Carlos Pérez Merinero: el fugitivo atrapado

El cine y la literatura fueron las dos grandes pasiones de Carlos Pérez Merinero. Muchas de las personas que tuvieron la suerte de conocerlo y tratarlo en vida han coincidido en señalar la voluntad de autoexcluirse de la sociedad del espectáculo y su radical iconoclastia como rasgos destacables de su personalidad. Pues bien, a estas apreciaciones hay que añadir que Carlos Pérez Merinero quiso ser un gran fugitivo de los caminos por los que su particular élan vital le impulsó a transitar: el cine (no las películas) y la literatura (no las ficciones). Sin embargo, como lo demuestran sus trabajos cinematográficos o, entre otras creaciones suyas, la novela La estrella de la fortuna, que se ha publicado recientemente, nunca consiguió consumar su programada huida.

En lo que se refiere al cine, en un primer momento, junto con su hermano David, el colectivo Marta Hernández o su amigo y colaborador Manolo Vidal Estévez, se adentró en distintos terrenos de la creación intelectual como la crítica, los estudios teóricos y la realización de filmes de vanguardia. Pero en los años posteriores a la transición manifestó repetidamente su determinación de alejarse de las batallas en el frente de la cultura para hacerse, según sus propias palabras, un escueto “mandado de sí mismo”. Esta toma de posición le condujo a dedicarse a la producción de guiones —en muchas ocasiones por encargo y en otras por propia iniciativa—, de los que se ocupaba con dedicación puntillosa y profesional, pero que supuestamente no tenían la pretensión de ser aportaciones “artísticas”. En algunas entrevistas memorables que salieron a la luz con motivo de la aparición de su película Rincones del paraíso manifiesta su poca pretensión de erigirse en autor de culto y rompedor de los cánones del cine vigente. Pero esta película, así como las que componen la trilogía sobre la transición, alguna de las cuales quedó inacabada, o aquellas en las que colaboró con Ion Arretxe o Manuel Vidal Estévez traicionan su ambición de perderse en su particular Adén de los guiones de género y le dejan atrapado en la madeja del cine sin paliativos.

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En lo que se refiere a su escritura, él mismo, sin poderlo evitar, también se pone obstáculos que paralizan su huida de la “literatura”. Así pues, mientras supuestamente se le considera como un escritor de género, esa calificación resultará a la postre desacertada porque en todas sus creaciones se manifiesta una clara batalla contra los caminos trillados, lo que pone en evidencia que su escritura la genera un impulso literario, un afán de hacer literatura sin calificativos minorizadores. Si usa casi  siempre la primera persona que da voz al asesino, confiere a sus personajes una insólita libertad moral y se sirve de un lenguaje coloquial que refleja con enorme perfección y verosimilitud el habla de la gente de los estratos sociales que nunca han tenido voz en la literatura de estilo “pomposo”, es porque tiene una voluntad muy definida de hacer algo diferente e innovador. Todos estos rasgos son el fruto de una voluntad de estilo, cuyo impulso no es otro que hacer su aportación al árbol de la literatura, creando con palabras algo revelador, una vivencia nueva que solo puede obtenerse a través de la lectura.

Por otra parte, en las últimas obras que llegó a publicar en vida, como la trilogía dedicada a la infancia, se aprecian cambios notables en el uso del lenguaje literario. En estos textos pueden observarse influencias  de autores como Thomas Bernhard  de cuya obra fue un lector asiduo y un gran admirador. En estas novelas de los últimos tiempos, sin abandonar la violencia y la radicalidad, más que al lenguaje impactante de sus anteriores trabajos concede importancia al ritmo de la prosa, a eso que podría llamarse escribir bien sin que se note.  El nuevo impulso literario que mueve en ese tiempo su escritura le lleva a hacer experimentos difíciles en alguna de las novelas.  Esto queda patente cuando recurre al género epistolar y supera con éxito el reto de mantener la segunda persona en toda la narración, lo que no deja de ser un verdadero alarde técnico,  teniendo en cuenta que esta particularidad estilística se pone en juego, algo insólito, en una novela criminal.

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Carlos Pérez Merinero.

En esta misma línea, la novela La estrella de la fortuna, que ha publicado la editorial Cuadernos del Laberinto en septiembre de 2016, si bien conserva el crimen como eje central de la trama, se aparta claramente de su predilección por dar voz al asesino y escribir en primera persona. Tampoco desempeñan el lenguaje coloquial y la violencia radical en esta ocasión un papel determinante, como en muchas de sus novelas del llamado género negro.

Esta novela tiene en común con muchas otras creaciones suyas la aparición del mundo del cine; si bien en este caso no de una forma tangencial o meramente secundaria, sino ocupando un lugar central en el desarrollo de la trama. Los lectores de su obra están acostumbrados a los personajes relacionados con el cine, actores, guionistas, proyectistas u operadores que aparecen en sus novelas como personajes secundarios; pero en esta ocasión se puede apreciar que es el mundo del cine el protagonista de la narración.

La estrella de la fortuna está escrita en tercera persona y presenta un estilo muy conciso y depurado hecho de  frases cortas, pocas descripciones y muchos diálogos; pero no solo la bien elaborada intriga, el ritmo frenético de los acontecimientos y la perfección de su engranaje argumental logran captar nuestra atención, sino que la propia prosa también nos atrae por su musicalidad y por su calidad literaria. Como es ya habitual en todas sus creaciones, la acción contiene muchos elementos de sorpresa y giros inesperados que atrapan la atención del lector y le sumergen en una perplejidad no exenta de verosimilitud.

Aunque el autor haya negado en algunas entrevistas que su eficacia a la hora de elaborar tramas dinámicas y efectistas proceda de su trabajo de guionista, al ir avanzando en la lectura de esta obra podemos perfectamente imaginar cómo serían las imágenes de una película basada en la historia narrada. Sabemos además que, en paralelo a esta novela, Carlos Pérez Merinero había escrito un guion por el que se mostró en su  día muy interesado Fernando Fernán Gómez y que estuvo a punto de ser filmado.  Mientras releía la novela para poder hacer estos comentarios con más conocimiento de causa, he tenido la corazonada de que algún día veremos esta narración pergeñada en imágenes y proyectada en las pantallas de los cines.

La novela, a pesar de su especificidad en relación al conjunto de la obra de Carlos Pérez Merinero, participa de algunas de las características de la escritura del autor.  Un primer ejemplo ilustrativo de lo que estamos aseverando lo constituye el comienzo, que como en otras ocasiones es in media res y viene acompañado del uso de la catáfora “ello”, recursos ambos sumamente eficaces para envolver al lector en la ficción desde el primer suspiro. La frase inicial del libro, simple y concisa, está ya cargada de premoniciones y nos pone en alerta de que algo turbador va a ocurrir: “durante el vuelo quiso pensar en ello”. El pronombre “ello” crea en el lector una sensación de familiaridad con lo narrado, como si se tratara de algo consabido y resulta muy eficaz para conseguir que sienta lo que va a acontecer como algo cercano.

También encontramos en la novela un reflejo de la propensión de Carlos Pérez Merinero a usar el diálogo con profusión, sutileza y gran habilidad, aunque en este caso, por la naturaleza misma de los personajes, el lenguaje, aún resultando adecuado y preciso, no tiene ese aroma de jerga verosímil que emana en otras creaciones en que da voz a gente de estratos sociales más bajos.

En consecuencia, al no disponer de la posibilidad de usar el lenguaje y los giros populares como fuente de humor, es a través de los inesperados y sorprendentes giros que le da a la trama, con lo que transmite, a mi juicio,  su persistente atracción por la ironía. Por poner un ejemplo que no nos obligue a desvelar elementos que debiliten el interés de lector, queremos llamar la atención sobre un momento en que se cambian las tornas de la acción y es el testigo de un asesinato el que persigue al asesino, cuando, al principio, la situación que provocaba la intriga del lector era exactamente la contraria. Aun así la novela contiene elementos de la más pura fábrica merineriana, entre los que se cuenta la habilidad para atenuar la supuesta crudeza moral de una observación con comparaciones que transmiten un humor desenfadado. En la página cuarenta y ocho, hallamos el siguiente párrafo, representativo de esta tendencia: “Casares se sentía acosado y, al verle siempre tras sus pasos, se preguntaba si aquel maldito asesino no disfrutaría, como los buenos cazadores, con las dificultades que se interponían en el camino hasta su presa”

Carlos Pérez Merinero.
El escritor y cineasta en su casa de Madrid.

Otro elemento que aparece reiteradamente en la obra de Carlos P. Merinero es el voyeurismo, que en su película Rincones del paraíso constituye un aspecto clave de la acción representada. En esta novela también hay un voyeur involuntario que presencia un crimen y es esta casual observación la que desencadena los acontecimientos que constituyen la ficción.

Me atrevo a afirmar que también se manifiesta de forma palmaria en esta obra la habilidad del autor para ir creando un ambiente ominoso con pequeñísimos elementos expresivos, que nos van predisponiendo a entrar en una atmósfera de intriga y misterio. La descripción del momento en que el actor protagonista desciende del avión para tomar tierra en el aeropuerto de San Sebastián es una prueba de ello: “Al poner el pie en la escalerilla fue cuando comprendió que su presencia en aquel lugar era ya irreversible y que no podía dar marcha atrás”; o también cuando dice que supera el último escalón “con el presentimiento de que quizás estuviera saltando al vacío”, o al hacer su entrada al hotel “con un amago de melancolía que provocó que sus andares fueran tan pesados como torpes”.

El texto contiene una referencia irónica  a la propia consideración por parte del autor de su trabajo literario, cuando pone en boca del actor las palabras que siguen: “dos temas tan paradójicamente lejanos y que considera tan poco estimulantes, que eran ‘su vida’ y  ‘su obra’”.

Aprovecha el supuesto desinterés del personaje por la parafernalia que va unida a los festivales de cine, los homenajes y los premios para introducir una brizna de su propia iconoclastia: “A cada segundo que pasaba más se arrepentía de estar siendo cómplice de aquella sucesión de actos sin sentido, a la que sólo una palabra definía con precisión: Farsa”. En otra ocasión, escribe que el protagonista “prefería deambular por la ciudad lejos del bullicio y de los fastos a los que tan dados son las gentes de cine”.

Como ocurre en muchos casos, por muy alejado que esté lo representado en la ficción de lo autobiográfico, aparecen de rondón ideas que se le pueden atribuir no solo al narrador sino también a la persona que escribe. Carlos Pérez Merinero, al ser preguntado por las razones por las que no dirigía más películas después de Rincones del paraíso, insistía con cierta sorna en que bastante tenía con escribir guiones, y que dirigir era una tarea que cansaba demasiado. En la página treinta y siete de la novela aparece el siguiente diálogo:

«-¿Por qué dirigió una sola película y luego nunca más quiso repetir?

– Por comodidad. Era tan agotador dirigir y actuar al mismo tiempo que no me quedaron ganas de volver a hacerlo».

Con ello tal vez estaba haciendo un guiño a su real desinterés por hacer “cine” en lo que tiene de producto fabricado en el seno de una industria, y a su consumado interés por hacer “películas”.

Existe en la novela una muy acertada correlación entre las inflexiones de la acción y los cambios en el lenguaje utilizado. El que perpetra el crimen, que es llamado asesino en todas las alusiones que se hacen a él en la primera parte, pasa a ser calificado posteriormente como mero “adversario”. Cuando ya conocemos sus intenciones verdaderas y nos es presentado como un vulgar señor etcétera es cuando justamente comienza  a nombrarle utilizando este nuevo apelativo.

Sin embargo, cuando parece que la acción va a arremansarse y que el inicial enigma planteado se ha ido ya resolviendo, el autor describe la relación entre el asesino y el testigo del crimen como una partida y logra con ello justificar la posterior actuación del protagonista. El giro que imprime a la acción es entonces una consecuencia de la necesidad psicológica del protagonista de no dar por finalizada esa partida. Con ello consigue introducir un elemento inesperado que provoca en el lector un nuevo sobresalto: “Alcanzó un estado de lucidez alcohólica que le aconsejaba proseguir la partida y no hizo nada por oponerse conscientemente a esta proposición. Todo lo contrario; no solo le pareció excitante, sino que se dijo que con su ayuda podría soportar mejor los días que le quedaban en la ciudad”.

No desaprovecha además el escritor la ocasión para transmitir una pequeña dosis de su nihilismo y su peculiar visión calderoniana de la vida, a la que compara con un guion de cine: “Había que poner la palabra ‘fin’ a lo iniciado y este final que Luis quería para la historia no sólo no le satisfacía sino que le parecía una tomadura de  pelo. Ni el más estulto de los guiones que tuvo que rodar a lo largo de su carrera hubiera caído en esa infamia”

Mediante este recurso consigue tensar de nuevo la relación entre los protagonistas y la acción nos ofrece un nuevo misterio con el que el lector no contaba en absoluto y que provoca un nuevo tirón en su curiosidad. Si no fuera porque la película de Abbas Kairostami  El sabor de las cerezas se estrenó en 1999 y según varios testimonios todo apunta a que La estrella de la fortuna se concibió a mediados de los 90, podríamos pensar que el deseo inesperado que le surge al  protagonista estaría inspirado en la trama del director iraní.

Por otro lado, quizás inducido por la conocida cinefilia del autor, se me ocurre imaginar que la actitud del protagonista en sus últimos momentos tiene algo que ver con la inexplicable banalidad que motiva la delación del personaje encarnado por Jean Seberg a su amante Jean Paul Belmondo en la película À bout de souffle.

En cualquier caso, las múltiples inflexiones que va tomando la acción en un espacio tan pequeño como las ciento veinticinco páginas en las que se alberga solo pueden proceder de la pluma de un gran fabulador, de un artesano de la palabra, de un fino arquitecto de tramas, de un observador de la realidad no exento de furia incontenida y maliciosa ironía, en suma, de un intelecto atrapado en el torbellino de la literatura, de un fugitivo que no consigue su objetivo de alejarse de ella.

Para acabar este comentario, nada mejor que la presentación del último párrafo de la novela, que es un compendio de muchas de las virtudes de su narrativa, de su peculiar distanciamiento vital merineriano. Tras las diversas peripecias, el misterio, el crimen, la cárcel y el suicidio, la novela acaba como si todo lo que ha ocurrido no fuera sino un acto banal de los muchos que compone el azar, mediatizado en esta ocasión por la imaginación del novelista: “La ambulancia tomó en una dirección y el coche en el que llevaban preso a Luis por otra. Los dos hombres que durante tantos años habían vivido vidas paralelas y que solo en los últimos tiempos se habían conocido gracias al azar, se separaron ya para siempre”.

Autor

  • Jesús Vidal Villalba

    Jesús Vidal Villalba, nació en Ampuero (Cantabria) en 1952. Estudió Matemáticas en la Universidad Complutense de Madrid y Filología y Psicolingüística en la Universidad de Barcelona. Ha sido profesor de Matemáticas en diversos institutos de enseñanza secundaria de Cantabria, Bilbao y Barcelona, ciudad en la que fue socio de una pequeña editorial dedicada a la promoción de la literatura griega (Los Vientos, Ediciones Kyklades). En 1994 se trasladó a Marruecos como profesor de Matemáticas y desde esa fecha sigue viviendo en el país vecino. Actualmente pasa largas temporadas en la ciudad de Tánger, residencia que comparte, desde hace poco tiempo, con la ciudad de Madrid.

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