Hacia Asturias, ida y vuelta en veintiuna instantáneas

Braña de Sousas. Acuarela de J.M. Benítez Ariza.

Al pie de la catedral encaramada sobre el tajo, el puente renacentista, bello e inútil, bajo el que ya no pasa ningún río porque el que transcurría por allí fue desviado por un terremoto… El despiadado sol de agosto acentuando la sensación de irrealidad: ¿quién atraviesa la plaza, siquiera sea para llegar al pequeño macizo de árboles que ocupa su centro y da sombra a unos pocos coches aparcados? Desde el palacio episcopal, ahora hotel, cada turista es un pequeño obispo displicente. ¿Cuándo la hora del chocolate? ¿Cuándo la del paseo en torno a la muralla? Mejor acercarse a algún remanso y mojarse los pies. Hemos pasado en Coria un día entero entre dos noches. Volveremos cuando las piedras se enfríen.


Treinta grados del lado de León, tan sólo diecinueve a la salida, cuatro kilómetros después. También el cielo cambia cuando se atraviesa el túnel del Negrón: de la incandescencia a la neblina como mancha general en la que se traduce la llovizna ingrávida que cuaja en el parabrisas.


Hacia Pola de Somiedo la carretera va estrechándose progresivamente al mismo tiempo que las ínfulas del viajero se van apaciguando, hasta tal punto que, cuando enfila la subida a Vaḷḷe, por una carretera en la que parece milagro que puedan cruzarse dos coches, es una persona mucho más humilde… No digamos ya cuando, dejada atrás esa parroquia, cruza el caserío de L’Auteiro y encara la subida final bajo el convencimiento de que, una vez eche pie a tierra, difícilmente querrá arriesgarse a repetir el camino en sentido contrario.

La Pinietsa. Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

Bajo el chorro helado de la fuente alguien ha olvidado unas botellas puestas a enfriar. Nos aseguran que son recientes y, para demostrarlo, se las descorcha y se sirve la sidra en un solo vaso para muchos, como dicen que es costumbre, bajo la advertencia de que hay que dejar siempre un sorbo y verterlo enérgicamente, para borrar la huella, por la parte del filo donde se han puesto los labios.


Hacia el lago que, para abreviar, llaman Lago hay dos caminos, uno que llaman “de sol” y otro “de sombra”; el segundo, como es de esperar, un tanto más intrincado y quizá más áspero que el primero, recto y despejado: tanto, que se me ocurre que sería una buena idea esperar que anochezca para regresar por ese camino a la luz de la luna, sin riesgo de perderse… “Si te dejan los lobos”, me dice nuestra socarrona interlocutora. “O los mastines, que son incluso más de temer”. Como para confirmalo, esa noche hemos oído aullidos, no sabemos si de los unos o de los otros.


Igualmente a la noche siguiente, cuando volvíamos del restaurante por el carril a oscuras, nos salen al paso dos mastines. Se detienen a prudente distancia, ladrándonos, pero dando por bueno que nos limitemos a alejarnos, lo que hacemos más bien despacio, por miedo a que una excesiva prisa por nuestra parte los anime a lanzarse al ataque. No lo hacen, claro, porque su misión no era otra que asegurarse de que no nos íbamos a acercar a unas vacas que ramoneaban al filo de la carretera, bajo su protección. Los que guardan ovejas, nos dicen, son más fieros, quizá porque la responsabilidad que asumen –ellos, tan cumplidores– es mayor.


Lago de Valle. Acuarela de J.M. Benítez Ariza.

Para dibujar el lago llamado Lago pruebo primero a sentarme en el poyo de una “cabana” en ruinas y luego, para tener mejor perspectiva, en un saliente rocoso, entre cuyas grietas acomodo un tapón de plástico en el que vierto un poco de agua para la acuarela. En medio del lago hay un islote frondoso, al que mentalmente llamo Innisfree. “Y allí te harás una choza de barro y zarzas”, me susurra al oído el poeta irlandés en el que llevo toda la mañana pensando.


En torno a la Braña de Sousas hay decenas de reses sueltas, pero, que hayamos visto, ningún mastín. Eso sí, al entrar en una de las chozas circulares de piedra, veo que está ocupada por una vaca, que parece ofendida por mi intrusión. Le presento mis excusas y, para que vea que soy persona bienintencionada, me siento afuera y saco mis enseres para que, como hago también ante la gente en los sitios públicos, vea que mi sola intención era encontrar un poco de sombra donde dibujar.


Imagina uno su vida aquí: imposturas de la fantasía. Pero sí: la “cabana” bien caldeada bajo el “teito” de escoba, las vacas esparcidas por el prado o, de noche, alojadas en las chozas colindantes, la fiera fidelidad de los mastines. Por adorno, quizá, una biblia calvinista. Y como instrumento disuasorio, un fusil chispero nunca disparado, pero siempre a mano. También una barba descuidada; pero eso ya lo tengo a poco que me deje ir.

Vacas en la braña de Sousas. Dibujo de J.M.B.A.

Nublado, neblina, bruma, llovizna, lluvia… Gradaciones con las que se distrae un dibujante en ciernes que está aprendiendo a sombrear.


En Pola, un centenar de personas paradas en una plaza y con la vista fija en algún punto del imponente paredón rocoso que domina el pueblo. También nosotros nos paramos a mirar, sin saber qué. Pronto nos enteramos de que un oso –una osa, por más señas– se ha dejado ver. Ponemos, por supuesto, el mayor empeño en ser testigos del milagro si, como todo el mundo espera, la osa vuelve a mostrarse. Pero se ve que es un animal tímido y no muy complaciente con la curiosidad ajena. Cansados, nos vamos, dejando allí a la multitud inasequible a la decepción. Al día siguiente la noticia es portada en la prensa, lo que previsiblemente atraerá oleadas de visitantes y obligará a la osa a recluirse aun más. Aunque más de uno, por salvar la cara, jurará haberla visto.


En el puerto de San Lorenzo, en dirección a Oviedo, una manada de caballos. Bellos, lustrosos de llovizna, casi todos negros, emanaciones ellos mismos de la tierra mojada, oscurecida de lluvia. ¿Para qué los criarán?, se pregunta en voz alta mi compañera, como espantando un mal pensamiento que luego un paisano, inadvertidamente, confirmará al mencionar que la cría de caballos es incluso más lucrativa para cierto fin que la de ganado vacuno.

Nieblas de Somiedo. Acuarela de J.M. Benítez Ariza.

Reventón de un neumático a dos kilómetros de Caces, junto a la fuente que llaman “del Reguero”; lo que, según me explica el amigo que nos esperaba y al que hemos dado cuenta del incidente que nos retrasa, no es decir mucho, porque “reguero” o “regueiro” equivale a arroyo y hay centenares de fuentes que se alimentan de uno y de él toman la denominación. La seña resulta, por tanto, inútil, como comprobamos al hablar con el taxista que nos manda la compañía de seguros y que erróneamente nos ubica en Llanes, a muchos kilómetros de allí. No así el gruista, que es del lugar y se presenta puntualmente al cabo de media hora.


La casa de nuestros amigos de Caces tiene una imponente panera –una especie de hórreo– en la que, le digo, se podría vivir. También montar en ella una biblioteca con todos esos libros de aluvión que mi amigo ya ha desechado y guarda allí, como grano viejo al que quizá se le ha pasado el punto de sazón.


También los asturianos cantan con gracia y picardía, como nos demuestra este paisano que nos deleita con una “tonada” en la terraza de un bar cercano. Nos dicen que el mismísimo Camarón elogió este cante norteño, quizá porque su propia denominación le recordaba la “toná” andaluza; o porque, como nosotros, llegó al lugar propicio a esa hora en la que el ánimo se predispone a encontrar una identidad esencial entre todo lo que reconforta y alegra. Como la sidra que bebemos, de nuevo compartida, que entra tan bien como la manzanilla andaluza.

La panera. Acuarela de J.M.B.A.

Libros leídos, hojeados, entrevistos a lo largo de un viaje: la sorpresa de comprobar que, ante un escenario insospechado, se vuelven incluso más locuaces. En esta ocasión: Unamuno, Casanova, Cioran. Increíblemente bien avenidos entre ellos.


En Oviedo, mientras nos cambian la rueda reventada, paseamos por el casco viejo, en torno a la catedral, e imaginamos a don Fermín de Pas espiando desde la alta torre las idas y venidas de Ana Ozores, a la que han hecho una estatua justo enfrente que la representa en figura de mujer apurada y nerviosa, que debe recogerse un poco las faldas para andar.


También esta ciudad, como todas, está hecha de recuerdos que sólo alcanzan concreción en quienes tienen una edad; como mi amigo, que es algo más joven que yo pero me da la impresión de que ha vivido más, quizá porque aquí, en medio de su ciudad recordada, que sólo él ve, se siente tan dueño del terreno –y tan ajeno a él– como yo en la mía, la que sólo yo reconozco cuando muestro a otros lo que sólo yo alcanzo a ver.


Universidad de Oviedo. Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

Somiedo, Babia, el páramo leonés, la sierra de Francia, el valle del Ambroz… Ir ensartando cuentas en el hilo más frágil.


Hervás, parada intermedia en distancia y última en el cómputo total del viaje. En nuestra geografía sentimental, Extremadura es siempre lugar de paso con estancia obligada de al menos una noche o dos, las mejores de cada viaje, las más cargadas de nostalgia anticipada.


Todo este viaje para soltar el fardo… Lo llevábamos bien envuelto en el maletero y pensábamos abandonarlo en algún lugar donde nadie pudiera encontrarlo y devolvérnoslo. Ocasiones ha habido. Y, sin embargo, incongruentemente, cuando llegamos a casa y abrimos el capó para sacar el equipaje, vemos que allí seguía. Que, por no habernos acordado de él mientras estábamos fuera, felices de ser otros en lugares donde no podían reconocernos, lo hemos traído de vuelta.

Plaza de la Corredera de Hervás. Acuarela de J.M.B.A.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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