Ni bolso de piel marrón ni zapatos de tacón

Penélope lleva algo más de un año sin menstruar. En el telar, los arrebatos de calor la obligan a detener su labor y a enjugarse el sudor de las manos, el cuello y la frente. Por las noches, estas olas de calor la despiertan sobresaltada, con el corazón batiéndole en el pecho como una yegua desbocada. Ni el aceite de lavanda ni la infusión de poleo le sirven para nada. Las extrasístoles la levantan literalmente de la almohada en una especie de ahogo que parece avisarla de la muerte. Es íntimamente consciente de que no es así e intuye que le esperan por delante largos años aún. Es una mujer muy fuerte, y sabe por boca de otras mujeres de palacio, por su madre y su abuela, que este periodo de la vida ocasiona estos inconvenientes que no son una enfermedad, aunque a veces lo parezca, y tiene que sobrellevarlo igual que todas, aunque ella sea la reina de Ítaca. Puede que en algún momento cesen los sofocos y las palpitaciones, pero ninguna de su entorno más próximo se lo asegura, ni siquiera el oráculo que, en esto, como en otras cosas, por mucha teatralidad con la que se revista, no se moja.

Su pelo, largo y recogido en una trenza perfecta se ha vuelto ya totalmente blanco, a pesar de que aún resta mucho de ser una anciana. Su piel está suavemente bronceada y sus piernas y sus brazos aún tienen la fortaleza de la juventud porque nunca ha dejado de moverse pese a las horas que dedica a tejer. Tiene las ojeras más marcadas y la mirada se le ha vuelto más profunda y de un azul más oscuro; sin embargo, una expresión de serena plenitud le alumbra el rostro. Durante los últimos años, los abundantes sangrados la dejaban extenuada y el cese de su fertilidad ha sido acogido como un signo de buen augurio, como el inicio de una nueva etapa donde se siente más viva, más lúcida, más consciente. Se ha liberado de la carga «afectivo-doméstica», aunque siga teniendo un hijo deambulando por la casa sin oficio ni beneficio. Su alrededor ha cambiado también. Las sirvientas han envejecido, algunas ya no están, y un ramillete de chicas adolescentes alborota las horas muertas en el palacio y solivianta a los jóvenes soldados que se preparan junto a sus maestros para una eventual batalla. Es una nueva era en Ítaca, que se ha convertido en una gran casa materna a pesar de los torpes y aturullados intentos de Atínoo por imponer su presencia. Un nuevo espacio resignificado que ya no es patrimonio masculino.

Penélope ya no añora a Ulises. Hace tiempo que ya ni siquiera recuerda su rostro, sin embargo, lo cree vivo, pero sin ganas o intención de volver a su reino. Lo conoce y sabe que no es hombre de casa. Ya no lo desea, como tampoco desea a ningún hombre. Su pulsión sexual ha cambiado y el anhelo interior de la juventud hacia lo masculino, lo viril, lo fuerte y seguro, ha desaparecido. Ha fortalecido, sin embargo, sus lazos afectivos con varias sirvientas de confianza que la acompañan desde siempre y siente como hermanas o amigas. El trabajo en el telar ya no es la prioridad ni la obligación; la lejanía de los hombres ha derivado en una relajación de las costumbres y bajan juntas a la playa a darse largos baños y a pasear con la caída del sol por la arena siempre tibia de la isla. Son compañeras generosas, compañeras de llanto y de risa, compañeras de lecho y de mesa. Tías, abuelas y madres sin esposo. Solteras o viudas. Libres. Hablan de sí mismas y se cuentan sus historias y las historias de otras, construyen sin saberlo una tradición oral que el resto de las muchachas de palacio heredarán algún día, y sus hijas, y las hijas de sus hijas. Entretejen la historia de sus vidas, sus vidas femeninas, más allá del telar.

Los hombres dejaron de importar hace mucho. Viven en su mundo masculino de hipotéticas contiendas y esfuerzos heroicos. Comparan entre ellos sus musculosos cuerpos y se miden en un campo de batalla irreal, más infantil que propio de hombres adultos. Ítaca no tiene rey, ni falta que le hace. Las mujeres gestionan a la perfección la vida diaria en la isla y en el palacio. No necesitan de los hombres. De hecho, nunca los han necesitado. Cansados ya de «pretender» a la hermosa y madura reina que los rechaza una y otra vez, han vuelto a sus pesquisas. El hombre que ha ocupado su casa –su casa, no a ella- piensa que, en el fondo, la pobre mujer ha enloquecido de dolor por la ausencia de su marido y se ha abandonado a un trabajo absurdo: tejer un sudario para un Ulises muerto y desaparecido. Un quehacer, como ella misma ha planificado, interminable.

Penélope prolonga el tiempo y lo estira como un huso hasta dejarlo delgado y flexible, maleable. Repite infinitamente el rítmico y cadencioso movimiento en la calada para mantener tensos los hilos de la urdimbre y componer la trama. Una trama única y a su medida que trascenderá la Historia. Cada día la misma repetición, el mismo gesto. Cada noche, la ruptura; deshacer y descomponer la trama diurna. Tejerse y destejerse, a sí misma y contra la gran historia que se teje fuera de los muros de Ítaca, inventando una nueva medida con la que contabilizar el tiempo. En el fondo, es un mecanismo autómata que no tiene, en apariencia, utilidad alguna, salvo «engañar» al presente y mantener alejado a Antínoo.

Leo en estos días un curioso ensayo publicado por Adriana Cavarero, titulado “A pesar de Platón”, donde redimensiona las figuras de Penélope, Deméter y Diotima con un marcado acento feminista que sitúa al libro, tal como nos avanza su prólogo, “en el punto exacto de la transición entre el movimiento de liberación y el ejercicio de la libertad, y, en términos filosóficos, se inscribe en ese punto determinante en el que la negatividad de la deconstrucción se transforma en la positividad de la afirmación”.

‘Penélope despertada por Euriclea con la noticia del regreso de Ulises’. Angelica Kauffman (1741-1807)

El breve relato protagonizado por la eterna Penélope con el que comienzo este artículo es, lógicamente, producto de mi imaginación, aunque resulta tan verosímil que podría ser cierto. También Cavarero, según sus propias palabras “expolia” textos clásicos desde Homero hasta Platón para trasladar a sus protagonistas a un nuevo escenario donde adquieren un significado distinto. ¿Por qué no imaginar a una Penélope que ya no espera a su marido? ¿Por qué no pensar que los pretendientes a lo largo de tantísimos años no han perdido ya el interés, las ganas y el impulso de conquistar el corazón de una mujer que ha demostrado de sobra que no necesita a ningún hombre?

El héroe de esta historia – si nos limitamos al puro relato homérico y no leemos entre líneas, pues el texto está abierto a varias y diferentes interpretaciones y lecturas- sigue siendo el guerrero Ulises, porque el relato de la Odisea está orientado intencionadamente al servicio del mandato de masculinidad, ya que los hombres siempre han necesitado divinidades masculinas como figuras simbólicas, y mitos y arquetipos en los que reflejarse. Y su propósito de vida, el de los hombres “multierrantes” protagonistas de estas historias, parece ser siempre, como apunta Cavarero, “un vivir para la muerte”, un devenir trágico que les asegure su inmortalidad en la Historia, lo que constituye –cómo no- uno de los principios más constantes de la tradición filosófica occidental. Partida y regreso triunfal. Partida y muerte heroica. Viaje interminable y regreso esperado a la patria donde se le añora y donde su llegada restituye de inmediato un locus que parece manifestarse huérfano, vacío y sin propósito sin su presencia.

Las mujeres, sin embargo, como es el caso de Penélope, asumen su papel de madres nutricias, de esposas que esperan el regreso, inquebrantables en su fidelidad, en un espacio bello, pero del todo inútil, creado ex profeso para ellas: el telar, un gran cuerpo femenino formado por hilos, nudos y tramas, entretejido en el sufrimiento de quien es relegada al olvido, al espacio simbólico de lo que no es relevante, de lo que no trasciende, de lo que no constituye material mítico, sólo intrahistoria.

En toda guerra, real u homérica, el cuerpo de la mujer no es un mero efecto colateral sino que se transforma en un objetivo estratégico en el escenario bélico, y en el cuento homérico se ejemplifica de manera clara. Dejando a un lado a Ulises, el héroe noble, Antínoo representa la parte que actúa, la dominante, mientras Penélope la parte sumisa y pasiva, la que tiene por objeto ser dominada. Con su comportamiento arrogante y despreciativo, mediante la agresión, la imposición y la rapiña, Antínoo abusa de la casa que ha invadido igual que abusaría del cuerpo de Penélope como parte de su proceso de ocupación del reino que anhela. Poseerla es la culminación de ese proceso, siendo el cuerpo de Penélope, violado y humillado, el botín de guerra, el premio final de la victoria, el soporte o bastidor en el que se escribiría la derrota moral de Odiseo.

Pero no es así. Penélope resiste. Evade el desenlace lógico de la historia mientras su esposo vaga y divaga entre el regreso y la demora un día más. Evade, pues, el contexto y el espacio que se han significado para ella –el de la tradición eterna e inamovible-, e inventa otro lugar y otro espacio, otra dimensión simbólica en la que sobrevivir utilizando, sin embargo, un rol puramente femenino –el trabajo de las manos-, pero configurándolo como lugar seguro, como medio y como fin, mediante el poder de la inteligencia y la estrategia –la metis-. Con astucia, Penélope convierte el telar en su «habitación propia».

Es pues, desde mi punto de vista, la digna heroína de esta historia. Aunque esta forma de heroicidad tenga sólo un aparente valor simbólico, creo que su forma de resistencia tiene una gran carga política presente en todos sus gestos. Menopáusica, sí, pero no senil ni demente. No reconoce a Ulises –o finge no reconocerlo-, consignado ya al olvido, que llega a Ítaca a recuperar su reino y a disfrutar del merecido descanso del guerrero –para volver a marcharse nuevamente a encontrar, por fin, la «muerte digna» en el mar que lo llama constantemente-. Un descanso que constituye una expresión más del patriarcado a través del mandato de masculinidad, esa gran trampa que actúa como eterno sostén masculino perpetuado por la Historia, esa, la que lleva la hache mayúscula, y que está escrita exclusivamente por los hombres.

Lectura recomendada:
A pesar de Platón. Figuras femeninas en la filosofía antigua. Adriana Cavarero. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2024.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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