‘El cerezo y la nieve’. Ilustración de Teresa Chacón.
La flor del cerezo sólo dura siete días y Shinegori, apesadumbrado por su brevedad, imploró a la Diosa del sol que prolongara su floración. En recompensa por la sabiduría de este hombre, conocida hasta por las flores —que también tienen corazón—, la divinidad mostró su beneficencia y la floración se prolongó veintiún días.
Heike Monogatari. Libro primero, Capítulo V.
Sucios de cuerpo y alma, labriegos muertos de hambre, samuráis sin trabajo, menesterosos, desheredados, artesanos, tullidos y monjes tonsurados, hiladas de rameras, han invadido, en su vagabundeo, todas las sendas. Muchos portan harapos. Buscan trabajo para comer. Hacen preguntas. Duermen en cualquier sitio. Distraen frutas, verduras de los huertos. Devoran pasto, flores, setas o binzas. Beben agua de pozos, abrevaderos o nacimientos. Si la oportunidad se les presenta, se insultan, roban y golpean entre ellos.
Monefusa Kinsaku —hijo de un gran guerrero, quien firmada la paz, la llegada del shogun, se convirtió en campesino— es ermitaño y yerra con la masa en movimiento hacia la capital. Viste ligera saya de cáñamo raída. Calza unos zuecos de corteza de sauce desbaratados por el andar, duerme al abrigo y no teme el asalto —su aljaba guarda sólo tinta, pincel y pergamino—. Maestro en privaciones, frugal en el sustento, satisfecho se siente cuando lo llevan en un carro de paja, renueva sus abarcas, luce un quimono nuevo regalado por alguien que aprecia su arte.
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Meses atrás, Monefusa entrevió por parajes remotos, en su inminencia y desnudez, en su debilidad, su propia muerte. Decidió pues, como un adiós, elogio de la distancia, honor al viaje, voluntad de última hora, visitar nuevamente la montaña sagrada, ese embudo imponente trajeado de nieve, fijar en la mirada su divina silueta, fundirse en rezo y alma con sus proximidades, con su truncado cráter y su plumaje de humo que es elixir de la inmortalidad que se consume.
Lleva semanas recostado a su falda. En ese instante, rodeado de pétalos que se separan por las alturas y se empotran al viento en el vacío para montar una pausada danza que nadie es capaz de comprender, se siente en calma, roza la paz.
Por desgracia, hay nimbos impenetrables con los que la montaña se arropa y su pináculo no se deja acechar. El aire baja en rachas por sus laderas. Le habla y le dice que aguarde un poco. El eremita empero ya no puede esperar. Siente la muerte cada vez más cercana. Tiene que regresar a la divina Osaka. Aguarda allí quien prepare un sudario y agua para su cuerpo, quien lo vele y lo entierre en la reserva de un lozano jardín, acaso una tablilla emborronada, acaso con su nombre, reposar aseado, nublar los ojos, bajar los párpados, abandonarse, sentir de cerca la hojarasca podrida, lombrices y mantillo, lecho final.
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Resucita en un bucle, en una ensoñación, el viaje de ida. Reescribe su ruta.
Por las encrucijadas, se demoró donde la lasitud así lo quiso. Indiferente al frío, al calor, a la lluvia, al hambre y al cansancio, bastó con una gruta, una hondonada, un refugio de plantas, un tronco hueco, ruinas desabrigadas. Leyó a la luz de las luciérnagas, cuando hizo bueno. Se desveló en la noche de primavera con una sinfonía de batracios inquietos. Y al enlazar sus párpados para dormir en el tímido ocaso, aparecía súbita una luna deforme con aureola santa que presagiaba los aguaceros de los días siguientes.
Fue recibido en haciendas deshechas, desmoronadas, sobre cuyas techumbres se acopiaba en un puño una tozuda nieve o tierra negra, donde agarraba una profusa hierba. En su moderación, reserva y ascetismo, se alimentó de lo ofrecido por caminantes, devotos y anfitriones. Y suerte excepcional, si se echaba al estómago unas sabrosas lonchas de carpa cruda o un exquisito hervido de peces globo.
Sólo una vez, se desvió del camino, hito que jalonaba aparte el viaje y, en una breve escala, tras tantos años, visitó a su familia. En el rencuentro, sintió el frunce de la separación y de los años, arrugas cinceladas en la piel de la frente. Observó escarcha en las maduras sienes de sus hermanos, que le ofrecieron en un pliego cerrado ese amuleto con los cabellos de su difunta madre, ante los que entonó un prolongado rezo. Y entre todos glosaron el paso de los días, lo irreparable, y le dijeron que sus oscuras cejas se habían apagado en ligera ceniza y a la partida, al umbral del camino, en los adioses, bailan manos en alto, se escapa alguna lágrima, un esbozo de epílogo, cierta tristeza, cierto desánimo.
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Hacia la oscurecida, Kinsaku evoca lo que hizo con su vida, su dulce despilfarro, la representación de una obra ajena y rara que interpretó en una barca, sobre un océano no siempre en calma, sin llevar el timón. Y todo va quedando, sin aflicciones, sin sufrimiento, en espejismo apenas, utopía, quimera, una suerte de ensueño, la complacencia de quien llevar se deja a través de las sombras serenas y rayadas del tallo del bambú, albor y noche.
Desde muy joven, no precisó gran cosa. Vivió de la limosna. Escribió y leyó. Compartió su arte y lo enseñó, reflexión que es plegaria, serenidad, respeto del entorno, del lento flujo de las cuatro estaciones, aceptación de las adversidades, contadas alegrías. Y le fue dado, como gran recompensa, incumplir con el mundo, ignorar lo banal, renunciar a la gloria y a su caducidad, aislarse en una aldea de las montañas, saludar a los bonzos y pernoctar con ellos, leerles sus escritos, unos haïkus a cambio de arroz cocho con umbelíferas, dos dedales de sake, un endeble tatami para el descanso.
Nunca se apresuró. Se consagró feliz, desde muchacho, a esa escritura. Su único empeño fue extraerle a lo que se encontraba la sutileza de su esencia común, mudarlo en poesía. Acuarelas escritas, licuados signos que repujaba en su papel rizado y que al ser recitados, en voz muy baja y de repente, como espejismos, cobraban vida de clara estampa y eran ecos de sones, desprendían incluso olores y sabores.
Y tuvo suerte. Sobrevivió al dragón venenoso que vive cerca del gran santuario Kanda, en sus pantanos, al que esquivó en un largo rodeo. Sobrevivió a incendios, desprendimientos, inundaciones y terremotos. Sobrevivió al fulgor de un ciclón, cuya bujía de pergamino en las tinieblas le hubiera divertido atrapar con la mano, fijar en un fanal.
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Monefusa Kinsaku sigue a la espera. Admira en calma los cerezos en flor, esas charcas de azogue, los brincos de los copos, los monos en su abrigo empapado de lluvia, el fino ideograma de las patas del grillo y de las grullas, el cuello de alabastro de tanto cisne y esa punta de flecha de los gansos salvajes, cómo ladran los perros por las aldeas. Ama los sauces que junto a las cascadas no paran de llorar, el rizado de arena sobre la superficie del arrozal, el color que del cielo se refleja sobre él, como un espejo azul con sus implantes de cabellos verdosos.
Atento al cielo, distingue golondrinas y acompaña su vuelo. Celebra al ruiseñor, también al cuco y a las fulvetas, testigos frágiles de la existencia. Borrajea poemas al borde de su cueva. Contempla fascinado esa nieve del monte que demora el deshielo. Es el barniz primario no de la primavera, sino del mismo invierno, y perpetúa en sus recuerdos a los artistas del año nuevo, que se aprestaban a visitar en grupos, puerta a puerta las casas. Llevaban máscaras. Sólo se les veía los ojos colorados de los que se creían espíritus del bosque porque lucían palmas de helechos que se escurrían de sus sombreros extravagantes. Y él les tenía miedo aunque no pregonaran a golpe de tambor y pandereta sino deseos de bienestar por villorrios aislados. Y lo asalta la infancia, la inabordable infancia: papá en el huerto, mamá adorable, la catana enfundada, sobre la chimenea, favor contra los fríos, la lumbre y su ondeado de alas de manta raya, el nervio de las chispas, el asombro infantil, copos, corolas, centelleos de un sueño.
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Postrado por la edad, por la gran caminata, le llega su reposo en la negrura de la noche compacta. Pero una rana lo sobresalta y él graba en la memoria su zambullida.
Ese lugar abierto, junto al volcán, al que el curvo abanico del implacable tiempo le ha puesto ante los ojos, pasada tanta década, un espeso silencio, un panorama de verdor infinito y aguas intactas, cantos y vuelos de agachadizas y pinzones azules, un perro que persigue en su porfía bandadas de ánades, que sacuden y ondean en su espantada la superficie de la laguna y arquean hasta el límite el alma de los juncos, era el puerto final.
Y no lo ignora, pese a que el ermitaño, en su desánimo, por ver oculta en sus efluvios la montaña sagrada, no vivirá su última voluntad. No hay nostalgia. No hay tormento. Busca la tregua. Busca el reposo. Comprende el viaje. Admite esa premisa que los seres humanos sin excepción han de aceptar: toda su vida no fue sino preámbulo de un moroso camino, preparativos, ensueños y deseos hacia la muerte.
Por ahí andan los cuervos, puntales negros del cielo encapotado. Reunidos en bandadas, lo acompañan un trecho, en cortos vuelos. Saltan sobre la nieve. Resbalan sobre el hielo. Alborotan las ramas de las que cae un polvo eterno. Casi se ríen, con su ronquera de recios picos de mala fama. Luego, se marchan, en un largo planeo de lejanías. Con su agudeza, sin dejar de graznar, ellos lo saben.
Monefusa Kinsaku también lo sabe. En su abandono, no tiene otro remedio. Se yergue lentamente, con música de huesos. Le da la espalda al monte, del que no se despide. Y nuevamente abre el camino. Ha de seguir a pie, la larga ruta, sus circunstancias e imponderables, hasta destino, en la sagrada Osaka. En ella busca, su anhelado descanso, bajo la tierra. Lo espera esa otra vida, del más allá: animal, planta o ser humano. Su cuerpo no podrá ir más aprisa. No hay premura. Aunque conozca esa verdad suprema del que se desvanece, mira adelante y en su incesante marcha no se deja vencer.
Apenas queda Tiempo, la gran palabra.





