Ensayo poético: ‘prodesse et delectare’

Hay ensayos que gustan leer por lectores poetas y por amantes de la poesía en general. La estación más ardiente, que lleva como subtítulo Un diccionario emocional de poesía, es uno de esos ensayos ágiles y plácidos, donde no se explica tanto como se deleita con el género poético.

Escrito con mimo por la catedrática de Lengua y Literatura Asunción Escribano Hernández se comprueba en su interior, además de muchas lecturas (nada menos que un listado de casi doscientas notas y referencias bibliográficas), el trato lírico que aporta a la prosa. Así, con este volumen muestra la escritora salmantina su habilidad investigadora, destacando algunas de sus publicaciones en diferentes libros de estudio acerca de la redacción y la retórica publicitaria, además de ser cauce lírico, también que revela la belleza con que usa el lenguaje, no en vano es autora de libros de poemas como El canto bajo el hielo, Salmos de la lluvia, o Acorde, entre otros. “El suave decir” que mantenía José Luis Puerto a la hora de calificar la obra lírica de Asunción Escribano, se podría trasladar perfectamente a este ensayo poético.

El libro contiene treinta y tres palabras que somete a la investigación y a la reflexión, originando hermosos paisajes por los que detenerse y deleitarse. Comienza el libro por unas breves palabras (“Con la poesía sucede igual que con el cabello amado […] Después, ya no se puede volver a rozar nada sin sentir su profundo el escalofrío sin que tu vida se inunde de lumbre y lluvia”), citando los versos de Eugenio de Andrade, de cuyo influjo extrajo el título: “antes / de que acabe tendrás que coger el fuego / y hacer el invierno / la más ardiente de las estaciones”.

Las palabras tratadas, trabajadas y amadas están en función del orden alfabético, lo que ayuda a los lectores a no despistarse. También la extensión es motivo de deleite, así la mayoría ocupan entre dos o tres páginas, y las que se extienden a cinco. Llama la atención que todos los términos estén engarzados unos a los otros en perfecta arquitectura lírica. De hecho, no hay fronteras entre ellas, aunque la autora las haya dispuesto en breves capítulos.

El disfrute es mayúsculo cuando, además de ofrecer el sentido, Escribano Hernández se apoya en diferentes versos, novela, ensayo, incluso en alguna obra plástica, para ofrecer definiciones, interpretaciones, perspectivas, vías posibles por las que transitar. En este discurrir todas las citas se nos revelan interiorizadas, leídas muy adentro, enriquecidas por la sabiduría de una lectora que va siempre más allá de la referencialidad del lenguaje.

En el recuento de palabras empleadas destaca las que hacen referencia a la literatura (“creación”, “nombre”, “palabra”, “lectura” o “escritura) y, más concretamente a la poesía (“canto”, “poema”, “voz” o “ritmo”). Por concretar, nombremos aquellas cualidades que, de manera indirecta o implícita, nos conducen a la palabra poética, siendo inherentes (“asombro”, “silencio”, “mirada”, “imagen” o “fragilidad”). Hay otras que, aun siendo tratadas desde el ámbito poético, pertenecen al orden del existencialismo (“ser”, “padre, “madre”, “fragilidad”) y –como rasgo peculiar del la poética de la autora– del misticismo (“gratitud”, “súplica” o “bienaventuranzas”). Sin embargo, tratadas alfabéticamente y tan íntimamente engarzadas da gusto encontrarse o toparse con el motivo de cada una.

Con este volumen podemos ir a la palabra “Lectura” y, perspicazmente, avanzar por otras como “palabra”, “literatura”, y espigando aquí y allá versos, llega a una de las palabras clave: “Quien lee busca […] la indagación del mundo entre las páginas de lo leído. Ascender a las cumbres sin moverse de casa, ambicionar territorios sin salir de los espacios de la tarde (y de la habitación) propia, conocer sin moverse… Decir con pocas palabras; vivir vidas”. Nos hallamos, pues, ante la función de la literatura.

En su decir estas páginas nos alumbran porque la autora ha buceado por miles de páginas de auténtica poesía, sino, sobre todo, en el empleo del lenguaje. Quedémonos deleitándonos con un fragmento de página que cierra el volumen: “La palabra es, por tanto, una voz que perseguimos con la desesperación de los conjuros. Un camino al que quisiéramos conceder el poder de los milagros […] Ese es el deseo que persigue íntimo el poeta, el desvelamiento, la entrega del sentido y de la luz que sostiene bajo su leve pábilo toda la fragilidad de las cosas de este mundo. Ese es el deseo que persigue íntimo el poeta: el amor”.

No todo está dicho, casi nada es claro. En la poesía el misterio campa a sus anchas, pues así nos garantiza que hallemos la realidad multiplicada. Ese misterio retroalimenta la capacidad de perplejidad por la aspiración del lenguaje a crear belleza, y en este libro, La estación más ardiente, Asunción Escribano Hernández se concreta, existe, invadiéndonos.

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