Razón de los espejos

 

La poesía no entiende de explicaciones del mundo, a lo sumo, puede explicar el mundo para entenderse a sí mismo, y por extensión, nos toca a todos, porque la voz presente grita con las mismas preguntas esenciales que nos hacemos: ¿qué somos en el mundo?, ¿qué hacemos aquí?, ¿por cuánto tiempo? Muchas de estas preguntas encontramos implícitas en los versos del tercer libro, De cuánta noche cabe en un espejo, de Jorge Pérez Cebrián (Requena, 1996), tras sus magníficos La lumbre del barquero (Olé Libros, 2021) y La voz sobre las aguas (Valparaíso, 2019). Y es lo mejor leído hasta ahora de este joven estudiante de Filosofía por dos motivos: cifra los signos que se esconden en la existencia del ser (el pasado, el sentido del mundo, el ciclo vital…) y el gusto por la musicalidad de las palabras.

Como en su anterior libro, el lector se siente atraído por este título, De cuánta noche cabe en un espejo. La asociación es imaginaria, de la que se puede deducir que las preguntas esenciales que nos devuelven los espejos no son amables, acaso nos ancle a la tierra, evitando que volemos. El ser busca pero ante el espejo sabe muy bien lo que hay.

El libro, publicado por Pre-Textos, con motivo de la concesión del premio Arcipreste de Hita, está concebido como una sucesión donde discurren composiciones líricas de distinta naturaleza. El acierto es notable en la concepción del libro, pues el discurrir del pensamiento no se ve dividido por secciones que pausen las ideas del poeta levantino. Asimismo se prestan las composiciones tituladas que oscilan entre quince y cincuenta versos, destacando el monólogo teatral –una de sus innovaciones con respecto a sus anteriores publicaciones– «Una ventana en tres actos», cuya afirmación del hombre es rotunda: «No importa. / Sé que en algún lugar espera el mundo».

De cuánta noche cabe en un espejo desemboca en los lectores mediante la conjunción armónica de pensamiento y palabra, oscuridad y mito; un discurso poético que nos conduce a la reflexión de nuestro tiempo con el indispensable entendimiento de nuestro pasado.

En el poema inicial se nos revela la relación del sujeto con el mundo como un acto de conciencia: «Ahora ya lo sé: mis pies han delatado el orbe / hundiendo mi pasado en sus arenas». El sujeto irá tomando distancia y, en consecuencia, y la tercera persona irá ocupando cada vez más espacio. Su visión del mundo posee una brizna de felicidad, instante corpóreo que se haya hilado mucho antes, como leemos en «Herrumbre y oro»: «Breve ha de ser la dicha / para que hallen los pasos su destino / y otra huella desmienta la pasada».

Hay varios elementos nominales que se encuentran duplicados de hábil manera, dispersos en varias composiciones, pues no resultan repetitivos, demasiado endulzantes: «las huellas», «tu presencia», «el mundo», «las cosas», «no ser», «un canto», entre otros. Estas unidades conjuntadas conforman el ideario que representa nuestro mundo. Por eso no nos cuesta llegar a las imágenes que crea Pérez Cebrián, quien aprovecha la tradición conscientemente llevándose distintos elementos siempre a su terreno, haciéndolos suyo, imprimiéndoles carácter y vocación, inspiración y talento. Desde la épica griega hasta la mejor tradición inglesa (Blake, Thomas, T. S. Eliot) pasando por la alemana (Hölderlin, Rilke) hasta llegar a la mística española, a A. Machado, a Valente. El propio lenguaje remite un arcano, revelando el carácter insondable de la propia poesía, así se percibe en «Hic Sunt Dracones»: «Aún no sabe / que fue por su mirada la ardua historia, / qué palabras pronuncian los silencios / que a un tiempo son un no y un todavía». En los poemas de este libro se establecen correspondencias. Una de ellas, de resultado sobresaliente, la hallamos en el poema titulado «Hybris o El escritor contempla su libro». Otra, en «Un gallo para Asclepio (Un encuentro)», de la cual reproducimos un momento dialogado resultante de la colisión del ser que se encuentra articulando su identidad: «Cómo mirar tu rostro y explicarte, / –sin que esa dulce bruma de los sueños / te nimbe de futuro la mirada–».

Todo el hallazgo parte de la mirada que se adentra en el alma explorando la relación del ser con el mundo. En otro hermoso poema, «Su presencia», reclama el sujeto la atención a lo cotidiano, a un alba estrenada, a lo que fluye en otras palabras: «Quizá nadie le prestará atención / porque sucede con la sutileza / de un secreto cansado de ocultarse».

Es innegable la habilidad de Pérez Cebrián por mantener la musicalidad en De cuánta noche cabe en un espejo, lograda por la consecución del ritmo endecasilábico. La melodía es incesante, suave y rugosa al tiempo. Se revela conocedor de los distintos recursos (hipérbaton, anáfora, paralelismo, oxímoron, personificación, metáfora, sinécdoque…), diestro en el manejo de los sustantivos abstractos que llevan en volandas un sesgo de pesimismo, la consciente aceptación de que a nuestro alrededor domina la incertidumbre, pues, como sabemos, es la razón de los espejos, como se intuye en «La riqueza»: «Entonces, qué te queda / si queda la nostalgia de un mañana / y del recuerdo sólo un miedo extraño».

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