mar, para volver a tomar aliento dame de ti… Tierra”. Cincuenta años del dylaniano “Like a rolling stone” y treinta y cinco años de Javier Ruibal que supo hacer de sí mismo un género musical. ¿Cuántas veces no le dijimos al prójimo “Escucha a Javier Ruibal…”? ¿Y cuantas veces el prójimo nos respondió: “Gracias por descubrirme a Javier Ruibal? De la Barcelona etérea de “La bella impaciente” a las calles de Granada, de la Cali donde creció la artista colombiana Marta Gómez a la Cuba luminosa de “Habana mía”, hay todo un mapa de referencias sonoras, de sueños cantados que nos llevan a Ruibal, como cante de ida y vuelta.

La obra de Ruibal reposa en lo hondo y en lo jondo a la manera flamenca porque el flamenco también nutre su mestizaje musical. Ruibal es un pedazo de Cádiz sin tópicos ni chauvinismos estridentes. Es la música del aire fugitivo posándose en las aguas de la bahía, es la playa de la memoria y el deseo, la sutil travesía de los labios amatorios, la moaxaja y las cuerdas de un laúd libertario. Treinta y cinco años de cuerpos celestes y aves en el parnaso, de ética en el verso naciente, de naufrago del Sahara y bella en Lisboa. Como un farero ahí sigue el trovador portuense iluminando con su voz musical y nosotros contándolo. Treinta y cinco años y unas horas que celebramos a Don Javier Ruibal.

Autor

  • Luis García Gil

    Luis García Gil (Cádiz, 1974) une en su ya amplia obra editada la literatura, el cine y la canción de autor. Poeta y ensayista, en su obra se han cruzado Woody Allen, François Truffaut, Joan Manuel Serrat y Clint Eastwood.

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