Conejos blancos

En su desesperada huida por las carreteras y caminos de Montana, dos fugitivos son recogidos por un conductor desquiciado cuyo vehículo es uno de esos extraños híbridos caseros con motor trucado y ruedas desproporcionadas que suelen verse en las carreras de aficionados. Después de varias maniobras suicidas, el coche da una vuelta de campana en la que milagrosamente ni los viajeros ni el vehículo resultan dañados, pero que da ocasión a que el enloquecido conductor abra el maletero y deje ver su extraño cargamento: varias decenas de conejos blancos que, de inmediato, echan a correr por la pradera, mientras su enfurecido dueño dispara sobre ellos. Reducido el energúmeno de un puñetazo, los vagabundos prosiguen su viaje. Queda sin explicar qué hacían los conejos en el coche o cuáles eran los propósitos del extraño conductor. Poco antes, tras el robo de otro coche a un matrimonio de ancianos en una gasolinera, vemos que el hueco correspondiente a los asientos traseros está ocupado por un perchero de barra del que cuelgan decenas de camisas, cuyo origen o finalidad tampoco se explican, pero que constituirán a partir de entonces el renovado vestuario de los fugitivos. Más adelante, mientras uno de ellos –el más joven– trabaja en un jardín, una misteriosa mujer desnuda lo acecha desde detrás de un ventanal, sin que tampoco tenga mayor desarrollo el lance erótico que adivinamos que ocurrirá a continuación… Todo esto ocurre en Thunderbolt and Lightfoot, una enigmática película de 1974 que en España de tituló Un botín de 500.000 dólares, y que fue la primera que dirigió Michael Cimino.

Conejos blancos en
Conejos blancos en ‘Un botín de 500.000 dólares’.

En la breve pero sustanciosa nota que el cinéfilo gaditano Luis García Gil dedica a esta película en su libro Don Siegel & Clint Eastwood. Una historia del cine americano, se destaca la libertad creativa que Eastwood, productor del filme, concedió al joven director. Sobre el papel, en efecto, Thunderbolt and Lightfoot era una especie de híbrido entre Cowboy de medianoche y Bonnie & Clyde: una desesperanzada historia de desarraigados con un trasfondo de implacable violencia. Pero Cimino, con la aquiescencia de Eastwood, supo darle un toque de arrebato poético. Como solía ocurrir en muchas películas de entonces, lo que se representaba en primera instancia era un choque generacional: dos gánsteres vestidos con trajes oscuros y al volante de coches anticuados persiguen a otros dos personajes de aspecto y actitudes más inconformistas; uno de los cuales, curiosamente, es de la misma edad que los perseguidores, pero circunstancialmente se ha visto obligado a hacer causa común con un joven que representa los valores –mejor dicho, contravalores– de la nueva generación. Pero Cimino es más sutil, y lo que nos mostrará no será tanto el consabido conflicto generacional como el carácter inexplorado y un tanto fantasmal de la terra incognita por explorar: un mundo repentinamente emancipado de viejas concepciones, pero en el que las nuevas realidades –el voluntario desarraigo, la desinhibición sexual, el descrédito de los viejos valores y de quienes los representan– son todavía elusivas y ambiguas, y por tanto potencialmente inmanejables. Hay en estas películas siempre –y en ésta de Cimino muy destacadamente– un elemento sacrificial: quién más arriesga muere, a beneficio no exactamente del establishment –y por eso sería erróneo tildar a estos filmes de reaccionarios sin más–, sino del inconformista superviviente, depositario final de ese conocimiento supremo de la libertad cuyo precio es la muerte.

En 1974 había ya sobrada evidencia sociológica de todas estas cosas, pero la moda era no decirlas en nombre de un falso inconformismo juvenil. El incomprendido Cimino, que muy poco después ultimaría esa grandiosa elegía a la América derrotada en Vietnam que fue El cazador, ya iba encaminado.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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