Ernest Borgnine (1917-2012) llegó al cine a la edad en que otros ya han triunfado o desistido. Lo precedían un decenio en la marina y una breve carrera teatral, y una y otra cosa le serían muy útiles en los dos tipos de papeles que definirían su trayectoria: los característicamente dramáticos, en los que encarnaría una versión ruda pero bonachona del hombre común, y los que le permitían dar rienda suelta a una especie de ferocidad contenida, en un contexto típicamente masculino de hombres que luchan entre sí y hacen de la demostración de su fuerza un punto de honor. Ni que decir tiene que los rasgos físicos de Borgnine –un hombre corpulento dotado de una excepcional expresividad, muchas veces condensada en su mirada– lo predisponían a este tipo de papeles.

A uno de ellos, efectivamente, debió su primer triunfo: la memorable interpretación que hizo del sádico sargento “Fatso” (“Gordo”) Judson en De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1953) de Fred Zinnemann. Difícilmente el espectador olvidaría tan acabada encarnación de la brutalidad amparada en la deshumanización propia de una institución como el ejército. En el Hawaii inmediatamente anterior al ataque japonés que supuso la entrada de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial, Judson ha tenido sus más y sus menos con el inadaptado recluta Angelo Maggio (Frank Sinatra), con quien incluso ha cruzado los puños en alguna pelea de bar, y a quien pronostica que pronto lo tendrá bajo su férula, puesto que Maggio es claramente carne de presidio y Judson ejerce de carcelero en la prisión militar de la isla. La profecía se cumple: Maggio abandona su puesto y es condenado a seis meses de confinamiento por desertor, y en esos seis meses será concienzudamente torturado por su carcelero. El enfrentamiento entre ambos es una especie de reflejo del que mantienen el soldado Robert E. Lee Prewitt (Montgomery Clift) y su capitán, empeñado en que su subalterno, a quien precede cierta fama como boxeador, pelee en el equipo de la compañía, pese a que el soldado tiene fundados motivos de conciencia para no volver a calzar jamás los guantes. Consiguientemente, el capitán ordenará que se le haga la vida imposible, hasta que cambie de idea. Curiosamente, uno de los encargados de hacerlo, el sargento Milton Warden (Burt Lancaster), mantiene su propio pulso con el capitán, a quien considera un inepto y con cuya esposa (Deborah Kerr) mantiene una tórrida relación. Las tres historias parecen abocadas al desastre, y alguna de ellas, efectivamente, tendrá un final trágico, mientras que las otras terminarán diluyéndose en el nuevo estado de cosas que surge del ataque japonés, verdadero aldabonazo a las conciencias de un país adormecido o debilitado por sus divisiones internas. Y no es de extrañar que Borgnine, en su papel de carcelero sádico, quedara en la memoria del espectador como la expresión más descarnada de toda esa violencia latente.

Hollywood, ya se sabe, no es especialmente sutil a la hora de aprovechar las capacidades de los talentos que confluyen en ella. Borgnine quedó de inmediato encasillado en esa clase de papeles, que desempeñó más o menos aplicadamente en un buen número de filmes, algunos de tanta resonancia como Johnny Guitar (1954) de Nicholas Ray o Conspiración de silencio (Bad Day at Black Rock, 1955) de John Sturges, en las que el actor daba vida a sendas encarnaciones del ciudadano común que asume de buena gana su papel de componente de una masa cegada por el fanatismo o los prejuicios dirigidos contra aquellos que esa misma masa arbitrariamente percibe como desubicados o intrusos. Al igual que De aquí a la eternidad, esas películas venían a diagnosticar el clima de intolerancia que imperaba en la América de la histeria anticomunista y los temores suscitados por la Guerra Fría. En otra película de esos años, el wéstern Jubal (1956) de Delmer Daves, la brutalidad que podía esperarse del físico e historial de Borgnine alcanzaba un nuevo matiz: antes de dejarse cegar por la furia, el actor podía dar vida a un bondadoso y ecuánime ranchero que, situándose más allá de los prejuicios de su entorno, era capaz de depositar su confianza en el desubicado de turno; hasta que las circunstancias fuerzan los correspondientes malentendidos y los prejuicios vuelven a imponerse.

Un año antes, Borgnine había dado vida ya a una encarnación sin matices de la capacidad del hombre normal –en su caso, gordo y no exactamente guapo, amén de entrado en años– para responder a sentimientos distintos a los meros prejuicios y asumir las consecuencias. En Marty (1955) de Delbert Mann, prestó sus acusados rasgos y su excesiva humanidad a un humilde carnicero que se enamoraba extemporáneamente de una maestra que también daba ya por inevitable la soltería. La película era una de las primeras que se propusieron combatir la competencia que suponía la televisión utilizando sus mismas armas: historias cotidianas de inmediato interés humano, filmadas con economía y sencillez. Y fue un éxito, entre otras cosas, por lo acertado de su reparto. Tanto, que Richard Brooks recurrió al mismo guionista, el dramaturgo Paddy Chayefsky, avezado creador de dramas televisivos, para llevar al cine otra historia de gente corriente, Banquete de bodas (The Catered Affair, 1956), en la que Borgnine compartía protagonismo con Bette Davis y daba vida a un rudo taxista que, ante el anuncio de que su hija se va a casar y desea hacerlo sin grandes dispendios, se ve arrastrado por su esposa a una celebración ruinosa. La historia, como se ve, no vuela tan alto como la de Delbert Mann, e incluso supone un cierto grado de caricaturización de este cine de situaciones cotidianas, a la vez que una cierta “domesticación” de las imponentes personalidades de sus protagonistas. Quizá por ello, a Bette Davis le estaba todavía reservada la ocasión de mostrar su faceta más desaforada en el espeluznante drama de terror psicológico Qué fue de Baby Jane (Whatever Happened to Baby Jane, 1962) de Robert Aldrich, mientras que a Borgnine le quedaba –después de pasar por películas como El vuelo del Fénix (The Flight of the Phoenix, 1965) o Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), ambas también de Aldrich– una oportunidad de volver a exhibir su desmesura en Grupo salvaje (The Wild Bunch,1969) de Sam Peckinpah, en la que la habitual inclinación a la brutalidad que asociamos con los personajes del actor venía acompañada de un conmovedor sentido de la lealtad hacia su jefe y compañero de cabalgadas, el bandido Pike Bishop (William Holden), con quien Borgnine cruza algunas de las más intensas miradas de afecto y entendimiento entre hombres que ha dado el cine.
Su carrera aún había de durar un cuarto de siglo más, hasta su muerte en 2012. En ese tiempo el actor todavía alcanzó a encarnar a algunos abueletes bondadosos e incluso a poner voz a un personaje de la serie de dibujos animados Bob Esponja. Pero el público nunca olvidó que tras esos papeles típicos de actor anciano latía la energía y el ardor del antiguo bruto con corazón de hombre corriente. En tal día como hoy hubiera cumplido cien años.

