Ocas

Qué les voy a contar. Que esto es el campo. El campo apartado, profundo, disimulado. En todos los sentidos. Y aquí lo tengo, ante mí, con sus paisajes cercanos. Aquellos que viven en la ciudad lo ven distante, incluso lo envidian, como isla de paz, para el fin de semana o para las vacaciones. Pienso que todos ellos andan lejos de molestarse en querer conocerlo, frecuentarlo de verdad, para tal vez amarlo u odiarlo en su justa medida.

La pregunta es quién se decidiría a venirse a vivir por aquí, si realmente llegara a entenderlo a fondo. Y pueden imaginar lo que quieran, pero siempre la realidad se revelará más extraordinaria que la fantasía. La superará, incluso.

*

Mi vecino Belisario —a quién no considera uno su vecino si vivimos todos en un pañuelo de aldea o de tierras—, sin ir más lejos, con el que me cruzo a diario y me paro para charlar, tiene varias propiedades y la cuenta bancaria bien saneada, pero no es feliz.

Su hijo bebe demasiado y fuma todo lo que se le ponga a su alcance y bien que hay quien planta por aquí para que eso sea posible. No trabaja. No estudia. Vive del cuento. Se pasa las horas y los días holgazaneando, haciendo rabiar motores, gastando carburante y quemando neumáticos por cualquier curva. Ha reventado ya tres coches recién estrenados. A uno le quemó la culata, al segundo lo estrelló contra un árbol y al tercero contra otro vehículo en el que mandó al hospital a dos personas mayores. Todo lo contrario que su hermana, Carlota. Lista, estudiosa, trabajadora. La que ocupa un puesto ahora en Madrid, en un ministerio, en el departamento de informática, a más de cuatro cientos kilómetros de aquí. Tierra de por medio.

El padre lo ha intentado todo a su edad. Llegó a encerrar a Tomasín —su edad es un misterio, pero el nombre se le quedó ensartado en los años diminutivos que aparenta, por su comportamiento infantil y por el tamaño proporcional de su cerebro— en el granero. Hay quien dice incluso que Belisario lo amarró al pilastre principal y llegó a darle varias palizas con el primer objeto contundente que encontró por allí.

No me creo eso del bueno de Belisario, pero quién sabe qué cuerda se tensa en lo más hondo del ser humano para que, al final, la mejor persona haga que lo más reprochable y bárbaro se convierta en racional.

Siento cierta lástima por Belisario y me gusta encontrármelo y saludarlo y fumarme un cigarrillo en su compañía a la sombra de los castaños que crecen en su propiedad. Al final, no es más que un viudo desesperado con un hijo tan malcriado como otros tantos de estos tiempos, de acá o de allá.

*

Por estos dominios abunda la humedad y el frío. Me refiero al tiempo que se suele sentir por aquí. Incluso nieva. Entonces los campos se vuelven todavía más silenciosos, menos acogedores, ingratos en su blancura, más helados en su lejanía, sin pájaros, bueno, sí, cuervos que graznan y algún petirrojo despistado que se muere de hambre.

Cuando eso ocurre, lo peor es que uno no sabe qué hacer si no es mirar por la ventana hasta que dejen de caer los copos y esperar a que lo blanco se funda para poder intentar algo de provecho.

Con la nieve, el panadero no siente frío pegado al horno y las ventanas cerradas, aunque sufre, claro está, en verano. Se llama Eduardo y aparte de harina con agua para el pan podría haber amasado también una fortuna. Trabaja con horarios descompensados de vampiro y no se sabe cuándo duerme en realidad. Se le ve bien vestido y bien peinado y bien calzado en días festivos, que es cuando descansa, y no siempre porque le hacen muchos encargos para celebraciones y podría tener una fortuna, digo, pero lo que tiene es una libreta bien gorda de pastas negras, atada con un elástico de vuelta doble, donde la lista de morosos escrita a lápiz aumenta sin cesar, a veces casi sin esperanzas de cobro.

Es una gran persona, Eduardo. Yo me llevo muy bien con él. A veces lo invito a almorzar con su mujer y, en tiempos también, con sus dos hijos (que en cuanto crecieron, se buscaron la vida en otras labores), o le digo que se pase por mi casa para arreglar cualquier desperfecto o tenga problemas con el tractor, porque es un manitas. Entiende de todo, desde electricidad a cercas, desde cultivo a mecánica. Otras veces es él quien me invita con Paquita, su mujer, en la suya. Me siento cómodo en su compañía durante esas comidas. Lo menos que puedo hacer es pagarle por lo que me trae a diario en su furgoneta, por su trabajo.

Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

*

La gente envejece. Yo, también. Quedamos pocos originarios por la aldea y sus alrededores. Las casas se vacían, se le apolillan las vigas y se les vienen abajo los tejados, derrengados.

Ya he mencionado que los chicos estudian, encuentran trabajo por donde pueden o por donde lo haya y se largan, a veces definitivamente, y no vuelven ni para vacaciones. No se les puede reprochar nada. Esto es sufrido y tiene que estar uno acostumbrado o sentirse orgulloso de lo que le arranca a la tierra, a los árboles del bosque y al ganado. El que se queda luce su valía o sus vergüenzas o se encierra discretamente entre las cuatro paredes de una quinta demasiado grande, rumiando sus éxitos o sus fracasos. Y el que viene de fuera o es emigrante se instala aquí porque cree que encontrará armonía y silencio.

Ahí está el que vive en frente de la iglesia. Onésimo, un rentista que se enriqueció con la especulación de terrenos rurales comprados por los pueblos y reconvertidos luego en urbanizables. Llegó no hace mucho. Aún es joven o lo aparenta y sale con el cura. Sí, con el cura. Y no se extraña nadie. No es el primer religioso con el que sale. Al parecer le gustan las sotanas y lo que esconden tras una bragueta tan alargada. Cuestión de faldas en un sexo u otro, al parecer. Le da igual lo que piensen de él y lo cierto es que me parece perfecto. Lo del cura ya es otra cosa.

Horacio (luego lo presentaré) dice que los tiempos cambian y que antes algunos de nosotros éramos hijos o nietos legítimos de curas y que ahora, ni eso. Una de esas salidas que tiene Horacio en ocasiones y que me arranca una sonrisa, muy a mi pesar.

*

Seguro que hay mujeres por estos lugares, claro que sí. Y las hay muy apuestas, pero como se suele decir, ya están pilladas. Pienso en particular en una, que además es joven y muy guapa: Josefina, maestra, a la que en el baile del pueblo intenté un acercamiento, pero sale con un señor mayor, ya jubilado, del que está muy enamorada.

Las demás, todas esas mujeres, están, no cabe duda. Las veo. Para mí que son las que llevan de verdad cada casa, los animales e incluso los negocios.

Las cosas han tomado otro rumbo más acorde con los tiempos, pero muchas de ellas siguen todavía, a diario, con sus botas de caucho, olores a bosta, nada de perfumes, mujeres esforzadas que se las ven para llevar a la mesa su plato diario. No porque les falte el alimento, desde luego. Hablo de las horas que puedan necesitar para todo lo que hacen y las ocupa durante el día, la semana y el resto del año.

*

Valeria está loca. Una señora ya muy mayor, cuyos hijos desaparecieron emigrados al extranjero. Todos, menos uno. El mayor se ha hecho de oro en Australia, con una flota de camiones. La chica que lo seguía en edad conoció a un suizo, se casó con él y se marchó igualmente.

Ella, enraizada a la tierra en la que nació, dice que nunca se irá a ninguna parte. Por muchas criadas que le pongan a su alrededor para servirle el café en tazas de porcelana o para limpiarle las posaderas.

La pasea una cuidadora de trabajo social, que conduce un coche gris y siempre la espera pacientemente a la puerta de su caserón, cada mañana.

Valeria cree que todas las fincas que rodean su casa a una distancia de diez kilómetros le pertenecen. Y cuando deambula torpemente a solas lo hace con una garrota bien gruesa en la mano con la que mantiene el equilibrio y amenaza a todo dios de palabra y gesto.

A unos madrileños que se instalaron no hace mucho por aquí, en la granja que perteneció a los indianos que partieron a Venezuela para no volver, les ha delimitado con un cordel, en un cercado improvisado, la parcela trasera. Esa parcela que tiene un par de fresnos, un cerezo y cuatro nogales en absoluto es suya, sino de los madrileños. Pero a ella le importa un bledo. Masculla palabrotas y los chantajea con sangre y con tiros de escopeta. Cosas de lo invisible de las lindes, que nunca están bien demarcadas ni en los contratos ni en el catastro, porque ni los papeles ni los abogados entienden de palabras que el aire se lleva o de apretones de mano que los años olvidan o aflojan.

Valeria está loca y no es de fiar.

Su hijo menor, el único que se ha quedado por aquí, aún es peor que ella. Otro santo bebedor y jaranero, furtivo reconocido, robador de piedras. Él no amenaza. Simplemente saca la escopeta y dispara, al aire, pero dispara. Ya ha sucedido varias veces. Una de ellas por celos.

La autoridad está al corriente. Se supone que actuará cuando se haya producido la desgracia. Nada nuevo.

*

El caso más grave y sonado en estos últimos tiempos lo protagonizó Evelio.

Evelio no se anduvo con chiquitas. Acabó en la cárcel.

Se sentó en el suelo de tierra, a la puerta de su casa, con la espalda pegada al tocón de un nogal gigantesco que entre todos los hermanos habían talado hacía un par de años, porque con un golpe de viento podría haber hundido la techumbre de la vivienda en su caída. Esos fuertes ventarrones, dicho sea de paso, suelen ser frecuentes también por aquí.

Descansaba él y su hacha de alguna tarea que todavía no nos explicamos. Durante toda la mañana soleada de otoño. Era como si hubiera estado cogiendo carrerilla mentalmente, arrancando y masticando hierba seca, mientras se fumaba un paquete entero de cigarrillos, a la espera.

Llegamos a contar después las colillas apuradas y tiradas junto al tocón.

A la hora de comer, cuando se presentó su padre de desbrozar el hayedo, Evelio se incorporó como si tal cosa, agarró el hacha, se puso frente a él, la levantó y se la descargó encima.

En el cuartelillo, donde se presentó voluntariamente, le preguntaron durante el interrogatorio que por qué se había ensañado de aquella manera con su padre y Evelio respondió que solamente le había arreado un hachazo por cada cien insultos y desplantes que había recibido de él. Que no habrían encontrado un trozo de su cuerpo de haberle devuelto lo que merecía.

Tuvo cola lo de Evelio porque a su olor, a la carnaza del padre, quiero decir, acudieron al momento varias cadenas de televisión, mamarrachos con micrófonos y cámaras, periodistas carroñeros que procuraron gran fama al lugar y a sus convecinos por unas cuantas semanas.

A su madre, ya mayor, hubo que ingresarla en una institución para enfermos mentales. Sus hermanos se quitaron de en medio en cuanto ocurrió el aciago suceso y se inició el ruido de circo de las entrevistas. Al poco tiempo pusieron la casa en venta. Aún lo está. Nadie se atreve ni quiere comprarla.

*

Puedo continuar la descripción de lo que se teje por cada una de estas vecindades medio aisladas entre bosques de castaños, hayas y robles, habitadas o no. Pero cansaría.

Cada cual tiene por delante o por detrás su propia historia, más o menos pública, más o menos privada, más o menos feliz, más o menos plácida, aburrida o exaltada. Todos tenemos la nuestra, insisto, pero son historias que tampoco hay por qué airear demasiado. Lo cual no quiere decir tampoco que tengamos que esconderlas o que, de camino, no abunde la buena gente por estos contornos. Ya he nombrado al panadero y a Belisario y a Horacio y a tantos otros, serios, trabajadores, que se desviven por hacer un favor y con los que no sólo me llevo muy bien y me entiendo, sino con los que es difícil o imposible llevarse mal.

La vida aquí es la vida aquí. Levantarse en la madrugada casi de noche, reventar trabajando en una labor u otra, albañilería, movimiento de tierras, traslado de piedras, madera, fontanería, siembra y recogida, tala y poda, temporada de castañas o de nueces, pan, ordeñe, compra venta de leña y recogerse en casa al calor de la chimenea con una tele encendida que suelta bobadas al caer el día. No hay más.

Cuando se tienen gallinas o cabras o vacas o se cultiva algo por la propiedad, hay que estar atentos a los animales salvajes, para que no destrocen siembras o se coman lo que crías con esfuerzo y dedicación.

Las casas huelen a lumbre, humedad, a cerdo, a vaca o a nada. Eso en el siglo veintiuno. No quiero pensar en cómo serían las cosas en tiempos de mis padres, de mis abuelos y mucho más atrás en el tiempo.

Si echamos algo en falta, la capital no está lejos. Y menos lejos aún hay un pueblo bastante grande en el que tenemos de todo: centro de salud, variedad de comercios, de muebles y de ropa, talleres, ferreterías, farmacias, restaurantes, bares…

Sería injusto decir que no hay días para el descanso. También los hay, claro. No todo va a ser plantar, desbrozar, desmochar, menear pedruscos, conducir el tractor, tratar a los animales, sacarles leche o carne, es decir, deslomarse para ganarse la vida.

El sábado nos relajamos un poco. Y el domingo, la gente se viste algo mejor, se visita y se saluda entre sonrisas y deseos. Dicen misa. Ese día sólo algunas viejas asustadas con la idea próxima de la muerte se recogen en la iglesia románica para cacarear rezos alrededor del joven cura, don Marcial, con el que se entiende el rentista.

Hay, cómo no, un local de reunión para fiestas, como una especie de bar o de club rural, que ahora no tiene arrendatario pero que lo ha tenido hasta hace nada y que de vez en cuando abren para cualquier reunión de vecinos.

Ese lugar servía años atrás como una especie de centro de noticias. Uno se enteraba de un fallecimiento, de un nacimiento, de un accidente, de un embarazo, cosas así, y se festejaban en él bautizos o comuniones que no se querían celebrar muy lejos, como en familia. Ese lugar lo ha ocupado el móvil.

Antes solía ir mucho por allí. Me duchaba, me ponía mis mejores galas. Veía discretamente a Josefina, desde cierta distancia, claro y sin decirle nada. Tomaba una cerveza, jugaba al dominó, a las damas o un subastado a las cartas.

En esos días señalados, me gustaba lo de hacer almorzadas en común con lo que cada uno buenamente aportaba. Una manera de fortalecer lazos entre gente de todas las edades.

Había asados y humo de barbacoas, las empanadas de Eduardo, tortillas de huevos frescos, charcutería casera. Mucho vino. De postre, aparte el bizcocho con unto de vaca, como aquí se destilan más o menos legalmente aguardientes de alta graduación que se rebajan con azúcar y hierbas o con azúcar y café, unos cuantos chupitos.

No faltaba la música en un buen equipo y a veces, sólo a veces, con una orquesta que venía del pueblo grande. Y bailábamos, ya al final, algo acalorados y luego nos recogíamos agotados y satisfechos, al anochecer.

Todo eso ahora lo hago muy de tarde en tarde, lo de pasarme por el local de reuniones a divertirme. Envejezco, como todos.

*

Horacio puede que sea mi amigo del alma, desde la infancia. Nos criamos juntos. Nuestros padres se conocían y se frecuentaban. De chicos, saltábamos el murete que separaba los caserones de ambas familias para maquinar perrerías, acechar a las chicas que lavaban la ropa en el lavadero, jugar a escondidas o cazar pájaros cuando salíamos de la escuela, si nos dejaban.

Horacio y yo nunca nos hemos planteado largarnos de aquí.

Él tuvo la idea de dejar las vacas y los cerdos. Tiene aves. Le encantan las ocas, a las que hay quien las llama también ánsares o gansos. Horacio asegura que protegen la casa mejor que los perros y también a las gallinas, de los zorros y de las aves rapaces. Llegó a contar por lo menos con mil quinientas o dos mil ocas, quizás más, separadas por sexo, edad y tamaño.

Al acercase un visitante inesperado o un paseante cualquiera a su propiedad, esas aves no paraban de llamar la atención, en su concierto de trompetas gruesas y desafinadas, de alertar a los dueños. Son irascibles las ocas. Quiero decir que tienen mal carácter. No puede uno arrimarse a ellas con demasiada confianza si se quiere evitar un doloroso picotazo.

Lo de las ocas con Horacio fue un encuentro de amor casual y a primera vista, pero provechoso. Una vez que las tenía bien cebadas, las iba vendiendo a buen precio por mercadillos, restaurantes y carnicerías. Horacio ha ganado mucho dinero con esa actividad, que a ningún otro se le ha ocurrido explotar en toda la provincia. En un momento dado, le propusieron que abriera una fábrica de conservas. Pero respondió que eso de los grandes negocios no era sino otra manera de complicarse la vida.

Con las ganancias, reformó la antigua casona por su cuenta y riesgo y la buhardilla de madera le ha quedado estupenda, con su barnizado y sus buenas vigas aparentes donde se ha montado un cómodo salón con su tresillo y un enorme televisor. En todo eso, siempre lo ayudó su hijo. Un chaval serio, trabajador, muy callado, Fabián.

*

Esto es el campo profundo, hundido en malezas y en olores, en aguas que pueden llegarte hasta las rodillas, y pienso que, bajo la capa idílica y feliz de sus bosques, la belleza de sus granjas, sus capillas grises, sus aldeas medio abandonadas, construidas en piedra medieval, puede que también se esconda la rutina, su aburrimiento y, a veces, la desgracia.

A Horacio ahora no lo ayuda nadie en sus tareas. Apenas tiene una oca que es la que ha dejado ahí como muestra de recuerdo y gratitud. Ha optado, en definitiva, por dejar de trabajar con ellas.

En el corral tenía esa buena parvada que ya he mencionado antes, esperando el tajo en el pescuezo, pero su desaparición no importaba. Él las renovaba con rapidez.

Pesa mucho una oca y de ella se aprovecha todo, como de los cerdos. Hasta muelen sus picos para pienso. Las plumas, no digamos. Y su grasa. Yo he comido oca y está muy buena. La pechuga no hay que cocinarla demasiado porque se reseca y se suele curar ahumada, como el jamón. Y el hígado es una exquisitez que Horacio se envasaba él mismo al vacío cuando tocaba sacrificar alguna para consumo propio y me servía luego con vino semidulce en mis visitas.

En una época, Horacio se puso en contacto con una empresa que enviaba sus ocas a Francia, donde dicen que se alimentan de este animal en temporada de celebración. Siguió ganando mucho dinero y era su hijo Fabián el que le echaba una buena mano en todo aquello. Hasta que ocurrió lo que ocurrió.

Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

*

Gracias a una propiedad aneja a la suya, que en su día plantó enteramente de manzanos, Horacio también fabrica sidra. Se le pudrían las manzanas en el suelo hasta que tuvo la idea de aprovecharlas. También la sidra la vende, como casera que es, a la gente de los mercadillos y a alguna tienda de productos selectos. Y tengan por seguro que agota la producción del año.

Valeria se paseó varias veces con su garrota, amenazante de sangre y escopetas de caza, reclamando su propiedad de frutales, entre el barullo de las ocas que no la apreciaban demasiado, pero Horacio no se prestó ni a la charla ni siquiera al humor y le paró los pies, a ella y al pendenciero de su hijo. No tuvo que abrir la boca para eso.

Me cuenta Horacio que cada vez que Valeria se daba una vuelta por allí aporreando el suelo con el tranco de haya y soltando majaderías por esa boca sin dientes de vieja, se ponía a afilar bien a su vista uno de los enormes cuchillos con los que les cortaba el pescuezo a las ocas. Fino y buen afilador, Horacio. El cuchillo de hoja ancha, agarrado con fuerza por su empuñadura, chirriaba en la piedra de amolar y se alzaba y brillaba secamente al sol. Tanto que la loca de Valeria pareció ensordecerse con el ruido y sobre todo deslumbrarse con sus resplandores, dejó de pasar por su puerta, de alterar a las ocas y de reclamar el manzanar. No la ha vuelto a ver más pasear por el camino que conduce hasta allí.

Su sidra, la de Horacio, tiene muy buen sabor. Sin acidez ni acritud, en comparación con esa que fabrican más al norte y que no sé cómo pueden decir quienes la consumen que está buena, es exquisita. Las manzanas de Horacio son ideales para la fermentación, con su punto de dulzura y equilibrio de acedía que invitan a no parar de beber. No me importa decirlo, son perfectas. Mejores que las mías.

Todos los días me acercaba a su casa para tomarme un vaso en su compañía y en compañía de su hijo Fabián después de llevar y traer las vacas del prado y de meterlas en la vaquería. Por lo menos, hasta que pasó lo que pasó.

*

Me aproximo a la ventana de la cocina y miro la copa de los árboles chorreantes de agua.

Llueve, llueve mucho por aquí. Con más frecuencia de lo que quisiéramos. La lluvia no parece gustarles a los iberos, que ponen mala cara cuando empieza a caer agua sin parar. Si por ellos fuera, viviríamos de continuo sin una sola gota. De dónde creerán que sale el líquido con el que tanto se duchan y con el que les fabrican sus refrescos y sus cervezas.

Aquí tenemos que acostumbrarnos a la lluvia, a vivir con ella, a esperarla, a soportarla o a celebrarla. O a todo a la vez. En contrapartida, los campos siempre están apretados de hierba y los bosques verdes de hojas hasta muy avanzado el otoño. Nos alegra tener fuentes por todas partes y terrenos embebidos en esa agua que no para de caer, tremedales que hay lógicamente que canalizar para que puedan ser explotados, como praderas o como cultivos.

Ese día no llovía, pese a que el cielo andaba algo borrascoso. No pasaba nadie por la estrecha carretera que pega al caserón de Horacio. Pero las ocas se pusieron a trompetear como locas. A graznear, como se dice en sentido estricto de esos animales.

Horacio salió al ventanal de la primera planta y no vio nada ni a nadie, y eso que se asomó dos veces.

A la tercera, bajó las escaleras, salió al patio y se llegó al cercado para comprobar si no había penetrado por la parte trasera del huerto, saltando el murete de piedra, una alimaña, un zorro, un jabalí, un tejón, pero no vio efectivamente nada ni a nadie. No entendía la causa de semejante agitación.

Todas juntas, sin parar, con las alas extendidas, como si tuvieran codos que estiraran hacia arriba y sacudieran sus plumas para espantarse un peso molesto de encima, montaban un estruendo insoportable. Agrupadas en un racimo en forma de triángulo a la esquina de la casa, con el pico abierto y sus largos cuellos tiesos en dirección al tejado, no había manera de hacerlas callar o de espantarlas.

Extrañado por aquel comportamiento, una casualidad, como una idea que viene por instinto y de pronto a la cabeza, una nube negra, hizo que levantara la vista y mirara primero hacia el cielo cubierto y después hacia aquella buhardilla tan bien reformada. Y vio entonces unos zapatos familiares y sintió muy dentro, espinazo arriba, el mismo balanceo en su corazón con el que se movían a través del marco de la ventana abierta sus suelas ligeramente llenas de barro y, al mismo tiempo, el chillido cortante de las ocas que le hería las tripas.

Horacio salvó la puerta y subió a la mayor velocidad que le permitieron sus piernas entre aquel ruido ensordecedor e imparable que, por su aparatosidad, acabó por atraer e ir reuniendo a unos cuantos vecinos de las cercanías, que nunca habían oído semejante escándalo.

Al entrar en la buhardilla vio a su hijo que se columpiaba, colgado de una cuerda atada a una ancha viga, a medio metro del suelo de madera barnizada, junto a una silla caída sobre el parqué. Tenía la cara casi de un morado pálido cuando Horacio atinó a cortar con su navaja de bolsillo el extremo de la cuerda, por encima de su cogote.

Fabián cayó con todo su peso de ahorcado al suelo y el ruido apagado de un saco de castañas. Fue esa la señal para que cesara de un tajo el jaleo atronador de las ocas.

*

Hoy he cruzado estos parajes ablandados por una niebla que no se ha levantado en todo el día y disfraza el camino con un espeso velo de humedad. Según Eduardo, el panadero, la casa de Horacio ha tenido la luz encendida, como un pequeño faro que orientara a supuestos barcos de paso e impidiera que encallaran en unos farallones ficticios, desde que amaneció.

De tarde en tarde, cuando paso por ella para tomarme un buen vaso de sidra dulce y fresca en su compañía, apenas hablamos.

Hoy, al entrar, le comento, como una anécdota más, que me he enterado de que van a soltar a Evelio por buena conducta y de que han mudado al cura a otra parroquia. Pero no me mira y me da la impresión de que no me ha oído o de que no ha querido oírme.

No sé si ha tenido suerte, Horacio. Su hijo está a su lado en una especie de mecedora con ruedas. Horacio le limpia la baba y le habla con extremado afecto.

Miro a Fabián, que ha quedado tan seco de sesera como uno de esos tronchos que su padre también cultivaba en el huerto pegado al corral, ahora vacío, y se marchita al sol una vez se le arrancan, para cocinar un caldo, las grandes hojas verdes.

Fabián no responde a las preguntas de su padre, aunque su padre sabe muy bien que entiende lo que le dice. Tiene la mirada perdida y sólo una respuesta: le devuelve esas babas, como si las babas quisieran expresarle todo que le llega desde lo más profundo de su cuerpo y de su corazón y, a través de ellas, no dejara de hablarle a su manera, de explicarle por qué lo hizo.

Menos mal que no lo vio así su madre, me confiesa Horacio, en voz muy bajita, con amargura. No se habría largado de casa. Parece un milagro.

Sí, creo que fue un milagro el que lo pillaran a tiempo porque aquellos vecinos que acudieron a la bulla de las ocas no esperaron a la ambulancia de urgencias ni a los primeros auxilios. Ellos mismos lo trasladaron, en cuanto pudieron, a toda velocidad, en uno de sus coches privados, al centro de salud del pueblo grande.

Horacio me confiesa entonces —me lo ha dicho muchas veces pero me lo repite cada vez que vengo a tomarme un vaso de sidra como si nunca lo hubiera hablado anteriormente o yo no lo hubiera entendido de primeras— el porqué ha ido renunciando una a una a todas las ocas y se ha quedado solamente con un ejemplar. Que algún vecino o paseante lo saluda al pasar y le comenta que echan de menos su compañía ruidosa y sus divertidos andares, pero que para él, en su cabeza, no se apagará jamás ese trompeteo del día de la nube negra, que lo sigue oyendo, a coro y sin respiro, que no se le va de los oídos en una especie de espiral resonante que siempre vuelve, una y otra vez, que no se ve con fuerzas para criarlas, sacrificarlas y venderlas y que no cree que vuelva a probar su carne en lo que le queda de vida.

Empieza a hacerse tarde. Fuera, me espera una trabada niebla que me nublará pronto, con la anochecida, el camino de regreso si no me doy prisa.

Me levanto. Sacudo el pelo de Fabián quien, la vista perdida por alguna parte del salón, me devuelve el gesto cariñoso con su hilito de babas.

Apuro entonces mi vaso de sidra, lo dejo con cuidado sobre la mesa y, sin decir una palabra a Horacio, regreso a casa para prepararme la cena.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *