Las brujas de Esmirna

Mitad de trayecto entre Madrid y Estambul. Dormitamos sobre las nubes, quizás sobrevolando el espacio aéreo de Bosnia-Herzegovina, o de Macedonia del Norte, a saber. Abstraído en un inquieto duermevela creo ver desde mi butaca de pasillo acercarse a una chef de Turkish Airlines, con su cofia blanca y una amable sonrisa.

—Are you N.?

—Yes —responde N. con asombro desde su ventanilla junto al ala.

La chef le muestra entonces un papelito, que dice Happy Birthday, N., tras lo cual coloca sobre la mesilla del respaldo delantero unas natillas y dos vasitos de champán. Se retira con su cofia y su cordial sonrisa y nosotros reímos y brindamos pues, efectivamente, es el cumpleaños de N.

Si las brujas de Esmirna —me digo, regresando al libro que también dormitaba entre mis manos— hubieran presenciado tal escena elevarían en silencio la mirada y las manos al cielo, como signo de buen augurio.

Basaracak.

Tras la escala en Estambul llegamos —bendecidos— a Esmirna, Izmir en turco, nuestra segunda incursión en la república fundada por Mustafá Kemal Atatürk en 1923.

Poco sabemos en realidad de esta ciudad.

Situada al oeste de la península de Anatolia, es la tercera más poblada del país —más de cuatro millones— y un eje comercial estratégico y muy activo, al ser ciudad portuaria. En sus alrededores —y en la propia Esmirna, el Ágora— reposan ruinas milenarias, Éfeso, Pérgamo, muestras de la época dorada de una región que fue clave en la ruta de la seda. Llegó a ser la cuarta ciudad más importante del Imperio después de Roma, Alejandría y Antioquía.

Para nosotros este viaje supone completar nuestro particular triángulo en torno al Egeo: Atenas, Estambul (bañada por el mar de Mármara) y Esmirna.

Nos distanciamos de una zona del mundo; de algún modo, nos distanciamos de nosotros mismos. Nos perdemos durante un par de semanas en un territorio nuevo, desconocido, cuyo cuartel general se sitúa en Karantina (Petralona, Besitkas, Karantina, el triángulo), un barrio que nos muestra desde el inicio que la ciudad se levanta en buena parte sobre una ladera. Cicuenta y cuatro escalones que habremos de subir y bajar durante catorce días.

Llegamos con la noche avanzada, por lo que damos por bueno lo tomado en el avión (en Turkish Airlines dan muy bien de comer) y descansamos del viaje.

Esmirna desde Esmirna.

La ciudad 

Nuestra primera ojeada a Esmirna —fuente de inspiración del poeta Homero y el sueño de Alejandro Magno, vamos descubriendo— es en el Kordon (paseo marítimo), con una avenida, raíles de tranvía, un carril bici y una gran bahía en el Egeo, brillante y en calma. Una panorámica similar a la que disponemos, por ejemplo, en Cádiz, desde la Alameda, con el detalle de que lo que se observa al frente de Esmirna es la propia —enorme— Izmir.

Desayunamos —café latte y algún dulce— y pillamos un taxi. Le muestro al conductor una nota con la palabra KEMERALTI, así, en mayúsculas, pensando que le estoy indicando la Torre del Reloj, centro neurálgico de la urbe. El taxista asiente y acaba dejándonos junto al Gran Bazar, que es, en realidad, lo que yo había escrito.

Kemeralti (debajo de los arcos) no aparece en la lista de los diez mayores bazares del mundo, pero es muy probable que sea el número once. Es un morrocotudo laberinto, todo bullicio, de calles serpenteadas y repletas de tiendas con infinita variedad de productos, pescado fresco, carnes, artesanías, cerámicas, maderas, ropa, puestos de comida rápida turca, yo qué sé. Sus vendedores son más agresivos e insistentes que los de Estambul. Con la excusa de dejarnos su tarjeta, uno de ellos —debíamos tener escrito en las caras nuestra condición de iniciados—, tras convencernos en turquinglish, nos introduce por unos callejones y, en la entrada de una especie de nave o almacén, nos presenta a su sobrino, Pepito, que estuvo en España de viaje de bodas y tiene las mejores camisas del mundo, nos asegura señalando una y otra vez la que yo llevo puesta. Persuadimos al sonriente Pepito de que solo andamos mirando. Después, después… nos despedimos apresurados. Funcionan como clanes familiares y así, a los pocos pasos, otro tío se empeñó en presentarnos a su sobrino…

Pescado fresco en Kemeralti.

Visitamos en varias ocasiones Kemeralti, pero —parece que ya el sol de Anatolia nos había cubierto de cierto tono otomano— no nos molestaron más. Eso sí, en cada visita, nos sorprendía algo nuevo: cines, centros comerciales, restaurantes, gimnasios… Kizlaragasi Han es, por ejemplo, un edificio otomano del XVIII, de dos pisos, que descubrimos en nuestra última visita, bellísimo, reconvertido en centro cultural donde también tomar café o té turcos. O la Domertas Sibili, una armoniosa fuente de mármol otomana; o la mezquita de Hisar, la más grande y antigua de Izmir. Nos topamos también con unas mujeres, viejas, jóvenes, niñas, que te ofrecen rosas y remedios contra el mal de ojo, o te leen el futuro en las líneas de la mano, y que me llevan a pensar en las brujas de Esmirna —con las que sigo enfrascado. Las romaníes ya residían aquí en los tiempos del Imperio otomano, y la escritora griega Mara Meimaridi sitúa su historia de mujeres —sometidas a las servidumbres sociales, utilizan su ingenio para moverse con libertad y llevar a cabo sus planes, sirviéndose de su magia, que les da sabiduría— a finales del XIX, mostrándonos el alma multicultural de Izmir, cuando griegos, armenios, franceses, ingleses, alemanes y turcos vivían en armonía, antes de la entrada de Ataturk y sus tropas, que concluyó con el terrible incendio de 1922.

Pero no todo van a ser las brujas

A estas alturas ya habíamos comenzado a percibir un dato importante. No es Esmirna una ciudad turística. No, al menos, de turismo internacional, que apenas se ve. Es un turismo de interior. Y nada masificado. Ello repercute en la escasa cartelería en inglés, así como el poco dominio de este por la gran mayoría. Y en la autenticidad de todo, claro. Ningún comerciante pretendió regatear nada con nosotros. Los Lokum (delicias turcas) son unos dulces más dentro de la gran oferta pastelera. Los Dondurma (helados turcos) se sirven sin las cabriolas con que las acompañan los heladeros en Estambul. Más adelante comprobaríamos que el turismo internacional arriba en los grandes cruceros, visita en masa las ruinas de Éfeso, y se larga por donde ha venido.

Por otra parte, nos encantó observar que el amor por los animales sí que es una identidad nacional. Perros y gatos a su libre albedrío, con su chip de registro. Comederos y bebederos puestos por los vecinos en las calles.

Cerca de Kemeralti conocimos Pier Konak (puerto de Konak y moderno centro comercial, diseñado en las oficinas de Gustav Eiffel en Francia y construido en la época del Imperio otomano, como aduana), la zona más emblemática del inmenso Kordon, de donde parten los ferrys para la Izmir de enfrente.

Izgara Kofte y Kizartmasi en Kulturepark.

Siguiendo la cartelería urbana y las indicaciones del móvil de N. llegamos, tras atravesar una suerte de paseo de las estrellas —estrellas en el suelo, imaginamos, en honor a los afamados actores turcos— a Kulturepark, donde hemos de pagar una entrada, enseñar nuestras mochilas y ser cacheados. Es el gran parque de la ciudad, con atracciones de feria, espacios para conciertos y una zona repleta de puestos de comida rápida turca.

Nos sentamos en el Gol Kafé, donde todo un equipo de camareros a cuál más destartalado, nos sirvió dos Izgara Kofte (albóndigas aplastadas de carne a la parrilla, con tomates, lechuga y cebolla) y un plato de Kizartmasi (patatas fritas). En la fotografía no se ven las albóndigas, tapadas por esas tortitas —pan de pita— con que acompañan casi todo. Fue una estupenda y auténtica manera gastronómica de inaugurar nuestra estancia en Izmir.

Skender doner.

Otro día comeríamos en Kemeralti, en una zona cubierta por toldos donde se concentran bares, restaurantes y cafetines para fumar narguile. Pedí Tavuk sis, un kebab de pollo típico de la cocina libanesa, siria y turca, entre otras. Es pollo marinado y especiado, a la brasa, servido con patatas fritas y arroz. N. se decantó por un Skender doner. Tiras finas de carne de cordero al grill en salsa de tomate sobre unos pedazos de pan pide.  Quisimos también Piyaz, ensalada de judías, que nos sirvieron sin judías, aunque tampoco las echamos de menos. Yo finalicé con un Ayran, yogur líquido que ellos toman a todas horas.

Cuando buscábamos un tranvía para regresar a Karantina dimos —qué cosas— con la Torre del Reloj. La Saat Kulesi (eso tendría que haberle escrito al taxista), de estilo otomano tardío, se construyó en 1901 por encargo del Gran Visir Sait Pasha, y junto a la mezquita Yali —pequeño edificio octogonal de 1755, decorado con azulejos que le dan una tonalidad azul-verdosa— conforman la plaza Konak, centro de Izmir y especie de microcosmos de Turquía: vendedores ambulantes, familias, niños, hombres de negocios, limpiabotas, policías, loteros, fotógrafos, músicos callejeros y mendigos se mezclan sin orden, pero con —así lo sentimos— innegable concierto.

Torre del Reloj.

Apuntes del Cuaderno de Altamira:

“Hay una dichosa planta que las brujas llaman Sputsari. Los topos la mastican bajo tierra y cuando está bien deshecha la escupen en sus agujeros. Es una raíz. Cuando uno la encuentra tiene que escupir tres veces en el seno para no coger el mal. Porque si lo coge, está perdido. Lo verá todo al revés, lo bueno como malo y lo malo como bueno. Si le dices que las vacas vuelan, te dirá que sí que vuelan. Se quedará atontado y no parará de reírse.”

Mara Meimaridi. Las brujas de Esmirna (Books4Pocket. Barcelona. 2010).

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