La violencia invisible

El diciembre navideño y presuntamente entrañable que acaba de concluir ha sido el mes más trágico en violencia machista de las últimas dos décadas: trece mujeres asesinadas en veintiocho días, además de un caso que se encuentra bajo investigación policial. Todas, hubieran denunciado previamente o no a su agresor, han muerto en silencio. Porque el silencio es el arma más sutil y efectiva de los depredadores (Caperucita, toma mejor este camino, es más corto, no lo conoce nadie, confía en mí), dotados de una extraña inteligencia para hacer creer a sus víctimas que la palabra –la palabra de las víctimas– los humilla y los empequeñece.

Como vamos entendiendo en los últimos años a fuerza de hablar, estos asesinatos son la punta del iceberg de un estado de cosas perverso que tiene una base ancha, cruel y bien arraigada: la violencia simbólica, el maltrato psicológico, la violencia invisible, la agresión que no deja huella en la piel, sino mucho más adentro, en esa parte del cuerpo que se puede ocultar fácilmente y para la que aún necesitamos palabras que la nombren. El libro de Esmeralda Berbel encuentra esas palabras, muchas de esas palabras al menos, y lo hace –magistral y paradójicamente– sin nombrar lo invisible.

Lo prohibido prosigue una manera de entender el trasvase de la vida íntima a la literatura que ya Berbel había puesto en práctica con intensa emoción en Irse (2017), un dietario que narra con precisión cómo una mujer se ve abocada a destruir su corazón y a reconstruirlo a raíz de una separación matrimonial. Allí, en Irse, la resistencia del yo hacía que todo gravitara en torno a una misma, sin implicaciones del otro. Ahora, en Lo prohibido (entiendo que de forma rotundamente valiente), la tensión extrema se sostiene entre un él que dice y un tú que callas, o que intentas surfear (un buen verbo para expresar la tozuda voluntad de supervivencia) lo que él dice.

En psicología, el maltrato emocional se esquematiza por medio del llamado “triángulo dramático”, en cada una de esas relaciones hay tres vértices, tres personajes: el agresor, la víctima y el/la salvador/a. Esa pericia, esa extraña inteligencia de la que hablo, es la que consigue que el agresor voltee el triángulo, cual juego de perinola, desplazando su personaje al vértice de la víctima y haciendo así que la víctima ocupe el doble, falso e irreconciliable rol de salvadora y agresora. En ese juego circular, infinito, extenuante, la mujer maltratada está presa.

Y sola. Porque en el camino (el atajo) que ha tomado por consejo del lobo tiene garantizada la soledad: para eso el depredador se ha cuidado de apartarla de sus placeres personales, de sus trabajos y sus días, y de sus afectos; para eso el depredador ha construido una delicadísima red de silencio que lo protege (a él, solo a él) del peligro de la comunicación, incluso de la sospecha de culpa.

Lo prohibido ya tiene un primer resultado en imágenes: el cortometraje El secreto. En uno y otro se nombra lo invisible, se explica el tabú, se hace disfemismo recurriendo tácitamente al refrán (“obras son amores…”). Es literatura feminista de la válida, de la hiriente, apartada de modas, libre de poses, ajena al merchandising; renuncia al halago, moneda tan en curso (pueden prescindir de su lectura quienes busquen el elogio por el solo hecho de ser mujer) y asume que, en una espiral de maltrato, quizás no nos quede más remedio que dejarse destruir para proceder a la reconstrucción. La autora (se nota a cada paso) escribe para saber, que es uno de los más nobles fines de la literatura, y para que sepamos, y escribe para decir lo que no se debe decir, y por eso es un relato necesario, imprescindible, extraordinario.

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